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Lunes, 14 de Octubre de 2019

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A por todas contra Sánchez

Josep Ramoneda analiza la reacción de la oposición a la propuesta del Gobierno de introducir la figura de un relator en las conversaciones con el independentismo y la imposibilidad de que la Iglesia asuma la gravedad de los abusos sexuales en su seno

Traidor y felón. Este es el lema del ataque de Pablo Casado y de Albert Rivera contra Pedro Sánchez por meter la figura de un relator en la mesa de diálogo con el independentismo. Todos los nacionalismos son iguales y la palabra traición es la primera que les viene a la boca cuando quieren descalificar al adversario. El invento del relator es un paripé, probablemente inútil para salvar los presupuestos, que no merece más que alguna burla irónica. A menos de una semana del inicio del juicio por el 1 de Octubre, en el que España se juega mucho, tanto en el interior como en el exterior, lo que pide el interés general es prudencia y mesura. Pero la derecha radicalizada y el extremo centro van a lo suyo, es decir, a por todas contra Sánchez. Responsabilidad política, para algunos, es una contradicción en los términos.

Es tan desproporcionada la escalada contra el presidente que resulta sospechosa. Convocar para el próximo domingo manifestaciones para que Sánchez se vaya ya, con un argumento tan minúsculo, tiene trampa. Una operación tan ruidosa en este momento solo tiene sentido si el pretexto formal es una excusa para conseguir otros efectos inconfesables: presionar al Tribunal Supremo y buscar una polémica –el órdago al presidente- que reste protagonismo al inicio del juicio. Para la derecha sería una pesadilla que la justicia no avalara su relato sobre la cuestión catalana.

No hay manera de que la Iglesia asuma la gravedad de las agresiones sexuales de algunos de los suyos. Jaume Pujol, el arzobispo de Tarragona, donde dos curas han renunciado a sus cargos al revelarse comportamientos que en su día fueron silenciados, atribuye los abusos a un mal momento de los sacerdotes y afirma que los hechos no fueron tan graves como para que sean secularizados. Hay una pared –construida a través de muchos años de impunidad y de mitificación de la función sacerdotal- que impide a las autoridades eclesiásticas asumir sin paliativos un problema que no admite subterfugios. La Iglesia no es capaz de quitarse de encima una cultura caduca: la creencia de que en nombre de Dios, todo le estaba permitido.

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