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Miércoles, 22 de Enero de 2020

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El último salvaje

Cuando desaparece una civilización de la faz de la Tierra, los que nos quedamos aquí somos un poco más pobres por ello. Pero para los últimos miembros de esa cultura, esos años finales de su vida, conscientes de todo lo que muere con ellos, tienen que ser un océano de tristeza

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Para nuestro protagonista de hoy, el 29 de agosto de 1911 fue el principio del fin. Él era un nativo americano de la tribu de los Yahi, habitantes de lo que nosotros conocemos como California. La Fiebre del Oro de mediados del siglo XIX había diezmado los números de los Yahi, en lo que los americanos conocen como las “Guerras indias californianas”, pero que tuvieron mucho más de genocidio que de conflicto bélico.

A principios del siglo XX ya se creía que no quedaba ningún miembro de este grupo con vida. Pero en agosto de 1911, un hombre de unos 50 años emergió de la maleza, desesperado por el hambre, y fue capturado cuando intentaba conseguir comida. Cuando le preguntaron su nombre, respondió que no tenía, porque no quedaba a nadie de los suyos para dirigirse a él. Un antropólogo le puso el nombre de “Ishi” que significaba “hombre” en su lengua.

Ishi captó la atención de los californianos, fascinados por el que definieron como “el último salvaje”. Un museo de antropología le dio trabajo como conserje, aprovechando su presencia para documentarse en profundidad sobre su moribunda cultura. Sólo cinco años después de entrar en el mundo “civilizado”, Ishi murió de tuberculosis. Sus últimas palabras fueron “vosotros os quedáis, yo me voy”. Sus amigos intentaron que su cuerpo permaneciera intacto para su entierro, siguiendo la tradición de su pueblo, pero la universidad de California hizo una autopsia a su cuerpo antes de que pudieran impedirlo. Una última muestra del grado de respeto que hemos dado a las culturas que hemos aniquilado.

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