Sábado, 05 de Diciembre de 2020

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El destello de Antonio Lucas

La reflexión de Antonio Lucas que te hará sacar de nuevo la caja de las cintas

El poeta y periodista hace su reflexión junto a Mara Torres sobre el significado que han tenido para toda una generación

Buenas noches, Mara. Cuando me dijiste que esta madrugada hablaríamos de cintas salí disparado hacia el armario donde guardo el cajón de las casetes. Aún me sucede, que escucho la palabra cinta y pienso en las TDK y las Basf que acumulo, aunque ya sin transistor. Sé que pensar en cintas es como pensar en pesetas, pero si Antonio Machado decía que su infancia eran recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero, la mía son recuerdos de cintas mal grabadas, alguna original y un radiocasete del que salía una música con ecos de hojalata. Cuánto he disfrutado con las cintas de música. Con esa cosa tan rara que es una cinta, por otra parte. Qué artilugio del demonio como se enredase. Con las cintas he pasado el rito de la pubertad.

Nos relacionábamos con las cintas prediciendo el WhatsApp sin saberlo: imaginar que alguien estaba escuchando lo que le habías regalado era como manteneros fabulosamente en línea. En una cinta que regalabas (o te regalaban) había principalmente mensajes cifrados. Cómo te habían diseñado la carátula, el cuidado en la letra, los adornos, las canciones incluidas... Mucho que estudiar ahí, casi un análisis forense. Una relación de amor o de amistad podía depender de esos detalles.

Luego estaba la capacidad resolutiva que exigían las cintas. Rebobinar, por ejemplo. Rebobinar a ciegas hasta donde sospechas que estaba la canción que querías, que casi nunca estaba en su sitio. La magia del autoreverse, aquella tecnología fastuosa que permitía dar la vuelta a la cinta como quien da la vuelta al mundo, porque el mundo en nuestra adolescencia se concretaba en un puñado de canciones… Todo lo que nos han dado las cintas es fabuloso. Declararse con una cinta. Ser rechazado incluso con una cinta. Porque la interpretación que le dábamos a una cinta que regalabas o te regalaban era muchas veces más determinante que el contenido. Eso era una magia que tenían las casettes, porque con las cintas de vídeo no sucedía lo mismo. Y, además, no las podías escuchar en un Walkman por la calle, flotando. Al entrar en casa de los conocidos o conocidas, las cintas en su estantería ayudaban a hacerte una idea más clara de la persona. En esa selección te jugabas mucho.

Y hay otra familia de cintas. Las que han ido punteando la vida política española. No las olvidemos. Las cintas que han revelado casos de corrupción. Las grabaciones, por ejemplo, de Gürtel. Esas casettes turbias que emponzoñan a algunos partidos como el PP... Pero volviendo a nuestra juventud, las cintas lograban que nuestro sistema nervioso se prolongase en la casa de otros. A veces escuchábamos música extraída directamente de la radio y con los últimos ramalazos de la voz del locutor. O con los pitos de las señales horarias. Qué más da. Eran nuestras casetes y era nuestra música. Y con lo que una cinta encerraba éramos capaces de conocernos y amarnos, de hacer amistades inquebrantables, de pasar los mejores ratos de soledad o aliviar los más devastadores. Qué buenos recuerdos. Ya no tenemos cintas y las echo de menos. Vale que la calidad era dudosa, pero qué bien sonaban. Y es que en verdad la música éramos nosotros. Buenas noches, Mara.

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