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Domingo, 15 de Septiembre de 2019

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Un oasis en medio de Madrid

El Real Jardín Botánico de Madrid abrió sus puertas en 1781

Cuenta con más de 5.000 especies y ocho hectáreas de extensión

El Real Jardín Botánico de Madrid /

Al lado del Museo del Prado, en el paseo que lleva el mismo nombre, se encuentra el Real Jardín Botánico de Madrid: un lugar poco conocido, incluso para las personas que viven en la capital. Una estatua de Murillo separa una de las pinacotecas más importantes de España del espacio donde, entre otras cosas, se cultivan todas las plantas que adornan las plazas, las calles y algunos monumentos de Madrid.

El Jardín Botánico está vallado; no se permite el acceso sin pagar la tarifa correspondiente. Por eso, es obligatorio pasar por la taquilla para recorrer sus caminos y visitar las más de cinco mil especies que hay en su interior. Celia es la encargada de vender todas las entradas y nos cuenta que muchos visitantes son de Madrid. Aunque llega gente de toda España. Y también del extranjero. "Vienen de muchísimos países. Son americanos, ingleses, alemanes, italianos...", afirma mientras disfruta de su descanso con un cigarrillo en la mano.

Al acceder al Botánico, un enorme mapa concentra a todos los visitantes que quieren descubrir ese oasis en medio de Madrid. A la izquierda, árboles y pequeños arbustos. A la derecha, rosales y otras plantas con flores de diferentes colores. Ahí, con una manguera amarilla, está Fran, uno de los tantos profesionales que se encargan del cuidado de las especies. "Nuestra función principal es el mantenimiento en todos los aspectos; todo lo que conlleva la jardinería. Es un trabajo muy polivalente", comenta mientras se quita el sudor de la frente.

Recorremos el Jardín Botánico un día de agosto. Madrid, pleno verano, más de treinta grados antes del mediodía... Pero en el jardín, en las zonas de sombra el termómetro no llega a esos treinta. Mucha gente se sienta en los numerosos bancos que hay repartidos. Mientras, otros, sacan la cámara. Pero con fines diferentes. A la izquierda del Paseo de las Estatuas -el camino principal-, un jubilado que no quiso decir su nombre comentaba que iba muy frecuentemente al Botánico para hacer series de fotos con los cambios que sufren a lo largo del año.

Y a la derecha, un profesor de la Universidad de Alicante decidió visitar el Jardín Botánico para documentarse, ampliar conocimientos y ver si podía sacar provecho de algo. Mientras lo contaba, no dejó de hacer fotos a unas flores que parecían abejas: con colores amarillos anaranjados y marrones oscuros, a las que calificó como "una especie extraña que llama la atención, ¿no?". Es una especie exótica; de esas que se han incorporado al catálogo del Botánico hace poco tiempo.

El Real Jardín Botánico de Madrid abrió sus puertas en 1781, gracias al rey Carlos III. Desde entonces han pasado más de doscientos cuarenta años y el jardín ha cambiado. Ahora podemos encontrar una zona de invernadero, donde crecen numerosas especies que, en condiciones normales, no podrían sobrevivir al clima de Madrid. También un espacio para bonsáis, y otro para cactus. Junto a ellos, hay zonas que se mantienen desde hace mucho tiempo. Como el huerto, donde una pareja de ancianos explicaba cosas a su nieta, de nueve años.

"Hemos venido para instruir a mi nieta. Nosotros vinimos cuando éramos pequeños. Luego trajimos a mis hijos. Y ahora le ha tocado a ella", cuenta la mujer, que nos sorprende con su testimonio segundos después de no querer hablar al micrófono. Nos encontramos delante de la zona de calabazas, donde los recuerdos parecen aflorar. "Aquí traíamos a mis hijos a jugar y había personas que te daban orientaciones para el cuidado de las plantas". Este carácter educativo parecía estar perdido, pero nada parecido.

Justo en el otro extremo del Botánico se encuentra el Pabellón Villanueva, que ahora acoge diferentes exposiciones. Delante de él se encuentra el Estanque de Linneo, donde una trabajadora dirige el cortacésped para tenerlo a punto. Es una de las monitoras del curso para desempleados que oferta el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), cuya finalidad es "formar nuevos profesionales", como reconoce ella misma. Se forman en botánica y poda en altura, allí mismo, y tienen posibilidades de quedarse trabajando en el Jardín Botánico.

Caminando hacia la salida nos encontramos con uno de los alumnos de estos cursos. Pero no quiso hablar. "A ver si me ven los jefes y me regañan...", se excusó mientras caminaba con una enorme regadera. Ya de vuelta, junto a las taquillas, Celia volvió a salir para contar algunas curiosidades que se le habían olvidado. Como los visitantes que se creen que han entrado en el Retiro. "Mucha gente sale y nos dice que no ha visto el Palacio de Cristal...". O los que piensan que las Noches del Botánico son ahí. "Se equivocaba tanta gente que tuvimos que hacer papelitos con los autobuses y la línea del Metro para llegar a Ciudad Universitaria", reconoce entre risas.

Ya sea por equivocación, por turismo, por trabajo o por tradición familiar, el Jardín Botánico se llena de visitantes todos los días. Los martes por la tarde la entrada es gratuita y, como afirma Celia, "entran cuatro mil e, incluso, seis mil personas". Y, por épocas, la primavera es la estación del año con más visitantes. Aunque el Real Jardín Botánico de Madrid está abierto siempre. Incluso por vacaciones.

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