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Jueves, 17 de Octubre de 2019

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La factura verde

Cuando la inacción de gobiernos y empresas radicalice la postura de estos jovenes que luchan por el cambio climático, dejarán de ser simpáticos y esperanzadores, se convertirán en unos antisistema y serán juzgados con severidad por los mismos que hoy los aplauden

Hoy, todavía hoy, casi todo el mundo mira con simpatía la movilización de los jóvenes estudiantes de todo el mundo por el clima. Qué esperanzador, se oye decir aquí y allá. Este viernes, los estudiantes españoles se suman a la protesta que inició en verano una joven sueca de 16 años y se ha extendido hasta Australia. Los viernes por el clima o el 15M verde, lo llaman.

Hoy, todavía hoy, resultan simpáticos incluso a los gobiernos y a los sectores económicos que no responden con la urgencia -incluso con el dramatismo que esta semana reclamó la ONU- para intentar frenar el cambio climático.

Cuando la inacción de gobiernos y empresas radicalice la postura de estos jovenes, dejarán de ser simpáticos y esperanzadores, se convertirán en unos antisistema y serán juzgados con severidad por los mismos que hoy los aplauden.

Es el mismo proceso que vimos con la desigualdad que dejó al descubierto e hizo crecer la crisis del 2008. Todo el mundo entendió la explosión de indignación que siguió a la crisis, hasta que los indignados llegaron a los parlamentos y pidieron medidas políticas concretas y radicales para acabar con la brecha de riqueza. Se acabó la simpatía en un abrir y cerrar de ojos. Es todo muy complejo, se argumenta hoy como ayer, y nadie está dispuesto a explicar con valentía que la transición energética, de producción y de costumbres, tiene costes. Hay que discutir cómo se paga la factura -que será más alta cuanto más se tarde en asumirla- y hay que discutir cómo se reparte el juego de la economía verde.

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