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Volver a la normalidad o inventarnos otra

No puede haber mayor muestra de fragilidad que necesitar imperiosamente de lo desmesurado para poder sobrevivir

La voz de Iñaki Gabilondo | 21/12/2020 I Volver a la normalidad o inventarnos otra. / Iñaki Gabilondo

Hasta hace poco, las fiestas navideñas duraban 15 días; las abrían los niños de San Ildefonso y las cerraban los Reyes Magos. Tenían un acento básicamente familiar. En las dos últimas décadas, con ese acento familiar como fondo y, sobre todo, como excusa, se han adelantado unas cuantas semanas y se han convertido en una delirante y agotadora apoteosis del consumo. Inacabables listas de regalos por compromiso, cenas de amigos, cenas de empresa, viajes. Los jóvenes han anticipado la gran francachela de la Nochevieja a la mismísima Nochebuena, día en el que no se había salido nunca. Y muchos niños tienen ración doble de juguetes con los Reyes Magos y Papá Noel.

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Estos excesos constituyen hoy la llamada normalidad navideña, esa que queremos salvar jugando a la ruleta rusa. Una demencia con muchos precedentes durante la década pasada. Consideramos normal, por ejemplo, construir más pisos que Francia y Alemania juntas. Y a partir de ese dato disparatado, nuestros políticos más sesudos hacían las previsiones de crecimiento.

Igual ocurre con el turismo. Nos ha parecido normal tener más de 80 millones de turistas y aspirar a crecer más cada año sin que nadie nunca se haya planteado siquiera calcular algún límite. Todavía hoy pensamos así y esperamos regresar pronto a ese punto, incluyendo en esa normalidad la degradación de los centros de nuestras principales ciudades, parques temáticos del suvenir y de los cómics, grajos arrasados sociológica y estéticamente.

Las líneas de normalidad se fijan tan pronto de la sociedad como nuestro cerebro, y en todos los terrenos, por ejemplo, ya está integrado en nuestra normalidad el empleo precario, trabajos que no dan para vivir. Un concepto que hace apenas diez años no era imaginable.

Por eso, fijar la línea de la normalidad es fundamental e instalarla en el exceso o en la anomalía es peligrosísimo. No puede haber mayor muestra de fragilidad que necesitar imperiosamente de lo desmesurado para poder sobrevivir. Y es lo que nos pasa ahora con la Navidad. Nos es imprescindible su desmesura, aunque nos juguemos la vida. Cada día está más claro que lo que necesitamos no es volver a la normalidad, sino inventarnos otra.

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