Jueves, 24 de Septiembre de 2020

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Un mal día lo tiene cualquiera

El día que Maradona vengó a su país de la derrota en Malvinas

Tanto el Pelusa como los otros jugadores argentinos estaban ansiosos por devolver el orgullo nacional a sus paisanos. Y en el minuto 6 del segundo tiempo, Maradona pudo por fin clavar la primera daga

Entre los ingleses y los argentinos hay una rivalidad latente desde hace muchos años, centrada en la posesión de las Islas Malvinas. Estas islas, que están a unos cientos de kilómetros de la costa argentina, están en manos inglesas desde el siglo XVII, con algunos breves cambios de manos desde entonces. El último de ellos fue entre abril y junio de 1982, cuando la dictadura militar que atenazaba a los argentinos buscó distraer a la población invadiendo las islas. Los británicos no tardaron en reaccionar y las recuperaron tras una breve guerra.


En 1986, los ingleses y los argentinos se enfrentaban de nuevo. Pero esta vez, era en un campo de fútbol. Si la capacidad bélica había estado tremendamente desequilibrada en favor de los europeos cuatro años antes, en el terreno futbolístico estaba bastante más igualada la cosa. Con una pequeña salvedad: los argentinos tenían un arma de destrucción masiva: un chaval de 25 años conocido como El Pelusa: Diego Armando Maradona.


Tanto el Pelusa como los otros jugadores argentinos estaban ansiosos por devolver el orgullo nacional a sus paisanos. Y en el minuto 6 del segundo tiempo, Maradona pudo por fin clavar la primera daga. Maradona, que mide 1.65, disputó un balón aéreo con Peter Shilton, el portero inglés, que mide 1.83 y que, como arquero, podía usar las manos. Que es justo lo que decidió usar también


El Pelusa, extendiendo el brazo izquierdo y metiendo el balón dentro de la meta. Mirando de reojo al árbitro, se dispuso a celebrarlo por todo lo alto. Pese a que después marcó probablemente el mejor gol que se ha visto en un Mundial, Maradona guardó un recuerdo muy especial del que consiguió haciendo trampas. De hecho, se lo atribuyó a dios mismo, diciendo después del partido que el gol había salido de su cabeza… pero de la mano de Dios.

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