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Viernes, 19 de Julio de 2019

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Carson, el ojo dorado

Mientras la sociedad estadounidense de postguerra intentaba por todos los medios una limpieza superficial de sus rincones, un intento de paz y amor con el mundo hippie, ella contaba las historias que nadie deseaba ver, las de desamor y angustia

Carson McCullers en 1947. /

La hija del joyero, la hija enferma del joyero. Pobrecita, quince años y encamada, fiebre reumática, una dolencia mala, esquiva, invalidante. Corre el año 32. El Sur de Estados Unidos languidece, lamentándose de su pasado de plantaciones y esplendor perdido.

Las fotografías de Carson McCullers muestran a una mujer de rostro redondo, una dentadura espléndida y un corte de pelo casi infantil que la convierte en una niña crecida y reflexiva incluso hasta poco tiempo antes de morir. Como todos los queridos por los dioses, murió joven, y pareció aún más joven.

Durante los cincuenta años que vivió habló de locos, inválidos, negros y pobres. Mientras la sociedad estadounidense de postguerra intentaba por todos los medios una limpieza superficial de sus rincones, un intento de paz y amor con el mundo hippie, ella contaba las historias que nadie deseaba ver, las de desamor y angustia, y comparaba a los sureños con los rusos, con su orgullos desmedido, su racismo y su vegetación exuberante.

Paradójicamente, en un momento en el que quienes no caminan, o ven, o escuchan como la mayoría son vistos, y oídos, existe aún un silencio literario sobre ellos. En los años cuarenta, cuando ese silencio se extendía a los alcohólicos, a los homosexuales, a los niños que no fueran perfectos, McCullers escribía sobre ellos con la naturalidad de quien no encuentra diferencias ni defectos. Los sanos disimulamos la locura bajo las depresiones, la histeria controlada y la ingesta de Prozac. Para ella, la normalidad no era sino una farsa: los discapacitados representaban, sin pudor, las deficiencias que ocultábamos con tanto esmero. La cojera espiritual, los afectos paralizados.

El lenguaje políticamente correcto ha destrozado la enseñanza que esos cuentos, esas novelas breves magníficas podían brindarnos. Ya no se escribe así. Entonces, la obsesión por la verdad de esta escritora siempre enferma y siempre desvalida era compartida por un gran número de lectores: el amor por quien ni siquiera nos mira, la fuerza vital desperdiciada en algo que no llegara a dar fruto. Supo, antes de que la sociedad tendiera puentes arquitectónicos, que los sanos y los enfermos somos idénticos, protegidos o amenazados por la suerte, o sencillamente, la misma persona en un tiempo distinto. La tentación de sentirse inmortal lleva a tantos, a tantos, a la terrible experiencia de la parálisis.

Carson se enamoró de un soldado herido, y se casó con él, dos veces. Cuando supo que él aspiraba a ser escritor, ella, sin un lamento, abandonó su incipiente carrera musical y se dispuso a acompañarle. Recaía en su amor por él y en su alcoholismo de la misma manera que en su enfermedad. Observaba la realidad a través de un fascinante ojo dorado, y por comparación, el resto de los escritores parecieran farsantes cuando hablaban de dolor o de desubicación. Ese era el terreno de los cazadores solitarios como ella; Reeves, su marido, se suicidará en un hotel en París. Habían hablado de hacerlo juntos, pero de nuevo Carson le toma la delantera y le abandona. El tiempo hará que quede paralizada de medio cuerpo, pero que sus historias trepen, salten, lleguen donde ella no puede.

McCullers, maestra en mi oficio, tan lejos de la cursilería como lo está la vida de la justicia: siempre cerca de la realidad, siempre a punto de alcanzarla. McCullers, fascinante e inabarcable, rota de rabia y de comprensión frente al mundo. Léanla, no se la pierdan. Dice lo que usted piensa.

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