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La derecha no encuentra la clave

Josep Ramoneda analiza el fracaso de la movilización en la calle que planteó la derecha contra la negociación en Cataluña, el inicio del juicio al procés y una idea sobre la democracia del filósofo Claude Lefort

La derecha no encontró la clave para dar el tono de una semana intensa. Casado pretendía sacar la nación a la calle, pero la concentración de Colón no ha estado a la altura del desafío propuesto: acorralar a Pedro Sánchez y amedrentar al Tribunal Supremo para que no estropee el relato de la derecha contra el independentismo. Hoy, Pedro Sánchez respira aliviado. Y mañana cuando empiece el histórico juicio ya nadie se acordará de la manifestación del domingo. La modesta respuesta a la convocatoria en defensa de la patria, confirma algo que los extremos niegan: que en España hay una amplísima mayoría de ciudadanos que quiere que la cuestión catalana se encauce por la vía de la negociación política. La izquierda no puede desaprovechar la oportunidad de dar forma y liderazgo a este deseo. Y dar cauce a un amplio espectro político que la derecha enrocada no está en condiciones de capitalizar.

Mañana empieza el famoso juicio. Histórico, del siglo, decisivo, todo vale para subrayar el acontecimiento: el lenguaje se desmadra en estos casos. Es innegable la importancia de lo que ocurra en el Supremo durante los próximos meses que, además, estará a la vista de todos. Y, por supuesto, la sentencia –el relato judicial- condicionará los relatos políticos. Pero sea cual sea la decisión de los jueces, no será un punto final ni resolverá el problema. La cuestión catalana volverá a la política, de dónde no debería haber salido nunca. Y será la política la que deberá encauzarla. De ahí la estrechez de miras del discurso de la confrontación: niega la realidad y no es capaz de mirar al futuro.

Me ha acordado estos días de una idea del filósofo francés Claude Lefort: lo propio de la democracia es que no tiene verdad y que es capaz de moverse en las verdades provisionales. Lo cual requiere madurez ciudadana y autoestima de los actores políticos. El buen gobernante es el que sabe conjugar autoridad y reconocimiento de la ciudadanía. No se puede estar pendiente del ruido de las redes. Y del fuego amigo que es el que más daño hace.

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