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Viernes, 20 de Septiembre de 2019

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Todo por la patria

Josep Ramoneda reflexiona sobre la crisis de Ciudadanos tras algunas bajas importantes en el partido, como la de Toni Roldán, y las elecciones celebradas en la capital de Turquía

Todos los titulares se los lleva hoy la crisis de Ciudadanos. Siempre me pareció extraño que una persona de tradición social liberal como Toni Roldán estuviera en aquella casa. Por eso no me sorprende que haya sido el primero en decir basta. Hay dos registros para leer los desencuentros en la nueva derecha española: en clave de país y en clave de partido.

En España, la tradición liberal ha sido siempre escasa. Democracia y liberalismo van juntos y todos sabemos que la democracia ha sido rara en la historia de este país. No es extraño entonces que los pocos suspiros liberales hayan acabado casi siempre en formas indignadas de iliberalismo democrático. En cuya tradición se sitúan perfectamente las recientes campañas de Rivera y los suyos. En clave de partido: Ciudadanos nació en Cataluña con un solo tema: la lucha contra la inmersión lingüística. Es decir, llevaba la polarización en la sangre. Poco a poco, el partido fue completando su vestuario, aunque cambiando de moda a menudo.

De un día para otro olvidó la socialdemocracia en el ropero. Y cuando a caballo del conflicto catalán, decidió hacer el salto a la política española la retórica patriótica desplazó del armario a los demás elementos. Y con ello el partido fue, como por inercia, abandonando el centro y desplazándose a la derecha. El sueño del sorpasso de Rivera –que no aprendió de la experiencia de Iglesias- completó el destino del partido. La lucha tenía un solo objetivo: sustituir al PP como partido macho de la derecha, capitalizando la baja intensidad ideológica de los años Rajoy y aprovechando la presión de Vox. Liberales fuera, todo por la patria.

Premio. El partido de Erdogan perdió las elecciones a la alcaldía de Estambul y el presidente ordenó repetirlas. Resultado: el socialdemócrata Ekren Imamoglou, que se había impuesto por la mínima en las elecciones anuladas, ha ganado ahora por goleada. La arrogancia de Erdogan ha conseguido movilizar a la ciudadanía en su contra. El resultado adquiere valor de rechazo directo al presidente. La primera señal de descomposición de un sistema autoritario es el autoengaño: la pérdida del sentido de la realidad. La incapacidad de entender que el país va unos pasos por delante. Y de ello han dado testimonio los electores turcos, aprovechando la trampa que Erdogan se puso a sí mismo.

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