Anabel ya no se esconde
El editorial de Celia Blanco en 'Contigo dentro'
Madrid
Ana Belén hizo lo mismo que yo porque las dos queríamos lo mismo. Queríamos tocarnos, besarnos y descubrirnos. Buscarnos en los abrazos que veíamos en otros y sentirlos del mismo modo. Cambiaba en que éramos dos niñas. Si hubiéramos sido un niño y una niña los que buscaban meterse mano, a nadie le habría extrañado. “Están en la edad”, habrían dicho. Ciertamente, los trece son lo mismo, los pase quien los pase. Pero en aquellos ochenta, las alumnas de los colegios de monjas, estaban cortadas todas por el mismo patrón. El que establecía que te tenía que gustar cualquier niño del colegio de enfrente, y, con suerte empezarlo todo con él.
Pero entre nosotras no. Entre nosotras, sí. Claro que sí.
Pero hubo que esconderse. Ana Belén tenía claro que nadie en su familia podía saberlo. Que a ella no le gustaban los niños aún era un secreto. A mí sí me gustaban. Pero en octavo, en octavo quien me gustaba era Ana Belén. Ana Belén no salió con ningún chico. Ni en el instituto ni en la universidad. Eligió estudiar lo suficientemente lejos como para no cruzarse con quien la recordara en aquellos años en los que besaba a escondidas a sus novias secretas. Se largó para no dar explicaciones y amar como ella ama.
Ana Belén ya no se esconde y se siente lo suficientemente protegida como sentirse orgullosa de ser lesbiana. Este acto, mostrarlo, le da la paz necesaria a la que cualquiera aspira. Ana Belén quizás no necesite que exista un día de la visibilidad lésbica, el 26 de abril, pero solo por que esté en el calendario, ya tiene excusa para organizar un cenorrio en su casa y celebrarlo. Porque quizás haya muchas mujeres que aún no puedan, que no se les permita, que se las juzgue por no cumplir los estereotipos sexuales en los que se empeñaron. Lesbianas han existido siempre. Lo bueno es que ya no tienen que esconderse.




