Martes, 24 de Noviembre de 2020

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Espido Freire

Capote. Ficción y no ficción

En junio de 1962 con una sucesión interminable de maletas y de hojas de un manuscrito inédito aguardaba una muerte. Dos.El final de dos vidas y una historia que darían remate, a la que estaba escribiendo, la crónica del asesinato de una familia. 'A sangre fría'

Marilyn Monroe y Truman Capote bailan en el Morocco de Nueva York en 1955.

Marilyn Monroe y Truman Capote bailan en el Morocco de Nueva York en 1955. / CORDON PRESS

En junio de 1962 Truman Capote iniciaba el verano (un año más, era ya el tercero) en Palamós, en el Hotel Trías. Con una sucesión interminable de maletas y de hojas de un manuscrito inédito aguardaba una muerte. Dos. El final de dos vidas y una historia que darían remate, de paso, a la suya, a la que estaba escribiendo, la crónica del asesinato de una familia. A sangre fría.

Por esa novela, que comenzó como algo que no era una novela, sino una crónica, empeñaría el alma: no valoraba en particular el alma, pero cultivaba una peculiar forma de religión: era supersticioso. No en vano, comienza su libro Plegarias atendidas con una frase de Teresa de Jesús: Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que no han sido escuchadas. Capote conocía el tedio del deseo cumplido, pero no soportaba la espera de un ansia por cumplir.

Y la muerte llegó (siempre llega, si se espera lo suficiente), pero no como él esperaba. En ese verano del 62 Marilyn Monroe apareció sin vida, en circunstancias poco esclarecidas e insistentes rumores siniestros. Dicen que Capote se emborrachó para llorar por ella. Ya bebía sin tregua: quizás la muerte de Marilyn fue la excusa de ese día para beber, como otro día buscaba otras. El final de la novela se había convertido en una interminable borrachera, en una huida de algo que no llegaba.

En realidad, estimaba a Marilyn, en la medida en la que este hombre escurridizo y encantador, que jugaba tanto a la maldad y a la maledicencia que olvidaba cuándo dejaba de ser un juego, podía estimar a alguien. Al mismo tiempo, se trataba con Lee Radziwil, la cuñada del presidente Kennedy: Era una de sus cisnes, de las damas de la alta sociedad a las que adoraba y despellejaba a capricho.

Marilyn, por supuesto, no se contaba entre ellas. Años más tarde, en 1980, cuatro antes de morir, le dedicaría un artículo en Música para camaleones. Una adorable criatura. La refleja como quizás fuera, insoportable, insegura, y que eso no importara porque era una estrella. Capote ansiaba, en el fondo, destrozar aquello que amaba. Destruía con una minuciosa constancia todo lo que le era querido: Harper Lee, a la que conocía desde niña, aguantó a su lado con una enorme lealtad traicionada una y otra vez, hasta que se hartó.

Harper Lee lucho por la publicación de A sangre fría como si fuera propia; en cambio, el éxito de Matar a un ruiseñor sumió a Capote en una oscuridad sórdida: él nunca ganó el Pulitzer que obtuvo su amiga. Además, permitió que se extendiera el rumor de que era él, y no ella, el auténtico autor de la novela. Era un psicópata, dijo ella tras su muerte.

Pero para eso faltarían aún varios años: en Palamós, cuando le llegó la muerte que no era, esperaba que ajusticiaran a dos asesinos. Se había hecho amigo de ellos, se había ganado su confianza; eso se le daba bien, había sido una manera de sobrevivir desde la infancia, cuando su madre se casó por segunda vez con el canario-cubano José García Capote, y comenzó a escribir para ahuyentar su soledad de niño inteligente y homosexual en el profundo sur.

Y, por supuesto, como siempre que se espera lo suficiente, llegó, por fin, la muerte que anhelaba: la que le permitía escribir, sin tapujos, sin remordimientos, sobre el crimen de los Clutter: y finalizó su novela. Y a cambio, entregó lo que le quedaba de alma.

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