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Lunes, 21 de Octubre de 2019

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¿De qué sirve alargar la agonía?

Josep Ramoneda analiza la situación de Reino Unido ante el inminente Brexit y se pregunta por la función de los referendums en democracia; también habla de los fichajes de Ciudadanos y sus problemas con las primarias

La resistencia a asumir el Brexit no tiene sentido. Si los británicos no quieren enmendarse, ¿por qué seguir alargando el proceso? Que baje el telón ya y quizás la práctica cotidiana de las relaciones entre un país europeo que se va y los países que se quedan encuentre las vías de entendimiento en las que ha fracasado la política. ¿De qué sirve alargar la agonía?

El referéndum está de actualidad. Las peripecias del Brexit, las desventuras del conflicto catalán y el gran debate nacional francés que Macron podría cerrar con una consulta popular hacen que vuelva el debate sobre los pros y contras. Valéry Giscard d’Estaing decía que los referéndums sólo son aconsejables si sabes que saldrá el Sí, es decir, lo que el convocante busca. Pedro Sánchez, en “El País”, descalifica los referéndums como soluciones simples para cuestiones complejas. Pero si creemos que en democracia la ciudadanía tiene la última palabra, cuando la política no es capaz de reconducir un problema tiene su sentido que decidan los electores. Sin duda, los referéndums no son soluciones milagrosas, ni garantizan un buen fin, como demuestra el Brexit. Pero los dirigentes políticos deberían entender que si hoy los referendums son de actualidad es porque nuestras democracias han derivado hacia unas formas corporativas que las alejan peligrosamente de la ciudadanía, que se siente ignorada, despreciada y raramente escuchada. En la era digital no tiene sentido negar a los ciudadanos el reconocimiento y la palabra. Si el referéndum no sirve hay que vigorizar los canales de representación.

El maleficio de los tránsfugas. Cuando un partido siente sus contornos amenazados, tiene a menudo la tentación de fichar en el campo del adversario, como forma de demostrar a la vez la polivalencia propia y la fragilidad del vecino. Casi siempre sale mal porque hay algo de inevitablemente turbio en estas operaciones de infidelidad estimulada que las contamina. En tiempos de zozobra, Ciudadanos ha optado por este recurso. Y sus dirigentes se han metido en un lío. El partido que se presentaba como ejemplar ante las dos viejas formaciones sistémicas, se ha encontrado con un bollo de la peor especie: un pucherazo en unas primarias, en Castilla y León, que venían ya marcadas por una candidata de la dirección susceptible de sospecha. Ganaron las bases que denunciaron el atropello. Pero la duda se propaga por la organización. Y a la dirección se le han subido los colores. ¿Qué tendrá la forma partido que envejece tan rápidamente?

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