Sábado, 19 de Septiembre de 2020

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Andar en (con) perro entre guantes de nitrilo y forajidos

Salimos a la calle con un perro para observar cómo se ven las ciudades detrás de una correa. Estaremos fuera sólo lo que el perro tarde en cumplir con sus necesidades fisiológicas, un par de manzanas. Lo llevará el dueño con la documentación en regla. Recuerden que tener un perro no es excusa para dar largos paseos y salir más de la cuenta

Salimos a la calle con un perro para observar cómo se ven las ciudades detrás de una correa. Estaremos fuera sólo lo que el perro tarde en cumplir con sus necesidades fisiológicas, un par de manzanas. Lo llevará el dueño con la documentación en regla. Recuerden que tener un perro no es excusa para dar largos paseos y salir más de la cuenta.

El perro del señor P no es gran cosa, un cruce de algo con algo que al mes de nacer acabó abandonado en el aparcamiento exterior de un centro comercial de las afueras de Madrid.

Se llama Eusebio y ve la vida a 35 centímetros del suelo, lo que le incapacita para la soberbia. Pasa la mayor parte del día durmiendo, mirando por la ventana y jugando a la pelota. Es ambidiestro, aunque destaca con la pata izquierda. Como portero es sobresaliente.

Tiene novia. O novio: un cojín de tonos ocres y amarillos relleno de guata que suele acabar destripado después de los ocasionales arreones pasionales. En los minutos posteriores a la consumación, los ojos color castaña de Eusebio, inmóviles y desamparados, traspasan las paredes y vagan perdidos por regiones ignotas del espacio/tiempo que desmoronan cualquier tentación de una visión antropocéntrica del universo.

El señor P, aunque lo intenta, no logra llegar al núcleo de los pensamientos de Eusebio. Además, desde hace días tiene repentinos cambios de humor. Se le eriza el lomo, arquea las cejas y muerde enajenado las pelotas de tenis dando violentas sacudidas de cuello con la intención de desgarrarlas. Jack Nicholson puede estar orgulloso.

Cuando esto ocurre, el señor P coge la correa, una bolsa para heces, una botella de vinagre rebajado con agua y saca a Eusebio del piso. El señor P dejó de usar el ascensor los primeros días de confinamiento y baja por las escaleras temeroso de cruzarse con alguien.

Ya en el portal, saca una servilleta de papel del bolsillo para evitar tocar el pomo de la puerta con la mano y antes de pisar la calle, mira a izquierda y derecha, un gesto que evoca otras épocas y otros miedos.

Los gorriones siguen ahí, escandalizando desde los salientes y aligustres de la calle Abtao. Eusebio, más apremiado por sus necesidades, tira de la correa para llegar al primer alcorque y husmear la rueda delantera derecha de un Toyota Yaris. Cinco personas hacen cola arrimadas a los escaparates del Horno de San Miguel cuajados de bizcochos glaseados. Algunos clientes llevan la boca y la nariz cubiertas con mascarilla. Eusebio, que tiene una idea muy estricta de la fisonomía facial de los humanos, los toma por forajidos.

El señor P tira de la correa y siguen camino doblando por Valderribas y bordeando el Mercado de Pacífico. Si cerraran los ojos, todo parecería igual que siempre: el trajín de camiones y furgonetas, los carniceros descargando reses, las ruedas de las carretillas tableteando sobre las aceras, los comercios abriendo las persianas, el camión de riego…

Por la calle Sánchez Barcáiztegui sube una mujer arrastrando un carro de la compra sobrecargado. En la mano izquierda lleva lo que no ha cogido en el carro: papel higiénico y dos bolsas de patatas fritas. La cola de clientes del supermercado Condis, llega y dobla frente a la sucursal del BBVA temporalmente cerrada.

También está cerrada la corsetería Calais y el salón asiático de belleza King of Style y el restaurante La Lonja y el “chino” de Alimentación y Frutos Secos, el Estudio de Pintura Azteca, la Casa Primavera y más abajo la joyería Sylvana, el bar Priscila, Uñas Ballet, el taller de Cristalería, la peluquería de Eladio, el almacén de pinturas y barnices Barrero, el centro de recreo y cumpleaños infantiles Dirdam, la Gestoría Tarancón… todo en 200 metros que el señor P recorre cambiado de aceras y moviéndose en zigzag, en parte por precaución, en parte por el mal carácter de Eusebio, que cada poco abandona la metafísica de los orines para dejarse arrastrar por la cólera connatural.

Una paloma torcaz picotea las vainas de una de las falsas acacias del Japón que puntean las aceras de la calle Granada. Bodegas Ortegas están haciendo acopio de cajas de botellas de vino y leche. Seis personas guardan cola al lado de un palé de lechugas a la puerta de Frutas Rossi, tomando los bolardos del chaflán como referencia para mantener las distancias. Al lado de uno de los bolardos, en el suelo, hay un guante de nitrilo de color morado. Las calles están llenas de guantes desparejados de todos los colores y de forajidos.

Un portero recoge el contenedor de su comunidad. Se abre ventanas y balcones para airear los dormitorios. Un repartidor de paquetería pide paso. Un hombre se acerca calle abajo silbando y el señor P dice a Eusebio con un imperceptible amago de alegría.

¿Oyes?

Pero Eusebio no sabe qué debe responder. Agacha la orejas y se queda mirándole como miran los perros cuando no saben qué responder.

Han llegado a la estación de servicio Cepsa, abierta, pero vacía. Una ambulancia pasa a toda velocidad por Doctor Esquerdo. Un helicóptero sobrevuela la ciudad. El conductor del 37 viaja solo. La farmacia que hay al otro lado de la Avenida de la Ciudad de Barcelona, reserva su escaparate a ofertar productos Durex al 50%, con especial atención a los geles estimulantes, pero el señor P y Eusebio tienen la cabeza en otras cosas: gatos, toses , esquinas.

Caridad es una calle corta de aceras anchas, adecuadas para las terrazas. La Monumental, Donde Siempre, La Piparra, el Irish City Sport Bar están cerrados. En el escaparte de la cafetería pastelería Pablo Patiss sólo ha quedado una bolsa de chuches, un platillo blanco de Cafes Guilis y, en el platillo, un grano de café.

Por la acera de la izquierda avanza una anciana apoyándose en un bastón. Viste un traje chaqueta marrón y va protegida con una mascarilla. Se dirige hacia el único local abierto de la calle, la farmacia del licenciado Carlos E: Cabello Pérez. Los vencejos ya han llegado a Madrid y vuelan por encima de las grúas de Ferrovial, ancladas entre los bloques en construcción, ahora sin obreros, donde muere la calle. En el Taller Nermovil, con la puerta semicerrada, revisan de urgencia tres coches de la policía.

El señor P y Eusebio ya casi han dado la vuelta a dos manzanas. Es hora de volver. Antes hacen una penúltima parada en el escaparate de la librería La Lumbre. Sobre el cristal hay una frase escrita a mano de la autora Iris Murdoch: “El amor es el difícil descubrimiento de que hay algo que es real más allá de uno mismo”. Eusebio mira al señor P. Está de acuerdo.

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