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El día que los romanos sitiaron Jerusalen

Antes de iniciar una protesta es importante medir la fuerza de tu adversario. Si el pueblo judío del siglo I de nuestra era hubiese hecho caso de esta máxima, la historia del mundo habría sido muy distinta.

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A diferencia de lo que sucedió cuando David se enfrentó a Goliat, la rebelión de los judíos contra el yugo romano no acabó muy bien para los primeros. De hecho, difícilmente podría haber acabado peor. Los romanos destruyeron Jerusalén y el templo que los judíos consideraban sagrado, y los supervivientes fueron obligados a abandonar la que consideraban su tierra. Pero hubo unos cientos de judíos, miembros de la secta de los Sicarios, se atrincheraron en una fortaleza cerca del Mar Muerto, llamada Masada.

Esta fortaleza estaba situada en lo más alto de una colina, y tenía reservas de agua y comida para aguantar un largo asedio. Pese a que parecía inexpugnable, los romanos eran tan persistentes como buenos ingenieros, y construyeron una rampa para derribar la muralla. Y a principios de abril del año 73, los sicarios vieron que su suerte estaba echada. Así que, ante la perspectiva de ser crucificados por los romanos, decidieron suicidarse. Pero había un pequeño problema: la religión judía prohíbe quitarse la propia vida. Así que se organizaron de tal forma que cada sicario mataría a otros, hasta que sólo quedara uno vivo. Este tendría la desgracia de tener que quitarse la vida. Así que cuando los romanos entraron por fin en Masada, el 16 de abril del 73, encontraron 960 cadáveres.

Estaremos de acuerdo en que muy mal tendría que irte el día para superar el que tuvo ese último sicario.

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