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Martes, 17 de Septiembre de 2019

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15 años como voluntario en el poblado chabolista 'El Gallinero'

Paco Pascual: "No hemos sabido aprovecharnos de esa experiencia tan rica que podría ser extrapolable a otras comunidades"

Paco Pascual, voluntario en El Gallinero /

A 12 kilómetros de la Puerta del Sol más de 500 familias vivían en un poblado chabolista conocido como 'El Gallinero'. Ese lugar ya no existe, por suerte en 2017 las últimas familias fueron realojadas, pero hoy volvemos allí para hablar con Paco Pascual, uno de los voluntarios que trabajaban para que los niños pudieran ir a la escuela.

Paco era profesor de filosofía en un instituto. Al jubilarse, su rutina comenzó a cambiar. Se levantaba a las 7 de la mañana para ir al Gallinero y acompañar a los niños al colegio, entre otras labores. Los 15 años que pasó ayudando a esas familias son una “parte esencial y muy grata” de su vida.

“No hemos sabido aprovecharnos de esa experiencia tan rica que podría ser extrapolable a otras comunidades”, dice Pascual. Su trabajo en el poblado no fue fácil, al llegar “nos encontramos con la complejidad de la Cañada”. Todo allí era desconocido, “lo primero que vimos es que había que hacer visible lo invisible”, declara.

Madre e hija frente a su casa en el poblado chabolista El Gallinero / Enrique García

En el Gallinero, los niños y niñas eran la población más vulnerable. Por ejemplo, eran los encargados de ir con grandes bidones a por agua al único grifo del que disponían. “Yo que estuve en Calcuta, esto me parecía incluso peor”, comenta Paco. Por eso, los voluntarios se centraron especialmente en los más pequeños, “empezamos por escolarizar niños, por dignificar las condiciones de vida”. Gracias a eso, algunos han podido graduarse, lo cual les ha facilitado encontrar trabajo.

A pesar de los éxitos que consiguieron, Paco Pascual cree que no fue suficiente. “Teníamos que haber trabajado juntos y no lo hemos hecho”, dice cuando habla del esfuerzo de las instituciones por evitar la pobreza extrema a la que se enfrentaban. “Nos desbordaba la realidad, y eso es una pena”, añade.

“Nosotros como voluntarios teníamos que querer a esos niños y que esos niños confiaran en nosotros. Para mí fue un privilegio”, concluye Paco, una de esas ‘Personas extra-ordinarias’ con las que hablamos cada martes. 

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