Sábado, 08 de Agosto de 2020

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La peligrosa vanidad digital

"¿Hasta dónde estamos dispuestos a renunciar de intimidad para facilitar un mejor rastreo del virus? (...) Me asombra que al mismo tiempo estemos cayendo como lerdos -hablo en general, ¿eh?- estemos consintiendo ceder nuestros datos para jugar con una aplicación que te muestra cómo serías con otro sexo", la opinión de Carles Francino

Como una historia de ciencia ficción por entregas, la pandemia de la covid vuelve a llevarnos al lugar donde se supone que empezó todo: a China. Lo malo es que no se trata de ciencia ficción; es realidad pura y dura.

La alarma desatada en Pekín, por la aparición de un brote de nuevos contagios, nos sitúa -además de acongojarnos- ante una pregunta clave: ¿sabremos esta vez realmente lo que ocurre en China? Porque la transparencia diríamos que no es la principal virtud del régimen, y eso ya ha tenido influencia, cuánta exactamente no lo sabemos, pero la ha tenido en la propagación del coronavirus.

Así que a la espera de cómo evoluciona este nuevo capítulo, y además del socavón económico, y además del destrozo social, y del miedo provocado por esta pandemia, otra pregunta pertinente seria: ¿hasta dónde estamos dispuestos a renunciar de intimidad para facilitar un mejor rastreo del virus? Eso está sobre la mesa en todas partes; en Noruega, de hecho, acaban de desactivar una aplicación, una app oficial, que se dedicaba precisamente a eso.

Y a mí el debate me parece muy interesante, muy oportuno, aplaudo la defensa de nuestra privacidad… Pero me asombra que al mismo tiempo estemos cayendo como lerdos -hablo en general, ¿eh?- estemos consintiendo ceder nuestros datos para jugar con una aplicación que te muestra cómo serías con otro sexo. Es muy divertido, ¿eh?. Como lo era proyectar tu imagen con 15 o 20 años más, que también triunfó hace un tiempo. Los promotores son los mismos. Rusos, por cierto. Y la cesión de datos es idéntica.

Moraleja: nos ponemos muy farrucos con el control sanitario, y hacemos muy bien en exigir límites, pero la curiosidad -y la vanidad- de ver cómo quedaríamos en tal o cual circunstancia abre una puerta -o una ventana en este caso- por la que se nos puede colar de todo. ¡Mira que tiene siglos la historia del caballo de Troya! Pero no hay manera. No aprendemos.

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