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Miércoles, 17 de Julio de 2019

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Unamuno. Entre la niebla

Escogía con decisión sus ideas, y cuando las creía equivocadas rectificaba con la misma ferocidad

Miguel de Unamuno. /

Encerrado en su casa de Salamanca, como muchos de sus amigos en prisiones, en el otoño de 1936 Miguel de Unamuno aguarda la muerte. Le desespera, como en otra ocasiones, el silencio de Dios frente al dolor del mundo. Ese ha sido el tema que se ha colado, como una niebla bilbaína e insidiosa, en casi toda su obra. En la novela, nivola, en la que el personaje se rebela frente a un autor omnipotente que, al final, aunque se niegue a cambiar su destino, se enjuga una lágrima furtiva frente a su propia crueldad con sus criaturas. O en sus poemas, poco corregidos, muchas veces inacabados, o en su correspondencia, monstruosa en volumen, deliciosa en ideas, que escribía con fruición de grafómano.

Cualquier día me levantaré escribe en esos días casi invernales de la Guerra Civil—pronto— y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo; soy un solitario.

Casi siempre se había sentido solo: no en su vida personal (se casó con su amor de infancia, con quien tuvo nueve hijos), pero sí en los derroteros de esa cabeza prodigiosa que observaba, analizaba y callaba para luego defender con extraordinaria elocuencia lo que creía justo y para escribir aquello que no podía explicar. Cuando Arana comenzaba su formulación del nacionalismo, él escribía artículos como «Del elemento alienígena en el idioma vasco» Ya antes se había doctorado con la tesis Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca, en la que se oponía frontalmente a la diferencia étnica.

Escogía con decisión sus ideas, y cuando las creía equivocadas rectificaba con la misma ferocidad. Sus ataques al rey y a Primo de Rivera la costaron un destierro en Fuerteventura que decidió ampliar por su cuenta a Francia. Implacable con su autoanálisis y su coherencia, se sentía decepcionado con frecuencia. Diputado y entusiasta de la República durante algunos años, fue de los primeros en señalar sus debilidades y renegar de ellas. Apoyó entonces la sublevación franquista como una defensa de los valores correctos, y así lo defendió en un manifiesto. Pero después, asqueado por la represión y los asesinatos, se arrepintió también de ello. Esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura…

Se enfrentó a Millán Astray en la apertura del curso académico, el 12 de octubre del 36: él era el rector de la Universidad, la autoridad de la casa. Pero al parecer, el bello e inspirado discurso en el que pronunciaba frases como Venceréis, pero no convenceréis, deben más a la elaboración de los cronistas que a la realidad. Unamuno repetía con cierta frecuencia términos que se repitieron luego para crear parte de su leyenda: y que, fuera del contexto en el que fueron dichas, ofrecen una imagen chocante y contradictoria.

Quizás esa dicotomía constante, el estudioso y el creador, el ateo y el fervoroso militante se vean reflejados, mejor que en cualquier otra obra, en San Manuel Bueno, mártir. Más convencional que otras, pero extrañamente moderna, desgarradora en su existencialismo, aquello que no pudo solventar a través de su obra filosófica nos lo describe en literatura. Cultísimo, paradójico, más Quijote idealista que Sancho práctico murió el último día de 1936. Solo, reflejado en las palabras como en un lago.

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