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Sábado, 20 de Julio de 2019

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Petronio. Árbitro de la elegancia

Su oído y su ojo eran los de un novelista que se mueve entre camas, casas y lenguajes, y que oculta bajo una apariencia a la moda una perspicacia y una inteligencia casi insultantes

Dibujo de P. Bodart. /

La fiesta prometía convertirse en unos de los eventos de la temporada: Petronio, recluido en Cumas pero aún muy poderoso, podría, sin duda, librarse de las acusaciones de traición y de conspiración contra el emperador. Sus contactos y, sobre todo, su influencia sobre Nerón, le habían sacado de peligros similares.

Caían los petalos del falso techo, sonaba la música, los invitados habían recibido presentes carísimos y exquisitos. Si alguien sabía organizar bien desde una cena hasta un banquete de corte ese era Petronio; entonces pidió unos minutos de atención. Para sorpresa de todos, comenzó a leer una carta dirigida al emperador. Lo que comenzó con una sonrisa cómplice (corría el año 66, quién más quién menos había necesitado humillarse en público) se congeló en los rostros. Petronio se estaba despidiendo, anunciaba su muerte a su antiguo amigo. Y, lo que era peor, ante la inminencia de su muerte daba a Nerón su sincera opinión, sin tapujos, sobre tu reinado y sobre sus dotes artísticas.

Muchos siglos más tarde el novelista polaco Sienkiewicz reflejaría esta escena de exquisito valor y desafío en Quo Vadis:

Roma se tapa los oídos por no oírte, y el mundo se ríe de ti y te desprecia. ¡No puedo más! Los ladridos de Cerbero serán para mí menos molestos que tu canto, aunque a él se parezcan...Porque, al fin y al cabo, nunca fui amigo de Cerbero, no tengo motivos para avergonzarme de su ladridos. En definitiva, divino: Salud, y no cantes: asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara. Estos son los deseos y el último consejo del Árbitro de la Elegancia.

A continuación, pidió que un cirujano le cortara las venas. Continuó conversando con sus invitados (con los que no huyeron, aterrados; muchos negarían haber acudido a la fiesta o haber escuchado aquella carta que era una condena a muerte más certera que la conjura) hasta que se desangró.

Esa manera de morir, admirada por todos los románticos y decadentistas posteriores, era más que una extravagancia: reconciliaba a Petronio, considerado a menudo un frívolo y un aristócrata remilgado, con su herencia romana y su derecho a una muerte por honor. Petronio, además de mano derecha de Nerón, de su consejero de estilo y su organizador de eventos, había sido cónsul. Conocía bien la tradición y el espíritu de su pueblo. Escribía muy bien: en el Satiricón, consideraba por muchos la primera novela picaresca, mezcla el lenguaje culto que le era propio con los chascarrillos del latín vulgar, las costumbres de la corte y los devaneos amorosos, incluso abiertamente eróticos, de dos libertinos. Su oído y su ojo eran los de un novelista que se mueve entre camas, casas y lenguajes, y que oculta bajo una apariencia a la moda una perspicacia y una inteligencia casi insultantes.

No era una estrategia desconocida en la corte de los Julio Claudios la de aparentar estupidez e ignorancia como manera de sobrevivir. Petronio guardó para el final un golpe de efecto teatral, sibilino y divertidísimo. Hirió a un aspirante a poeta donde más podía dolerle: en su reputación. Y lo logró. Nadie, nunca, ha pensado en Nerón como artista de otra manera a como él le describió. Petronio, condenado, medio muerto, árbitro de la elegancia hasta el final. Logró el último triunfo, el más duradero, del que un crítico haya gozado jamás.

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