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Lunes, 20 de Enero de 2020

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Un pésimo día para Napoleón III

Pocas cosas unen más que tener un enemigo común. Esto es tan aplicable a los compañeros de trabajo como a los países. Y es algo que sabía muy bien Otto von Bismarck, el canciller del reino de Prusia

Bismarck se había propuesto unificar en un solo reino a los países germánicos, algo que algunos de estos países no veían tan claro como él. Eso llevó a Bismarck a la conclusión de que nada sería más útil para aglutinar a los reinos alemanes que la concentración de sus energías contra un enemigo común. El candidato natural era Francia, o, como era conocida entonces, el Imperio Francés.

Al frente de este imperio estaba otro Napoleón, descendiente del original y que no necesitaba mucha provocación para demostrar al resto del planeta que él y su nación eran lo más grande del mundo. Ver que otro país de grandes dimensiones le estaba disputando el título ya fue suficiente para entrar en modo bélico. Francia entró en guerra con Prusia y una alianza de reinos alemanes el 19 de julio de 1870. Por cierto, la excusa oficial para la guerra fue el cambio de dinastía en España, algo que Bismarck consiguió instrumentalizar magistralmente, con una dosis de “fake news” para excitar los ánimos de los alemanes contra los franceses.

Contrariamente a las expectativas francesas, la guerra fue un desastre para Napoleón y su imperio. El 2 de septiembre de 1870 los franceses sufrieron una humillante derrota en Sedan, en la que el propio Napoleón III fue capturado junto con su ejército derrotado. El 2 de septiembre fue el último día que un Napoleón gobernó los destinos de Francia, que se convirtió en república mientras que Alemania se unificó en un imperio dominado por Prusia. A Bismarck la jugada le salió perfecta.

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