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Miércoles, 13 de Noviembre de 2019

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Decía María de la O Lejárraga

Decía María Lejárraga: La idea de justicia (…) no la adquiere la mujer -nacida para defender lo inmediato con uñas y dientes- sino a fuerza de cultura. Y la incultura es nuestra gran tragedia, la tragedia española.

Corría el año 1931, María de la O Lejárraga decía hembra y no mujer, y añadía que la lucha por el voto femenino se la habían encontrado hecha por la insistencia de las sufragistas inglesas y estadounidenses, pero salvo por esos detalles, gran parte de su discurso continúa fresco y moderno. Lejárraga había nacido en el siglo anterior, en 1874, y vivió cien años: durante ese tiempo trabó amistad con Emilia Pardo Bazán y con Juan Ramón Jiménez, con los Machado, García Lorca o con Victoria Kent. Fue una feminista entregada, con las contradicciones misóginas de muchas feministas de la época: y ahora experimenta una reivindicación más que justa como pionera de la igualdad en España. Ya saben, la única feminista buena es la feminista muerta. Con las vivas el empeño por ridiculizar y radicalizar su discurso continúa siendo una constante, casi una costumbre.

Pero de la deslumbrante, polifacética, longeva María no quiero tratar hoy su vertiente combativa ni política; si no saben gran cosa de ella y quieren conocer más, les recomiendo que no se pierdan la obra Firmado Lejárraga, que se repondrá en diciembre en el Centro Dramático Nacional y que ha escrito la exitosa y brillante Vanessa Monfort. Casi ya no hay entradas, lo cual es una buena señal para María y para Vanessa. No, hoy quisiera centrarme en otro tema tan actual como la situación de la mujer, que es la de los derechos de autor.

María escribió durante años las obras que firmaba su marido, el afamado Gregorio Martínez Sierra; no solo Vida Moderna, Canción de cuna, o el libreto de El amor brujo de Falla, sino todo tipo de artículo, documento o pensamiento escrito. María fue una de las más fenomenales negras de la literatura española, con un talento y una cultura excepcional y el silencio cómplice de todo el entorno cultural y literario de la época, que conocía la situación y callaba.

Quizás la cosa comenzó porque era maestra, y el código de comportamiento que se les exigía era casi monástico. Quizás continuó porque se planteó como un trabajo en equipo, o por la dependencia intelectual del marido o la emocional de la esposa; en 1922 la separación de ambos era un hecho, pero María continuó escribiendo para que su esposo publicara: ¿era, como algunos indican, algo conveniente para ella, que podía defender bajo una pluma masculina ideas que en una mujer hubieran resultado incómodas? ¿O resultaba ya más complicado que conveniente para ambos reconocer la farsa al cabo de los años? En teatro, al fin y al cabo, las colaboraciones se encuentran a la orden del día. ¿Fue María una autora silenciada o empleó de la mejor manera los recursos a su alcance?

Gregorio reconocíó la autoría de Lejárraga en torno a 1930, pero reclamó para él los derechos de autor. Final feliz, pensarán muchos oyentes: un escritor escribe por la gloria, se dedica a la posteridad, historia cerrada. No. María sobrevivió muchos años a Gregorio, que falleció en 1948. Los derechos de autor de sus obras pertenecían a la hija que Gregorio había tenido con su amante Catalina Bárcenas, a todo esto, la actriz que interpretaba muchas de sus obras, mientras que la legítima autora no vería ningún beneficio del trabajo de toda una vida. María cambió de nombre, adoptó los apellidos de su marido y reivindicó lo que muchos sabían: la autoría o coautoría de la labor de casi un centenar de obras, algunas de ellas con un éxito notable, y no todas escritas mano a mano con su marido. Otros autores la emplearon también como negra; atrapada entre la memoria de su marido y la legitimidad de sus derechos, María escribió varias memorias y obras autobiográficas en las que, con un extremo respeto pero también con un toque irónico e irreverente, colocaba las cosas en su sitio.

Hay otra anécdota curiosa sobre María: ya septuagenaria, se instala en Arizona, en casa de unos amigos, donde escribe una historia sobre una gatita aristócrata y un perro vagabundo que le parece que podría encajar en Disney. Unos meses más tarde le comunican que no encaja en la línea del monstruo americano, pero en 1955 se estrena “La dama y el vagabundo”, cuyo argumento resulta sospechosamente similar. Aunque el plagio no se probó nunca ni está demostrado, los constantes rechazos provocaron que María se mudara a México y luego a Argentina. Continuó escribiendo hasta su muerte. Para la soledad siempre hay alivio -dijo-. La compañía no tiene remedio.

Muchos de los aspectos relacionados con los derechos de autor no se han resuelto aún: hace unos meses se debatía su compatibilidad con la jubilación. Resulta un derecho profundamente antipático para muchos que, en cambio, defienden con uñas y dientes los suyos. En fin: la incultura, decía Lejárraga, y permítanme que estas sean mis últimas palabras, es nuestra gran tragedia, una tragedia nacional y duradera.

 

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