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Martes, 17 de Septiembre de 2019

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Carolina Coronado, enterrada en vida

Apasionada, con una elocuencia y una intensidad poco frecuentes entre las damas de la época, así era ella. Las feministas españolas la adoptaron como abanderada y los investigadores reivindican su figura e inteligencia

Retrato de Carolina Coronado (c.1855), óleo sobre lienzo. /

En Almendralejo, su ciudad de nacimiento, aún la adoran, como la adoraba Espronceda, o todas las poetas extremeñas, para quienes la niña Coronado era un ejemplo y una protectora. De niña recibió una instrucción exquisita (en casa, por supuesto). Una cosa era pertenecer a una familia liberal, y otra que Carolina acudiera a un colegio. Estábamos en el primer tercio del siglo XIX y la educación desprendía un tufillo sospechoso. Pero nadie podía impedir que leyera las comedias y tragedias que encontraba en casa y que las imitara: con diez años escribía versos, y fantaseaba con amantes imposibles que fallecían de manera trágica.

Porque, como a Rosalía, a Carolina le acompañaba una sombra negra; la catalepsia, esa falsa muerte en vida que aterraría a quienes la presenciaban y que capturaría las imaginaciones románticas. Carolina la sufría. De hecho, algunos la enterraron prematuramente; en el año 44 se retiró una temporada a una finca en el campo, y los periódicos publicaron que había muerto. Sus amigos le dedicaron necrológicas, y composiciones fúnebres. La alegría (y la vergüenza de algunos, suponemos) fue inmensa cuando Carolina viajó a Madrid para desmentir en persona su fallecimiento y, por no hacer las cosas a medias, se celebró una velada poética en su honor, al final de la cual se le ciñó una corona de laurel. A raíz de ello, escribió Dos muertes en una vida.

Esta mujer extraña, escritora y dama del siglo, madre y poeta, se casó por amor con Justo Horatio Perry, un diplomático norteamericano. Tuvo suerte: él se mostró orgulloso de ella, y la apoyó siempre, como si la joven extremeña fuera la mejor tarjeta de presentación del país.

Cuando no viajaban, el salón de Carolina, en la calle Lagasca de Madrid, hervía con propuestas estéticas, y cobijaba políticos liberales caídos en desgracia a partir del año 1866. Castelar aseguró que le debía la vida. En sus cartas más políticas movía hilos, bordaba banderas, suplicaba indulgencia e intercedía por los condenados a muerte, o por los que habían perdido fortuna y nombre.

Carolina resultaba inolvidable, viva, apasionada, con una elocuencia y una intensidad poco frecuentes entre las damas de la época, pálidas, abotargadas, limitadas. Escribía a Lincoln cuando su marido era injustamente calumniado, denunciaba los abusos de los senadores sudistas que intentaban provocar una guerra por Cuba y, como la excepcional Concepción Arenal, alzaba la voz contra la esclavitud.

Como escritora, Carolina tardó en encontrar su discurso: no le convencían las obras eruditas, no se sentía a gusto en el papel de poeta iluminada. Cuando escribió su novela Paquita, fue leída con desprecio, el intento serio de una poeta prodigio… Bien estaba que una niña volcara su imaginación en poemas, pero ¿corromper mentes jóvenes, con historias de ficción? ¿Era esa ocupación para una señora? ¿Una novela histórica con final trágico?

Carolina sobrevivió a su primera muerte, y peleó con las de sus seres más cercanos. Uno tras otro, murieron sus tres hijos. Con su hija, Carolina, la última en morir, le asaltaban presagios desgraciados que, por desgracia, vio cumplidos. A su marido, al que embalsamó y conservó en el piso superior, le llamaba, El silencioso. La relación con lo fúnebre y con lo sórdido era entonces tan natural que rozaba lo cotidiano. Para nosotros, la relación entre lo pomposo de lo romántico, y la inmediatez de la muerte resulta casi incomprensible.

La segunda muerte le llegaría en 1911, cerca de Lisboa. Incluso a esa ausencia ha vencido: las primeras feministas españolas la adoptaron como abanderada, los extremeños han convocado premios en su honor, los investigadores españoles y estadounidenses reivindican su figura y su inteligencia. No era fácil olvidarse de Carolina, y esa fascinación continúa un siglo tras su muerte, la que parece definitiva.

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