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Mano tendida

Josep Ramoneda analiza la decisión de Pedro Sánchez de proponer a Miquel Iceta como presidente del Senado, la figura política de Sánchez tras sus reuniones con Casado, Rivera e Iglesias y una reflexión de la filósofa francesa Barbara Cassin

Pedro Sánchez propone a Miquel Iceta como presidente del Senado. Catalán, constitucionalista y con cierta habilidad y polivalencia a la hora de relacionarse con sus adversarios es una viva imagen del perímetro que alcanza la mano tendida del presidente del Gobierno. Iceta, un político al que le gusta bailar, decía semanas atrás que no dejaría Cataluña porque quería ser presidente de la Generalitat y ahora sugiere que no va a renunciar a la dirección de los socialistas catalanes. No le creo. Iceta ha sostenido al PSC en sus peores momentos, en que ha llegado a estar con el agua al cuello, y ahora que el partido reflota, la llamada de Sánchez es el toque de corneta para la renovación del socialismo catalán. ¿En quién estará pensando el presidente?

Cada vez más puesto en su cargo, Sánchez ha hecho redoble de autoridad citando a los líderes de los tres principales partidos antes de las preceptivas consultas reales. La presencia de Casado, Rivera e Iglesias en las escaleras de Moncloa era un reconocimiento de su rango antes de formalizar la investidura. Si con Casado buscó un mínimo territorio común: aislar a Ciudadanos, con Rivera quedó de manifiesto que los ánimos no estaban para satisfacer las fantasías de los poderes fácticos. La imagen de buen rollo con Pablo Iglesias era cláusula de obligatorio cumplimiento hasta las elecciones del 26 de mayo. ¿Pero se sentaron las bases de un futuro pacto con Unidas Podemos o Pablo Iglesias utilizó el método Tarradellas para ponerle difícil a Pedro Sánchez la pretensión de gobernar solo? La transfiguración de Iglesias en político de Estado es una de las novedades destacadas de este nuevo ciclo.

Decía Hannah Arendt que la política toma cuerpo en el espacio que hay entre los hombres. Y la filósofa francesa Barbara Cassin lo interpreta así: “La política no se mide por una verdad ideal: es más bien un bien común que los hombres fabrican sin cesar entre ellos”. Pequeña síntesis de cultura democrática, útil en los tiempos que corren: ni leyes de la naturaleza o de la historia ni verdades trascendentales, sutil gestión de la pluralidad humana. Lo cual me parece que exige un cierto reciclaje de la clase política.

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Cadena SER

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