Lunes, 19 de Abril de 2021

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¿El móvil nos convierte en cretinos digitales?

Cada día sufrimos de media hasta 150 interrupciones debido a los smartphones, según el libro 'La fábrica de cretinos digitales' del investigador francés Michel Desmurget. Hablamos en La Ventana con la neurocientífica Raquel Marín sobre cómo las saturación digital afecta a nuestro rendimiento cerebral y amenazan nuestra concentración

¿Se imaginan que cada día su jefe, un compañero de trabajo, un amigo o incluso un familiar le interrumpiera 150 veces con llamadas, mensajes o correos electrónicos? Depende de la capacidad de aguante de cada cual pero probablemente muchos se harían el sueco dejando de responder a la tercera, la cuarta, la quinta o la décima vez, o mandarían a su interlocutor mental o verbalmente a según qué sitio en función de su educación y casi todos se sentirían víctimas de un acoso intolerable. 

Pues eso es lo que nos pasa a diario a los usuarios de smartphones, hoy en día la gran mayoría, aunque la diferencia es que son menos los que escapan a la irresistible necesidad de responder a los estímulos aunque eso signifique dejar de hacer lo que estemos haciendo o de atender a quien estemos atendiendo, aunque sea alguien de carne y hueso.  

La tesis que el investigador y neurocientífico Michel Desmurget desarrolla en su libro 'La fábrica de los cretinos digitales' analiza las consecuencias sobre nuestro cerebro de esas entre 50 y 150 interrupciones diarias que nos provoca nuestro teléfono móvil. Y ojo, no sólo cuando suena la señal de que nos ha entrado un mensaje o un correo. La mitad de esos despistes se producen cuando el teléfono está inactivo. ¿Por qué?, porque somos incapaces de tener el móvil cerca sin consultarlo periódicamente, un uso compulsivo que la mayoría de los usuarios justifican con un 'para ver qué pasa, o por si me he perdido algo'. 

La consecuencia es que el teléfono inteligente nos está 'entonteciendo'. 'Los dos o tres segundos de distracción que provoca un mensaje de móvil pueden llegar a generar hasta 3.000 estímulos en nuestro cerebro, para la neurona un segundo es todo un mundo de posibilidades. Eso quiere decir que si estábamos haciendo algo, no es tan sencillo volver a recuperar el hilo. El cerebro necesita volver a reconstruir ese circuito neuronal previo y eso conlleva un gran gasto de energía', nos ha contado en La Ventana la neurocientífica y catedrática de Fisiología, Raquel Marín. 

'Eso puede restarnos eficacia en la toma de decisiones, tardamos más y perdemos la concentración, y eso baja nuestro rendimiento intelectual'. Y eso se puede aplicar igual a la multitarea, una de las grandes falacias del mundo contemporáneo según los expertos. 'Desde el punto de vista neuronal la multitarea no existe, el cerebro necesita hacer una cosa y después la siguiente, aunque lo haga rápido. El individuo más inteligente no es el que gasta más energía para llegar a una respuesta sino el que utiliza el camino más corto, y eso difícilmente lo haremos si nos dispersamos buscando muchos caminos a la vez'. 

'El problema es que nuestro cerebro no está hecho para el mundo moderno', resume Raquel Marín. 'El cerebro humano se ha forjado y evolucionado en un mundo en el que teníamos muchos estímulos exteriores de tipo sensorial, la vista, el oido, el olfato, el tacto. Y además el cerebro es eminentemente social, en la medida en que está diseñado para interactuar con otros seres humanos, para el cerebro las personas son irremplazables, y esa función no la hacen las pantallas'. 

Los últimos estudios demuestran, según Marín, que lejos de la panacea que se prometía, las experiencias pedagógicas basadas en pantallas se han demostrado bastante catastróficas porque las personas son insustituibles en el proceso de aprendizaje. 'No se estimula igual un cerebro infantil frente a una pantalla que frente a una persona hasta el extremo de que hay autores que consideran que una sobreexposición a las pantallas puede incrementar hasta en un 200% la necesidad de un logopeda.

El libro de Desmurget apuesta abiertamente por nada de pantallas hasta los seis años, tiempo que el niño necesita para jugar, correr, aprender, experimentar, aprender a atarse los cordones, leer, escribir o incluso aburrirse, y limitar a no más de 50 minutos diarios la exposición a partir de esa edad y eso como tope máximo. 

'La cuestión es que en treinta años el mundo ha cambiado de forma inimaginable en nuestra forma de interrelacionar y de experimentar estímulos y eso ha puesto a prueba nuestra capacidad de concentración. Hay estudios que apuntan a una merma de hasta siete puntos en el cociente intelectual en las tres últimas décadas, lo que probablemente deba llevarnos a nuevos test de medición porque ya no se adaptan a lo que el cerebro se enfrenta ahora'. 

Marín confía en todo caso en la capacidad adaptativa del cerebro humano aunque también advierte del riesgo de las adicciones tecnológicas. 'Hay que tener mucho cuidado con ellas, porque generan estrés y ansiedad, y ambos son la antesala de la temida depresión'. Algo a tener siempre en cuenta, pero más en tiempos de crisis, pandemia y teletrabajo. 

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