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Martes, 15 de Octubre de 2019

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Pasternak. Purga

Fue un magnífico poeta, con una sensibilidad deliciosa y completamente disonante con la de otros escritores de la época

Pasternak, en su dacha de Peredélkino, 1951. /

Por favor, no tomen esto a mal.

Con esas palabras Boris Pasternak declinaba el Premio Nobel, en 1958. Lo había obtenido en la séptima ocasión en la que el comité se lo planteaba, y se conserva también la carta con la que lo aceptaba, agradecido y sorprendido. Doctor Zhivago, su obra más conocida, se había publicado el año anterior en italiano y sufría una enorme censura en Rusia; ¿cómo podía ser entonces que al menos por seis veces hubiera aspirado al Nobel?

Muchos lectores hechizados por la historia que popularizó Omar Shariff desconocen que su autor fue un magnífico poeta, con una sensibilidad deliciosa y completamente disonante con la de otros escritores de la época. Mi hermana la vida, de 1917, marcó el inicio de su fama. La gran Purga de los años treinta inició el lento declive de una vida y una obra controlada y perseguida por sospechosa y por un pensamiento tercamente independiente.

Había nacido en 1890, en algo que en los años 30 parecía un mundo y una época remota. Con los años le enseñaron que debía avergonzarse de su origen en una familia judía, culta y cosmopolita. Su padre era pintor: los amigos de su familia, occidentales corruptos como Rainer María Rilke o artistas sospechosos como Rajmáninov. Él mismo había estudiado algo tan antirrevolucionario como Filosofía. Aquella frágil sociedad estalló con la Revolución, pero se mantuvo aún entre estertores algunos años más, en los que personas como Pasternak se esforzaban por mantener un equilibrio entre una sociedad cada vez más carente de belleza y la realidad.

Casi todos sus amigos poetas fueron represaliados. Pasternak sobrevivió, entre otras cosas, porque dejó de expresar lo que sentía y creía para traducir la voz de otros en textos clásicos. No es el peor de los oficios para un escritor, que al final, sigue de la mano a algunos genios y los transmite a otros; pero qué condena supone el silencio para un poeta.

Estaba tan agradecido y tan sorprendido, había dicho cuando le concedieron el Nobel. ¿Decía la verdad? Se especuló luego tanto sobre si había sido una mera pieza de ajedrez en la eterna partida entre Occidente y la URSS, entre la CIA y la KGB… ¿Podía llevarse a cabo una maniobra tan complicada como la de otorgarle el Nobel sin su conocimiento, o incluso sin su consentimiento, o era una demostración de modestia?

Importa poco eso ahora, todo aquello que costó tantas vidas y condicionó a tantos genios. Debido a lo que supone en mi sociedad, debo rechazar este premio que no me merezco. Por favor, no tomen esto a mal.

Murió muy poco después. Fue rehabilitado, admirado, estudiado. Se supo quién era la hermosa Lara, la real, la que inspiró el inmortal amor de su novela, y que él mismo era aquel doctor herido por la injusticia, el hambre y el orgullo. Lo leemos ahora en prosa y poesía con la admiración que se reserva a aquellos que fueron mártires por una causa mayor. No creo que nada de esta gloria póstuma cambie nada. La idealización y la poetización del sufrimiento hacen un flaco favor a quienes lo padecieron, y no arregla nada para quien lo experimenta ahora, en países cerrados, bajo velos que silencian o fronteras que atrapan. No tomen, de todas maneras, esto a mal.

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