Función de Navidad: María, José, la mula y el buey se ponen mascarilla
Cumpliendo con la tradición navideña, traemos a la radio una modesta función de navidad interpretada por dos abuelos, un niño y la figuras de un 'nacimiento' en el año que nunca olvidaremos

Función de Navidad (ficción radiofónica): María, José, la mula y el buey se ponen mascarilla
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Madrid
Cumpliendo con la tradición navideña, traemos a la radio una modesta función de navidad interpretada por dos abuelos, un niño y la figuras de un 'nacimiento' en el año que nunca olvidaremos.
Sobreponiéndose al desánimo y al agotamiento emocional causados por meses tristes e interminables, Máximo y Edelvina decidieron sacar de lo alto del armario la bolsa y las cajas donde guardaban las figuras del belén, más pensando en las videollamadas con los nietos el día de nochebuena que urgidos por el propio espíritu navideño.
Para llegar hasta el pesebre y todos lo demás, hubo que retirar botas katiuskas, cortinas, un juego de tazas con escenas de Don Quijote, los zapatos de boda de Edelvina, un archivador de negativos fotográficos, ropa de bebé de hace cuarenta años, la máquina de escribir y el "odradek" de la casa, una criatura de edad incierta , que como usted sabe, parece un carrete de hilo sin serlo y acaba las conversaciones como un rumor de hojas secas.
Las figuras del belén estaban envueltas en papel de periódico. Un diario del 23 de enero del año 1983. Edelvina, propensa a la nostalgia, se iba deteniendo en titulares y fotografías, mientras Máximo, que siempre ha sostenido que distraerse en el pasado solo sirve para llegar tarde a la vida, se afanaba en desenvolver las figuras y revisar su estado.
A la virgen María se le había desprendido la aureola de alambre, el buey tenía solo una oreja y el San José, decapitado varias veces y manco de la mano izquierda, ya no aceptaba más pegamento.
Por la tarde trajeron de la calle un San José nuevo, un ángel con trompeta y un rey Melchor .Todo quedó amontonado en un rincón de la entrada para ,al día siguiente, montar el nacimiento.
A las once de la noche, Edelvina y Máximo se durmieron con la radio puesta y, como era de esperar, las figuras del belén cobraron vida.
Después de los primeros desperezos y saludos, el despertar se volvió turbio cuando las figurillas del nacimiento notaron el olor a enfermería (culpa de los varios dosificadores de gel hidroalcohólico) y vieron dos mascarillas colgando del pomo de la puerta.
Entraron al dormitorio y se acercaron con sigilo hasta la radio para escuchar las noticias. A los poco minutos convocaron una asamblea de urgencia para decidir cómo, quienes, cuántos podían ir al pesebre.
Siguiendo las recomendaciones sanitarias, los ángeles abrieron las ventanas para favorecer la ventilación y se estableció una distancia mínima que evitara la transmisión comunitaria. Quiero decir, que los pajes y sabios de oriente participaron en la reunión desde el desierto, aliviados por las agradables sombras de cuatro palmeras de plástico; los aldeanos, muy cerca de un rio de cartón, cobijados en las casas de las ventiscas de nieve de poliacrilato de sodio; y los pastores, encaramados a los cerros de corcho de Judea.
El rey Melchor, un recién llegado del mundo exterior, al que todos llamaban 6,95, pues todavía conservaba la pegatina del precio prendida a los ropajes, expuso que antes de seguir adelante, era imprescindible proveerse de mascarillas.
El niño con corderillo en brazos, una figura insignificante y diminuta, cuya cabeza apenas sobresalía de la alfombra, se opuso, pues dijo que allí todos eran de escayola, plástico y resina
- "Yo no puedo respirar. Y vosotros tampoco. ¿Para qué queremos mascarilla?" - Un comentario inoportuno que provoco no pocos ataques de ansiedad.
Herodes y los soldados romanos se encargaron del pastorcillo. Después de algunos turnos de palabra que, se acordó por unanimidad encargar una remesa de mascarillas y la hilandera puso a rodar la rueca.
A continuación, se pasó a discutir quienes podrían entrar en el pesebre, cerrado perimetralmente durante la Navidad.
María aceptó cenar en Nochebuena con la paloma, padre del niño, con la burra y el buey, por ser convivientes, y hasta con los ángeles, allegados de naturaleza espiritual, no corporal , y por tanto no computables e inmunes al virus. Pero María no estaba a dispuesta a pasar la Nochebuena con el nuevo San José. Por muy marido que fuese, lo acababan de comprar, no lo conocía y, teniendo en cuenta las circunstancias actuales, era un riesgo inasumible. A menos que se hiciera una PCR...
-"¡La PCR no funciona con la carne de escayola!"
Dijo el pastorcillo
-"Yo creo que no va afuncionar. Es de escayola"
Una herejía...
Y tuvieron que volver los soldados romanos.
Con el pastorcillo detenido, el boyero, esposo de la lavandera, cuñado del herrero, padre de la pastora de ocas y vecino de Herodes, partió hacia Jerusalén llevando en el carro a San José para que le hicieran la PCR y de paso, preguntar por las vacunas.
Mientras tanto, las demás figurillas del belén acordaron restringir los movimientos no esenciales. Y la mayoría, hubo excepciones, estuvo de acuerdo en que, fuera de las horas de trabajo, lo mejor era que cada uno pasara las navidades en su caja.
La legión romana se desplegó para realizar los controles pertinentes.
A las tres y media de la madrugada, cuando todavía ultimaban algunos detalles, la repentina aparición de Edelvina, últimamente con más dolores de hueso de los deseados..., les paralizó.
CIERRE DE TELÓN
En esta función navideña ha participado, por orden de aparición:
Hermina en el papel de Edelvina.
Francisco, como Máximo.
El amplio elenco de figurillas del portal de belén, como figurillas del belén.
El niño Izan en el papel de pastorcillo con cordero en brazos y, como apuntadora, su madre Llanos.

Severino Donate
Llegó a la SER en 1989. Ahora hace reportajes.




