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¿Qué hacemos con los combatientes extranjeros de Estado Islámico?

Las exigencias de Trump han puesto sobre la mesa en Europa la necesidad de gestionar el retorno de los 800 jihadistas extranjeros que están actualmente bajo custodia de las Fuerzas Democráticas Sirias. La ONU calcula que 40.000 combatientes extranjeros de más de 110 países viajaron a Siria e Iraq para unirse a organizaciones islamistas violentas

Cientos de extranjeros viajaron a Siria e Irak para luchar en las filas de Estado Islámico. Ahora que el autoproclamado "califato" de 2014 llega a su fin, los países europeos deben decidir cómo gestionar el retorno de estos yihadistas con pasaporte comunitario que están detenidos en Siria.

Se ha planteado la posibilidad de crear un tribunal penal internacional para tratar este fenómeno, aunque la repatriación o la revocación de la nacionalidad son las principales opciones que barajan.

¿Quiénes son estos combatientes?

En su momento de máximo esplendor, el grupo extremista Estado Islámico llegó a controlar un territorio como el Reino Unido, dónde habitaban más de 8 millones de personas. Mientras la mayoría lo vio con horror, para algunos fue un sueño.

Gracias a vídeos de propaganda brillantemente realizados, que se hicieron virales a través de internet, la organización atrajo extremistas de todo el mundo hacia su auto-proclamado califato.

Según la ONU, 40.000 combatientes extranjeros de más de 110 países habrían viajado a Siria e Iraq para unirse a organizaciones islamistas violentas. Miles de ellos, lo hicieron desde Europa, principalmente franceses, alemanes y británicos. No era un fenómeno nuevo, en Iraq, el influjo de jihadistas había empezado con la ocupación estadounidense de 2003.

Muchos de ellos murieron durante batallas como las de Mosul o Raqqa. Otros tantos, consiguieron escapar a través de la porosa frontera turca. Y las cifras bailan pero según datos facilitados por oficiales kurdos en los últimos días, al menos unos 800 estarían presos bajo custodia de las Fuerzas Democráticas Sirias. Son milicias kurdo-árabes, que están apoyadas por Estados Unidos. Además, unas 700 mujeres y 1.500 niños vinculados a Estado Islámico, se encontrarían encerrados en campos de desplazados en el noreste de Siria. Todos, de más de 40 países distintos.

Shamima Begum es una de estas madres. Es británica, tiene sólo 19 años, y hace cuatro huyó de su casa con dos compañeras de instituto para unirse al califato. Se casó y ha tenido tres hijos pero dos murieron. Ahora pide volver a Reino Unido para ver crecer al tercero, de pocos días. Aún así, no se arrepiente de nada: “Estos pasados años me han cambiado, me han hecho más fuerte y más dura. He conocido a mi marido. No habría conocido una persona así en Reino Unido. Tuve mis hijos. Fueron buenos tiempos”, asegura.

Sin embargo, el caso de las mujeres y los niños es especialmente sensible. Muchas de ellas podrían haber sido obligadas a viajar con el marido al Califato, o haber sido víctimas de matrimonios forzados. Por su parte, muchos de los niños están traumatizados por las experiencias vividas y se arriesgan a convertirse en apátridas. Su repatriación debería ser inmediata para poder llevar a cabo programas de ayuda psico-social que garantizase su reintegración.

¿Cuál ha sido hasta ahora la actitud de los países de origen? ¿Qué problemas plantea su retorno?

Hace una semana, Donald Trump hacía un tuit exigiendo a sus aliados europeos que se hiciera cargo de 800 jihadistas extranjeros actualmente bajo custodia de las Fuerzas Democráticas Sirias. Y amenazaba veladamente con dejarles libres si no eran repatriados. Más allá del tono y las formas, el aviso de Trump pone sobre mesa un problema que los estados europeos han estado esquivando desde hace al menos un par de años.

Y no es porque las autoridades kurdas no hayan insistido. Lo explicaba a la Cadena SER el comandante de las fuerzas kurdo-árabes, Adnan Afrin: “Hasta ahora, ningún estado ha declarado oficialmente que se quiere hacer cargo de los jihadistas. Ni tan solo lo ha hablado. Sólo Rusia hico una declaración sobre ello y estableció relaciones diplomáticas con la comandancia de las las Fuerzas Democráticas Sirias”.

Hay varios motivos que explican el silencio de los países occidentales. De un lado, hay muchas incertidumbres legales. Por ejemplo, bajo qué jurisdicción van a ser juzgados estos prisioneros capturados en Siria y en Iraq. Y sobretodo, por qué crímenes. O quién va a recoger las pruebas para el juicio. Pero hay también mucho miedo a consecuencias políticas. ¿Qué pasaría si uno de estos extremistas, que ha sido repatriada por un determinado gobierno, comete en el futuro un atentado? Y si finalmente acaban en cárceles se generan otras dificultades de seguridad. Se ha dado y se da el riesgo que presos extremistas durante su estancia en prisión radicalicen a otros reclusos.

Ante estas disyuntivas, Reino Unido, ha respondido a la petición de repatriación de Shamima Begum, quitándole la nacionalidad, y alegando que podía pedir la ciudadanía bangladeshí.

Pero la anunciada retirada de tropas estadounidenses de Siria, les obliga a cambiar su posición. Con Turquia, que amenaza con atacar de nuevo a los kurdos y la posibilidad que el régimen recupere el control sobre este territorio, es muy facil que estos jihadistas pudieran escapar.

Además, como nos explicaba la investigadora Dalia Ghanem, este rechazo por parte de sus países de origen refuerza la narrativa de Estado Islámico: “El mensaje es que si tu haces esto, no intentaremos salvarte ni a ti ni a tus hijos, aunque tu quieras desvincularte del la organización. Y esto es muy malo porque encaja con la propaganda de Estado Islámico sobre la identidad y la pertenencia”.

¿Se pueden rehabilitar los presos jihadistas?

Por el momento, el debate no se ha planteado en términos de rehabilitación o reintegración de estos extremistas. En cambio, en Líbano sí que existe una iniciativa en este sentido que ha sido impulsada por dos hermanas muy jóvenes. Maya y Nancy Yamout son trabajadoras sociales y cuando estudiaban en la universidad vieron como varios de sus compañeros se radicalizaban. Su voluntad de entender este fenómeno les llevó hasta la principal prisión de Líbano, donde hay encerrados unos 650 presos acusados de jihadismo. La mayoría de ellos pertenecían a Al-Qaeda o a Estado Islámico.

Desde 2010, entran tres veces por semana en el Bloque B, considerado el más peligroso, para hablar y trabajar con ellos. Poco a poco, se ganaron su confianza. “Confían en mi porque tengo el mismo origen, soy musulmana. Y saben que no estamos en su contra, no les juzgaremos por lo que han hecho o están dispuestos a hacer”, cuenta Maya.

A través de actividades individuales y colectivas, como terapia del arte, intentan romper el ciclo de violencia y agresividad. “Cuanto más saben de si mismos, más pueden reintegrarse en la sociedad", explica Maya. "Hay cuatro tipos de jihadistas, los psicópatas; los que lo son por motivos políticos o religiosos y por venganza. Los tres últimos pueden ser rehabilitados. Los psicópatas también pero se necesita mucho tiempo y esfuerzos. Y aún así, a veces algunos de ellos tendrán que estar siempre en cárcel”.

Tras siete años de experiencia, aseguran que cada persona tiene recorridos distintos que las llevan a unirse a un grupo islamista. No es cuestión de clases sociales y tiene mucho que ver con el entorno familiar. Sin embargo, aseguran que hay ciertas zonas que por desfavorecidas o conservadoras son más propensas. Y por ello, decidieron intervenir en ellas, creando una ONG, Rescue Me. Nancy asegura que "los grupos jihadistas sólo te ofrecerán una solución, que es el arma. Rescue Me muestra a los jóvenes otras opciones para que pueden expresar su rabia más allá de coger una pistola”.

Alternativas que buscan prevenir un reclutamiento que se da especialmente en jóvenes de entre 15 y 30 años. La rehabilitación o reintegración posterior, reconocen las hermasnas, resulta sin duda mucho más difícil. El encendido debate que hay al respecto a ello en sociedades que rechazan su retorno es una prueba.

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