Últimas noticias Hemeroteca

Miércoles, 22 de Enero de 2020

Otras localidades

Las esclavas del Buen Pastor

Imane Rachidi nos trae el testimonio de dos esclavas de la congregación holandesa del Buen Pastor que explotó a 15.000 adolescentes en el último siglo. Una de ellas relata cómo tras sufrir constantes violaciones del cobrador del seguro con el consentimiento de su madre fue enviada a las lavanderías para ser explotada

“El trabajo forzado nunca está justificado, las monjas debían darnos amor, apoyo, ayuda, educación… pero nunca fui a una escuela, jamás, y tenía catorce años. Nunca íbamos a dormir. La hermana venía cada noche a dame unas pastillas. El día en el que yo estaba cansada me mandaban a trabajar igualmente. Había máquinas eléctricas, pero no me podía ni sentar delante porque estaba mareada todo el rato. Nos designaron un número que estaba en nuestra ropa y en nuestras compresas. Cuando teníamos la regla lo teníamos que escribir en una pizarra para que todo el mundo lo supiera.

Si nos poníamos malas nos daban quizás una aspirina, pero nada más. No había tiempo para ponerse mala o quedarse en la cama. No aprendimos nada útil, sólo a obedecer. Si decíamos no a algo, recibíamos un castigo. Cuando me echaron del convento a los dieciocho años fui a mi casa, pero mi familia no me quería, decían que estaba loca, me fui. Años después me casé, pero una relación con nosotras nunca funciona. Cómo vamos a dar amor a otras personas si nunca nos lo dieron o nos enseñaron cómo. Fue un tiempo horrible, pero ya terminó. Aquí estoy. Ahora es nuestro turno”.

Este es el relato de Joke Vermeulen. Tiene 63 años y fue una de las 15.000 adolescentes que fueron secuestradas de sus familias y entregadas a la congregación religiosa holandesa Nuestra Señora del Buen Pastor donde fueron explotadas por las monjas en lavanderías y en talleres de costura. Varios monasterios de la congregación repartidos por todo el país explotaron, se calcula, a unas 15.000 adolescentes entre 1860 y 1973. Las supervivientes han declarado la guerra al Estado holandés y amenazan con ir a los tribunales contra su propio país si no se reconoce públicamente ese daño causado y no se las indemniza por someterlas a trabajos forzados durante su adolescencia.

Estaban estigmatizadas como prostitutas

Lo que ocurría detrás de las paredes de la Congregación de las Hermanas del Buen Pastor lo sabía todo el mundo a nivel social y eso se concluye precisamente del estigma que rodeaba a las mujeres que habían estado encerradas en estas instituciones. Eran enviadas a la congregación por un organismo estatal, desde un juez de menores hasta los servicios sociales o los propios padres de estás en niñas. Las obligaban a coser a planchar lavar prendas, toallas y sábanas, durante un mínimo de sesenta horas por semana. No podían hablar entre ellas ni crear lazos de amistad, eso se castigaba encerrándolas durante días sin comida en celdas de aislamiento. Debían escribir en una pizarra cuando tenían la regla. Se duchaban los viernes bajo vigilancia de una de las hermanas. No tuvieron acceso a educación ni tenían derecho a ponerse malas o contactar con sus padres.

Sin embargo, no fue hasta hace unos dos años cuando las víctimas empiezan a deshacerse del sentimiento de culpa, a responsabilizarse, a darse cuenta de que no son ningunas descarriadas ni unas niñas malas como las calificaba la sociedad entonces, y comienzan a movilizarse para sacar a la luz sus casos y denunciar la esclavitud a la que fueron sometidas en una época en la que el trabajo infantil y forzado estaba en contra de todas las leyes tanto nacionales como internacionales.

Las mujeres que se están movilizando ahora contra las monjas y contra el Estado holandés fueron víctimas de la institución católica después de la Segunda Guerra Mundial porque son las que aún están vivas como para llevar sus casos ante la justicia. El experto en trabajo infantil Jean Van Dyke, que ha investigado estos casos, cuenta que “los abusos se llevaron a cabo durante alrededor de un siglo, pero estamos centrando nuestra atención en lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial, y por lo que sabemos en Holanda esta práctica de trabajo forzado ha continuado hasta 1978, es bastante reciente y por eso podemos ahora movilizar a las víctimas”.

El problema, denuncian, estaba en el sistema, el régimen que las estigmatizó como prostitutas en lugar de ofrecerles un hogar, una educación entonces ya obligatoria y los cuidados que requerían. Joke Vermeulen recuerda su paso por el Buen Pastor como un auténtico infierno. Trabajaba de sol a sol, no recibió ningún tipo de ayuda psicológica, cuando se ponía enferma la obligaban a sentarse delante de la máquina de coser. Las monjas, dice, la convirtieron en una niña dócil que sólo sabía decir que sí.

A Joke la llevaron a los 14 años a uno de los conventos del Buen Pastor. Fue víctima de abusos sexuales desde los 8 años. Según cuenta, su madre se la entregaba al empleado del seguro de la casa que venía cobrar semanalmente. “El hombre era el agente del seguro que venía cada semana casa para cobrar. Mi madre le pagaba conmigo, me vendía, y después me consideraron una niña sucia y me encerraron en el Buen Pastor. Mantenía mi nombre, pero nadie conocía mi apellido”, relata.

Otra de las víctimas, Jeni, de 59 años, terminó en el Buen Pastor por ser una niña rebelde. las palizas de su padre le obligaban a huir de casa a pasar las noches fuera del hogar familiar hasta que la situación terminó en un juzgado de menores. El padre justificó estar harto de su hija porque era incontrolable y el juez de menores la envió al Buen Pastor en la ciudad holandesa de Al Melo. “Me encerraron bajo llave y me pusieron a trabajar. Nadie me ayudó, no podía contactará a mi familia, hermanos o amigos. Me aislaron, me intenté revelar, pero unos meses después tire la toalla y acepte la situación. Entendí que era una niña mala y que ése era mi castigo. Cada vez que decía no a trabajar o que me quería ir de allí, me castigaban en una celda de aislamiento sin comida ni nada”, recuerda.

Intentó hacer su vida cuando salió del convento, intentó volver a casa con sus padres, pero no la aceptaron y termino en la calle hasta que logró encontrar un trabajo en una tienda. Tener pareja era misión imposible para estas mujeres porque no eran aceptadas ni por los padres de la pareja ni por la sociedad. Estar internada en el Bon Pastor significaba ser una prostituta a ojos de todo el mundo y por eso ahora insisten en que, a pesar del paso de las décadas, siguen sin poder pasar página.

Exigen un reconocimiento del daño que sufrieron

El archivo de la denuncia está ya listo para ser entregado a los tribunales si el Gobierno no cede. Ellas exigen principalmente un reconocimiento público del daño causado, una voz que diga que esto no debía haber ocurrido jamás. Por otro lado, exigen una compensación económica, casi simbólica, como pago por el trabajo que hicieron para la congregación, ya que la ropa que ellas cosían terminó en los escaparates de las grandes marcas holandesas o eran prendas para el Ejército y los hospitales públicos, y las monjas cobraron mucho dinero por ella.

El Gobierno holandés parece aceptar sus exigencias, al menos en las reuniones privadas que han tenido, pero por ahora no ha anunciado una investigación oficial a la espera de un informe que se publicará en mayo sobre la violencia física y psicológica en las instituciones religiosas del país.

'La lucha pacífica de las mujeres en Colombia'

Esta semana, en Punto de Fuga también hablamos con una de las activistas que lucha día a día, para alcanzar la paz en Colombia, trabaja en la reconstrucción de un país desde el tejido social, con el objetivo de que ninguna víctima se quede fuera, entre ellas, las mujeres indígenas.

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?