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Sábado, 22 de Febrero de 2020

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Goyescas

Hay costumbres, hay tradiciones, aficiones, incluso, que son un rollo -o pueden parecerlo- pero hay otras a las que incluso sabe mal llamar rutina porque las haces tan a gusto y disfrutas tanto con ellas que rezas para que nadie te las quite. A mí me ocurre algo de eso con el cine. Conozco pocas experiencias tan gratificantes como meterte en la historia que te están contando en la pantalla y dejarte llevar. Es como vivir otra vida. Y digo en la gran pantalla, eh, no en casa o en el ordenador. Está muy bien lo de casa, es muy cómodo, ya lo sé, pero para mí el cine es otra cosa. Y ese ritual necesita -al menos en mi opinión- la sala, la pantalla... Esa magia que, sentado en un sofá, pues como que pierde un poco, ¿no?

A mí me encanta el cine y me gustan también esos momentos en los que se premia a las personas que lo hacen posible, las que nos meten en esas historias. Por eso hace un montón de años que seguimos la pista de los Goya y desde que se han vuelto itinerantes todavía más. El año pasado estuvimos en Sevilla y recuerdo que buscamos la explicación de por qué unos premios de cine llevan el nombre de un pintor.

Bueno, más allá de eso, hoy, igual que hace un año, lo que continua siendo oportuno es preguntarse qué Goya queremos en España: si el del "duelo a garrotazos", esa incapacidad de resolver los conflictos que podamos tener si no es a la tremenda; o el Goya de "baile a orillas del Manzanares", que refleja esa otra cara festiva, alegre y sana que también tiene España aunque la exhiba menos.

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