Lunes, 21 de Junio de 2021

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OPINIÓN

Por ver si vuelven los nardos

"Cuando puse el agua a calentar, vi que la vara de nardo que está en el florero había perdido su última flor. El capullo blanco yacía sobre la mesada. Una pequeña muerte acontecida dentro de la casa"

Es como si despertáramos. Es como si preparáramos el desayuno. Es como si dijéramos buenos días. Es como si hiciéramos la compra, como si paseáramos el perro, como si fuéramos a la farmacia. Es como si viviéramos. Hoy en la mañana la cocina estaba rígida como una tormenta de yeso. Crujiente de falsedad y simulacro. La luz brutal, muy pura, bajaba desde un cielo azul tan indiferente que me llenó de odio. Encendí un fósforo. La primera desesperación de la mañana se esparció sobre todas las cosas, soldándolas entre sí como una amalgama enferma. Cuando puse el agua a calentar, vi que la vara de nardo que está en el florero había perdido su última flor. El capullo blanco yacía sobre la mesada. Una pequeña muerte acontecida dentro de la casa. Sereno, plegado sobre sí mismo como una crisálida repleta de secretos transparentes: un desmayo blanco, sin quejas ni protestas ni respiración agónica. Un capullo albino, de pétalos tensos, en apariencia tan saludable, tan vivo. Ese nardo creció en mi balcón. Compré el bulbo hace un par de años, en el barrio chino de Buenos Aires. Floreció ese mismo verano, aunque el hombre que me lo vendió me dijo que era una planta difícil, pero lo planté rezándole supersticiones, rompió el bulbo con brutalidad y dulzura, y lo hizo todos los años desde entonces, al final de la impiadosa primavera. Los nardos tienen un aroma trágico y dulce, una elegancia equina, una belleza sin ferocidad. Las flores, esparcidas en los extremos de las varas, se abren de a poco como una crin de nácar. Ahora, la última de esas criaturas lácteas había muerto en casa. “Los días de morir son especiales”, me dije, y recogí el capullo y lo coloqué dentro de un vaso. Y después vi, aún en el florero, la vara. Prepotente, desnuda, raspada como un hueso. Sentí un cansancio paralítico, una clarividencia vacía, una lucidez abismal. Por un segundo rogué ser idiota, ser un trozo de carne, transcurrir sin pensar. Pero entonces volví a mirar esa vara, indiferente como el cielo, igual de viva, y me dije que, aunque no quede de mí “más que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido”, como dice el poema de Alejandra Pizarnik, seguiré. Un tiempo más. Hasta que vuelvan los nardos. Por ver si vuelven.

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