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Romper una sociedad

Una sociedad se rompe si sus símbolos quiebran. Por eso las gentes de París han estado codo a codo con sus bomberos, para salvar la catedral. Por eso las gentes de Barcelona decidieron desde el primer minuto reconstruir el teatro de la ópera, el Liceu, tal como fue. Un símbolo liga las generaciones, engancha sueños, fraterniza soledades y empalma con el futuro. Vivifica la vida.

Los niños son el verdadero símbolo, y la realidad, del futuro de un país. Por más que uno haya llorado las llamas del Liceu, o el incendio de Notre Dame, debe reconocer que palidecen ante el mal-trato que a veces merece la gente joven.

Un ejemplo, quizá solo otro más, ocurrió ayer en el Supremo. Salieron testimonios de difícil desmentido para explicar que alguien utilizó a los muy jóvenes (y a los muy viejos) como escudos humanos en un aciago referéndum ilegal. Para “interponerlos” entre los supuestos votantes y los presuntos policías.

Ha pasado año y medio año desde entonces. Y nadie ha perdido perdón. Este no es un tema de condenas o absoluciones, sino de decencia. Las llamas de la indecencia son capaces de destruir un país. Como la aguja ardiente de una catedral que se te clava en el corazón.

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