Martes, 20 de Octubre de 2020

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CINE | ENTREVISTA

Woody Allen: "Entretener es la primera obligación del cine"

El director estrena 'Rifkin's Festival', su ácida mirada a los festivales de cine, con lío amoroso incluido, en la que rinde un nostálgico homenaje a los grandes autores europeos

Woody Allen, el año pasado en San Sebastián

Woody Allen, el año pasado en San Sebastián / Europa Press News/Europa Press via Getty Images

Confinado en su apartamento de Nueva York, Woody Allen pasa los días entre libros, haciendo ejercicio en la cinta, encendiendo y apagando la televisión y dando breves paseos tocando el clarinete. Su impulso creativo no para, pero necesita darle salida y compartir sus ideas. "A mí lo que me gusta es levantarme por la mañana y trabajar en algo. Tengo el guion para una película acabado, tengo una obra de teatro escrita y no quiero ir acumulando cosas antes de ir ejecutándolas. Mientras tenga ideas, y si la salud me lo permite, lo seguiré haciendo”. En mitad de esa anodina espera, atiende por videoconferencia entrevistas sobre su última película, ‘Rifkin’s Festival’, y despliega todo el encanto y verborrea de muchos de sus personajes sin rehuir ninguna pregunta.

Siempre he dudado de mi talento, dudas continuamente. Una de las cosas de las que estoy seguro es que no he influido tanto en el cine o en la gente del cine. Miro a mi alrededor y veo que Martin Scorsese ha tenido una gran influencia, Francis Ford Coppola, pues también, Steven Spielberg… Pero yo, pues no creo que haya sido una influencia. He disfrutado de hacer las películas, algunas buenas, algunas malas, pero no creo haber influido en nadie”, confiesa.

En Rifkin’s Festival junta una de sus clásicas historias de enredo, de amor y desamor, con una declaración de amor al cine europeo. "Hubo un tiempo en el que las películas europeas tenían un papel dominante en el mundo, desempeñaron un papel importante en la vida cultural de todo el mundo y creo que eso se ha reducido a medida que los cines que exhibían estas películas iban fracasando, cerraban sus puerta, la gente iba menos cada vez… La industria del cine ha cambiado y se ha convertido en un sector de películas de blockbuster, comerciales, pero en el pasado sí hubo un tiempo en el que cada semana en Nueva York podías ir a ver grandes películas que se estrenaban procedentes de España, de Italia, de países europeos, de Francia, Alemania, Suecia… Eso ya no ocurre”, explica con cierta melancolía en conversación con la Cadena SER.

Wallace Shawn interpreta a un estudioso del cine viaja con su mujer al Festival de San Sebastián. Ella, sensacional Gina Gershon, es la agente del director más prometedor -y pretencioso- del momento, con el que flirtea sin disimulo. Él, mientras ella trabaja, conoce a una cardióloga española de la que se enamora y, que a su vez, vive una relación tóxica con un pintor excéntrico. La historia podría ser la de otras muchas de sus películas pero ese ambiente cinéfilo le sirve aquí para hacer un recorrido por las grandes obras maestras de directores que han influido en su carrera, como Fellini, Truffaut, Bergman o Buñuel. Frente a esa reivindicación de los clásicos, saca su mirada más ácida con el personaje de Louis Garrel, un joven director que cree que su cine puede cambiar el mundo.

“El cine principalmente tiene que ser entretenimiento, pero sí puede ayudar a cambiar algo. Si haces una película que sea política o social, si es simplemente una cosa didáctica, erudita, significante, que trata el tema de una manera aburrida pero intenta cambiar la política de algo, pues es que es aburrido. Si es algo interesante, apasionante, entretenido, ahí sí puede tener un efecto en la política, pero principalmente tiene que ser entretenido. Todos esos directores, la gente del cine como Bergman, Fellini o Truffaut, sus películas son entretenimiento. Ahora bien, el hecho de que sean películas que tratan de algo hacen que puedan contribuir a un punto de vista que ayude a cambiar una situación concreta, social o intelectual. Pero no si es aburrida, tiene que que ser entretenida. La primera obligación del cine es que la gente se lo pase bien. Hacer que rían, que sientan suspense, que sientan el drama… Entretener es la primera obligación del artista”, defiende.

A esa función artística y social del cine que Allen ve en peligro por las ínfulas de la modernidad se suma su preocupación por la pérdida de la experiencia catedralicia en las salas. “Me gusta aquello con lo que crecí, que fueras al cine a ver películas, entrabas en la sala, los precios se podían pagar, no 15 dólares por entrada, eran 25 centavos, era una forma de arte popular. Estabas con 300 personas o 500 viendo a los hermanos Marx, o Charlie Chaplin u Orson Welles. Ves a esta gente maravillosa en un tamaño enorme, James Stewart, Humphrey Bogart, Dany Davis, los veías grandes, eran estrellas de cine. Ahora estás en tu casa, con la pantalla ahí delante, puedes hacer pausa, vas al lavabo y vuelves, te haces un bocata, no es lo mismo, no hay nadie ahí, a lo mejor un par de familiares pero no 300 personas. Cinco o diez amigos, pero no es lo mismo. Y el tamaño de la pantalla, no está bien, no me gusta. Pero el mundo va en esa dirección por mucho que a mí no me guste. A la gente le gusta acabar su comida o su cena, van a la sala de estar, se sientan y no van al cine. Les gusta estar en su sofá, apretar un botón y ver la película ahí. Y a medida que las pantallas de las televisiones son más grandes, mejora el sonido, pues la gente se va a quedar más en sus casas. Es una pena, pero a nadie le importa que a mí no me guste”, lamenta resignado.

Los nuevos tiempos también señalan la falta de diversidad e inclusión, algo que se le ha reprochado a su cine y la Academia de Hollywood trata de corregir con nuevos requisitos. “Yo no soy alguien que haga películas para los Óscar, con lo que eso ya ni cuenta, pero creo que los objetivos de la Academia son muy buenos, el ser más inclusivo es un objetivo muy legítimo. El problema es que es muy difícil en una forma artística. Si tienes una universidad, una empresa o una corporación que quieres que sea más inclusiva, sí que puedes establecer normas y ayudar a que gradualmente sea más inclusivo. Pero en un forma artística no puedes elaborar reglas con tanta facilidad, porque les estás diciendo a los artistas lo que tienen que escribir, lo que tienen que pintar o componer, estás limitando o reprimiendo a los artistas en su trabajo”, opina.

Ese Hollywood que busca corregir los desequilibrios también ha impuesto un peaje no escrito contra Allen. Actores y actrices que reniegan de haber trabajo con el director, como Timothée Chálamet, de quien en sus memorias dice que lo hizo para ganar el Óscar. La última intérprete en mostrar su arrepentimiento por las viejas acusaciones de abuso a Dylan Farrow ha sido Kate Winslet, protagonista de ‘Wonder Wheel’. “Son grandes actrices con las que he trabajado, tuvimos grandes experiencias juntos, pero es que simplemente no saben. Todo el mundo quiere hacer lo correcto políticamente, pero ellas no saben lo suficiente de la situación antes de hablar. Es eso, si tuvieran más información, tendrían una actitud distinta y no dirían lo que han dicho. La situación es que se ha investigado tantísimo y siempre con el mismo resultado, siempre salgo bien porque se desestima. No saben lo suficiente. Son maravillosas actrices y, bueno, si se tomaran el tiempo para investigar a fondo, cambiarían su actitud”, zanja el director.

Demócrata de toda la vida, espera que Trump no siga en el poder, no solo piensa seguir dirigiendo sino que no descarta volver a ponerse frente a las cámaras con la actriz que mejores momentos le ha dado. “El hacer cine es con Diane Keaton. Me gustaría hacer una película con ella ahora, la llamé por teléfono y me encantaría poder rodar otra vez con ella. Pero no quiero hacer una película de esas de gente mayor, de mira qué tiernos, qué monos estos viejitos que hacen chistes. Eso no lo encuentro nada agradable”. Woody Allen no siente el peso de los 84 años ni fatiga creativa, solo cierta nostalgia y la seguridad de repondrán sus películas en televisión cuando tengan que llenar huecos. “Estoy en mi película 50 o 51, y quizá pues 10 de esas 50 las guardaría, tiraría las restantes. He hecho muy pocas películas que crea que valgan la pena, el resto, fuera, a la basura, no me interesan mucho. No creo que tengan mucho significado”, concluye.

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