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Yo también soy feminazi

Escurrir el bulto por la radicalidad de objetivos de algunos colectivos extremos es una simple excusa porque para implicarse en esta lucha no se necesita una militancia concreta

En España hay más mujeres que hombres, es decir, las mujeres son la mayoría. Que en una democracia la mayoría tenga que luchar para optar a los mismos derechos que tiene la minoría ya revela una anomalía funcional grave que una democracia tiene la obligación de corregir. Nada hay más absurdo que acusar de supremacista a quien combate el supremacismo de esa minoría. Sin muchas elucubraciones más por simple lógica democrática, todos, mujeres y hombres, tendríamos que sentirnos vinculados a una jornada reivindicativa como la de mañana porque sigue habiendo una agenda muy amplia de asuntos pendientes, porque se están incumpliendo compromisos muy serios sobre igualdad, porque soplan vientos que amenazan con reflujos importantes en temas tan claves como el aborto, por ejemplo, y porque vivimos en la misma sociedad y la queremos más justa.

Recordemos advertencia de Tácito: “Quienes luchan por separado son vencidos juntos”. Escurrir el bulto por la radicalidad de objetivos de algunos colectivos extremos es una simple excusa porque para implicarse en esta lucha no se necesita una militancia concreta sino el compromiso con la propia lucha de dimensión histórica y, en el caso de los hombres, porque ponerse de espaldas a esta corriente imparable -y nada digo ridiculizarla- solo desenmascara el miedo y el desconcierto ante cambios muy profundos. Si sentirnos implicados en esta lucha de las mujeres nos convierte en feminazis, qué le vamos a hacer, que así sea. Yo también soy feminazi.

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