Viernes, 27 de Noviembre de 2020

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'Notturno', vivir con la guerra a cuestas

El director italiano Gianfranco Rosi firma en 'Notturno' un documental poético en el que retrata la crueldad de la guerra, sin una sola batalla

Fotograma de 'Notturno', documental de Gianfranco Rosi, presentado en venecia 2020

Fotograma de 'Notturno', documental de Gianfranco Rosi, presentado en venecia 2020 / CEDIDA

Un burro en mitad de la calle parado mientras coches, ambulancias, carros y transeúntes lo bordean como si no estuviera allí. Es una de las escenas más poéticas de Notturno, documental con el que el director italiano Gianfranco Rosi vuelve a competir por el León de Oro en el Festival de Venecia. Ya lo ganó en 2013 con Sacro Gra, un documental sobre la M30 de Roma y toda la vida en la periferia. Con su siguiente filme, Fuocoammare, ganó en Berlín por su mirada a la inmigración en la isla de Lampedusa y estuvo nominado al Oscar.

Con Notturno demuestra que la suya es una mirada de las que apenas quedan en esta humanidad rota en la que vivimos. Poético, estetizada y realista a la vez, esa combinación de factores da a Rosi un estilo propio que además tiene efecto en el espectador, cuando muestra los desastres de la guerra.

Hay mucho de Goya en su película. Son escenas, con pocos diálogos, de personas que sufren por culpa de distintos conflictos. Todos tienen en común haber nacido en Oriente Medio, una de las zonas más conflictivas y con más intereses de Occidente desde la caída del Imperio otomano.

Rosi pasó tres años grabando con su cámara en el Kurdistán y a lo largo de las fronteras de Irak, Siria y Líbano para retratar la cotidianeidad de sus habitantes, víctimas de cruentas guerras civiles, dictaduras, terrorismo e injerencias extranjeras. "Las fronteras no pertenecen a esa región porque fueron trazadas sobre la mesa en 1916 por las potencias coloniales sin considerar la cultura, las etnias y las raíces de aquellos pueblos del Imperio otomano. De ahí nace todo este desastre", decía el director en la rueda de prensa.

Rosi omite en que país se desarrolla cada escena. Ni la de los soldados corriendo, ni la de una pareja tomando un té bajo las bombas, ni la de un niño yendo a pescar cada noche para alimentar a sus cinco hermanos pequeños, ni la de un funeral de mujeres. Quitar las fronteras, los países para humanizar las situaciones, es la intención del director que sabe que los muertos no valen lo mismo en todas las partes del mundo, como bien señala en Vidas Precarias la filósofa Judith Butler.

"No quería dar respuestas sino encontrar esos testimonios de cotidianeidad en unos confines que vacilan entre la vida, la muerte, el infierno y la destrucción", añade Rosi. La cámara asiste a la procesión funesta de una madre kurda al cobertizo en el que su hijo fue asesinado por los turcos y cuyos muros palpa con las manos como queriendo sentir su presencia. Sigue de cerca a un hombre en motocicleta que busca comida por un paraje infinito dominado de fondo por las extracciones petrolíferas o a un joven que cada día se levanta para buscar trabajo, de lo que sea, afrontando extenuantes jornadas durante la noche.

Pero quizá lo más demoledor es comprobar el horror que han sembrado los yihadistas de Estado Islámico en un grupo de niños, que cuentan, dibujando y narrando esos dibujos, los horrores que sufrieron. Uno de ellos es incapaz de contener la respiración, inhala y exhala acelerado antes de contar lo que vio con sus ojos ante su maestra. En sus dibujos predomina el negro y perturbadoras figuras que cercenan miembros y lo llenan todo de motas rojas, de sangre.

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