Sábado, 11 de Julio de 2020

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OPINIÓN

Algún día también sabré insultar con mucho ingenio

Si tiene títulos académicos es porque ahora se los dan a cualquiera, y si no los tiene ya está claro de donde viene su estulticia

El escritor y guionista Jorge Guerricaechevarría

El escritor y guionista Jorge Guerricaechevarría / Cadena SER

Opinar es una actividad que casi todos practicamos con mayor o menor fortuna, pero hoy quiero referirme a esos grandes opinadores; esos que han convertido el insulto en una más de las bellas artes. Sus seguidores esperan cada día una nueva tanda de las ingeniosas descalificaciones con las que adornan sus comentarios sobre la actualidad. No se trata de convencer a nadie de nada, los que escuchan están ya convencidos de tener la razón, por lo que los grandes argumentos están demás; lo que quiere la parroquia es sangre, y cuanta mas mejor. Hay que deslegitimar intelectualmente al objeto de nuestra reflexión: Si tiene títulos académicos es porque ahora se los dan a cualquiera, y si no los tiene ya está claro de donde viene su estulticia. A partir de ahí ya podemos empezar a adjetivar a gusto: Inútil, lerdo, loco, asesino, analfabeta, mentirosa. Añádanle el nombre pertinente y el comentario empieza a tomar forma.

Pero si no fuera suficiente, y como la audiencia ya está acostumbrada al mecanismo, podemos eliminar el nombre por completo y sustituirlo por un apelativo: “El sacamantecas de la Moncloa”, “El enterrador”, ”Coletavirus”, “el del jersecito de bolitas”. Los diminutivos siempre vienen bien para poner a la gente en su sitio: Fernandito Simón ya no parece un científico cuyas opiniones merezcan mucho crédito, y si queremos algo más elegante e ingenioso alguno ha optado por “Don Simón”, haciendo así una simpática asociación de ideas con el vino peleón que sitúa al científico en el imaginario mental del que escucha en la categoría de alguien chusco y gracioso; alguien cuyas palabras no merecen mucho respeto. Pasamos así del currículum al desprestigio de forma que ya podemos opinar sobre cuestiones que sólo conocemos de oídas desde una superioridad moral e intelectual creada por nosotros mismos.

Grandes ingenios. Muy educados y siempre tratando a todo el mundo de usted. Uno se los imagina allí, en su pupitre durante sus largos años de bachillerato, con la cara llena de granos, leyendo con fruición a Góngora y Quevedo mientras piensan: Algún día yo también sabré insultar con mucho ingenio : “Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa...

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