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Coronavirus Covid-19

Más que un plan para luchar contra la epidemia parece un tratado de paz para salvar la dignidad

Illa evita el enfrentamiento y Ayuso se camufla en medio del pelotón

Más que un plan para luchar contra la epidemia parece un tratado de paz para salvar la dignidad

Más que un plan para luchar contra la epidemia parece un tratado de paz para salvar la dignidad

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Hace unos días Madrid era distinta. Ayuso la definió como una España dentro de España y hoy Madrid se presenta como estandarte de la homogenización nacional y se incluye gustosa como una más en el tablero general. Porque una cosa es singularizar y otra distinta liderar los registros negativos de la pandemia.

El pulso del Gobierno central con el de la comunidad madrileña se ha saldado con una fórmula que, más que un plan para luchar contra la epidemia, parece un tratado de paz para salvar la dignidad de los contendientes. Illa evita el enfrentamiento frontal y Ayuso se camufla en medio del pelotón. Un marco de generalización que no engaña a nadie pues hoy por hoy el plan tiene un solo cliente: Madrid, donde el virus se propaga fuera de control.

Lo acordado ayer es interesante porque aclara los procedimientos, pero solo el partido jugado en el tablero de la política, no en el sanitario. Y la mejor prueba es que esta mañana el primer tipo valorativo es el político. ¿Quién gana? ¿A quién beneficia? ¿Quién ha cedido?

Y está bien fijar criterios sobre la responsabilidad en la toma de decisiones. Es bueno marcar líneas objetivas para determinar el alcance de las actuaciones a emprender, pero, ¿ese es el problema que azota dramáticamente a Madrid? ¿Necesita Madrid que se precisen las líneas rojas para decidir actuaciones contundentes?

Si mañana se celebrara una reunión de médicos para dilucidar si habría que considerar fiebre a partir de los 37 grados o los 37, 2 o los 37,5, ¿tendría sentido esperar el desenlace de esa discusión antes de atender a un enfermo con 40 grados? Pues Madrid tiene 42. Es récord negro de Europa, pero se resiste a aceptar la gravedad de su situación sanitaria y no está dispuesta a abordarla con la contundencia necesaria y atención a este pequeño detalle socio psicológico, con vuestro permiso.

Porque no sólo son las autoridades las que parecen no estar dispuestas a abordarla con la contundencia necesaria. Por lo que estoy viendo, tampoco la sociedad. Percibo un grado de inconsciencia colectiva creciente, como si ya hubiéramos hecho la digestión del drama, como si lo hubiéramos incorporado a esa llamada nueva normalidad.

Cada vez me parece que somos más sensibles ante las restricciones y más insensibles ante las cifras de afectados, hospitalizados y fallecidos. Con la mano en el corazón, gesto de moda. Creo sinceramente que estamos viviendo con los ojos cerrados y que no queremos ver lo que nos pasa.

 
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