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Justicia

Entre todos los pederastas, sólo quienes además son curas saben de antemano que sus crímenes serán impunes, que no irán a la cárcel, que pagarán sus abusos con mucha penitencia, muchas oraciones y un destino discreto, en una parroquia donde nadie les conoce y tampoco les resultará difícil volver a las andadas antes o después

Más allá de la campaña electoral en la que estamos inmersos, algunas cosas llaman inevitablemente la atención. El incesante escándalo de los curas pederastas, por ejemplo, un drama que demuestra que no hay secretos eternos y que ha cambiado nuestra perspectiva o, al menos, la mía, sobre el asunto. A estas alturas resulta ya inverosímil el argumento de que el celibato empuja a los sacerdotes a la pederastia. Sobre todo ahora, porque cuando un cura se enamora de una persona adulta, cuelga los hábitos y vuelve a ser un laico sin demasiados problemas. Por eso, me parece mucho más probable que hayan sido ciertos pederastas quienes han escogido durante siglos la vocación que más favorece a sus tenebrosos intereseses, la misma que, por supuesto, han elegido muchísimos más hombres por razones más nobles. Una pequeña minoría no puede servir para descalificar a una gran mayoría, pero las propias reglas del sacerdocio agrandan y agravan su delito. Entre todos los pederastas, sólo quienes además son curas saben de antemano que sus crímenes serán impunes, que no irán a la cárcel, que pagarán sus abusos con mucha penitencia, muchas oraciones y un destino discreto, en una parroquia donde nadie les conoce y tampoco les resultará difícil volver a las andadas antes o después. La verdadera raíz del problema es la vigencia del Concordato que consagra la independencia del Derecho Canónico, una excepción arcaica e injustificable. Mientras los sacerdotes pederastas no se sienten en el mismo banquillo que el resto de los ciudadanos, no habrá justicia para sus víctimas.

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