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Jueves, 05 de Diciembre de 2019

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Decía Goethe

Decía Goethe: No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer. Una defensa de la acción en un intelectual expresada de una manera que merecería una taza inspiracional. Creemos, en nuestra soberbia, que en un par de generaciones hemos inventado la modernidad. Lo viral, las modas que prenden, arden y se extinguen a una velocidad vertiginosa, las mala elecciones de los jóvenes en sus gustos y en sus relaciones amorosas. Y sin embargo, en todo eso Goethe ya nadaba con toda comodidad.

Goethe nace como autor en un romanticismo precoz y desatado: años más tarde, el muchacho que, con permiso de Schiller, moldeó nuestro concepto contemporáneo de pasión, tras haber devorado todo lo que encontró por delante (derecho, lenguas modernas y muertas, botánica, óptica, teología) renegará de sus inicios para abrazar un clasicismo en el que se siente más seguro y más libre.

Pero para entonces aún falta mucho. En 1770 Goethe es un veinteañero que ha llegado a la ciudad de Wetzlar para completar su formación como abogado. Viste a la última moda, no precisamente discreta, con un frac azul y un chaleco amarillo, y se dedica denodadamente a la vida social. De hecho, entre los jóvenes de la ciudad, que son muchos, y que se casan muy pronto, se dan varios romances cruzados. Nada nuevo. Una de las chicas más solicitadas, Charlotte Buff, se convierte en el epicentro de varios de ellos. Casi al mismo tiempo ocurre una desgracia: el suicidio de un joven, Karl Wilhem Jerusalem precipitado por su amor imposible hacia una jovencita ya casada.

Goethe mezcla ambas historias, y escribe “Las desventuras...”: apenas oculta el nombre de los protagonistas. Cuando se publica “Las desventuras del joven Werther” Charlotte apenas tiene 20 años y ve con horror como los lectores de la novela de moda creen que ella es la causa del suicidio de Jerusalem y asoman la cabeza con curiosidad por las ventanas de su casa. La tumba de este en Wetzlar se convierte en un punto de peregrinación, en el epicentro de primitivos festivales literarios en los que los lectores se reúnen, lloran, leen la novela y recitan obras inspiradas por la inmortal pasión de Werther. No cuelgan candados en los puentes porque no se les ha ocurrido aún. Denles tiempo.

Parece exagerada, no obstante, la noticia, repetida hasta la saciedad, de que la obra de Goethe desencadenara una epidemia de suicidios. De hecho, se llama efecto Werther a la relación entre el aumento de suicidios tras informar en prensa de uno de ellos. A mayor relevancia del suicida, mayor número de casos. La obra fue prohibida por varios ayuntamientos de la época precisamente para prevenir ese problema, pero lo cierto es que se han documentado una docena de suicidios directamente relacionado con la lectura de la novela en los siguiente sesenta años a la aparición de la misma. Cifras lamentables, pero que difícilmente pueden considerarse una epidemia.

Goethe gozó de una enorme fama desde aquel momento: comprobó que con Las desventuras había propuesto un modelo de relación profundamente perturbador, que alteraría la vida de muchas lectoras (fueron las entusiastas receptoras del libro), y muy poco edificante. Admitió su culpa como corruptor en Fausto. Y, fiel a su premisa de hacer, hacer, hacer, siguió su profunda vocación científica, que le hizo intuir una relación evolutiva entre especies vegetales décadas antes de Darwin. Escribió sus famosos estudios sobre óptica. Viajó, pensó, observó. En muchos sentidos, transformó el pensamiento europeo. Lástima que, soberbios como somos, nos quedemos únicamente en lo viral.

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