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Martes, 10 de Diciembre de 2019

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Louise May Alcott, mujercitas y chicazos

La escritora estadounidense habla pocas veces en sus novelas de un amor apasionado. Centra a sus heroínas en otros intereses, en el arte, o el aprendizaje, o la supervivencia

Louise May Alcott. /

No creo que nadie haya podido olvidar la escena del libro Mujercitas en la que Jo, la aspirante a escritora de las cuatro hermanas, vende su pelo para conseguir un poco de dinero y así ayudar a su padre convaleciente. Tu única belleza, musita una de las otras, Amy, la menor, que aún cree, quizás no sin razón, que su apariencia puede abrirle camino en un futuro. El cabello cortado era, continúa siendo en algunos lugares, un tabú para una adolescente, una señal de rebeldía o de haber sido humillada; los lectores de su tiempo entendieron a la perfección el enorme sacrificio de la joven.

Jo era, en realidad, la joven Louise, tan extraña y masculina como su autora, que en ese libro narraba su infancia en Massachusett: en el libro se describe como feúcha, pero si se observan las imágenes de esa Louise, no cabe sino contradecir su modestia. Era una muchacha de ojos y boca generosas, con una mata de cabello deslumbrante, y aire determinado. Louise, como Jo, quería ser escritora, y logró serlo. Escribía en una mesita diminuta, muy parecida a la de Jane Austen, y a una vertiginosa velocidad: en tan sólo diez semanas había completado Mujercitas.

A diferencia de su personaje más famoso, nunca se casó, aunque la saga de las hermanas March continúa con Hombrecitos, en un peculiar internado con normas pedagógicas revolucionarias que excluían el castigo físico, y con "Aquellos hombrecitos", en que los hijos y los sobrinos crecen y continúan dando problemas.

¿Fue su soltería, como algunos apuntan, una confirmación de su lesbianismo? Algunas teorías lo defienden: sin embargo, como muchas mujeres inteligentes y capaces, Louise era extraordinariamente sensible a los juegos de poder, que detestaba: la idea de depender de un hombre, o de la infelicidad en un matrimonio concertado por necesidades económicas, por no hablar del pánico a la muerte por parto, se encuentra presente en su correspondencia con sus amigos y familiares.

Fue necesario toda una mística del matrimonio y una presión social constante para convencer a las mujeres de que casarse era una situación ideal. Se precisó de una sistema económico asfixiante para garantizarlo. Las mujeres más inteligentes de la época, las que pudieron elegir, escribieron sobre la importancia de no casarse a la desesperada, sin afecto y sin voz. Entre ellas se encontraba Louis. No encontraba la necesidad de casarse, para asegurar su subsistencia.

Si amaba a otras mujeres o no, eso no condicionaba su vida. Sabía coser, era una buena institutriz, escribía bellas historias y también trabajó como enfermera.

De hecho, fue ése último trabajo el que, a la postre, la llevó a la muerte por envenenamiento de mercurio. Durante la Guerra de Secesión había trabajado como enfermera, y contraído el tifus, que se combatía entonces con calamina. La medicación le causó problemas de por vida, lo que no impidió que fuera activa e inquieta. Sólo sobrevivió dos días a la muerte de su padre, el hombre más importante de su vida. En la misma línea de él, que había aceptado a niñas negras en su escuela dos décadas antes de la abolición Louise creía en la igualdad, en la generosidad para con el ser humano y en el valor para defenderlos

Louise habla pocas veces en sus novelas de un amor apasionado. Su Jo se casa con un alemán tenaz, la "Muchacha anticuada" de otra historia no vive el éxtasis amoroso, sino una vida serena y tranquila. Centra a sus heroínas en otros intereses, en el arte, o el aprendizaje, o la supervivencia. Nos dejó una de las historias de amistad entre hombre y mujer más bonita de las letras: la de Laurie y Jo. El que esté relegada hoy día casi en exclusiva a los cuartos infantiles, es al mismo tiempo una lástima y una suerte: les vendrá bien a los niños leer sobre todos estos temas.

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