Domingo, 17 de Enero de 2021

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Negligencia climática

"Habían pasado 22 años desde aquella tarde en la que Mario Molina había vislumbrado el desastre total en una hoja de papel"

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A mediados de los 70 un mexicano, Mario Molina comienza a estudiar junto a su supervisor de la universidad de California, Frank Sherwood, los clorofluorocarbonos.

Se trataba de una serie de compuestos químicos inventados a principios del siglo 20 que habían revolucionado la industria por su rápida aplicación a muchos campos, entre otros la refrigeración, tanto en neveras como aires acondicionados, pinturas o los aerosoles que utilizábamos en miles de productos. Eran baratos y fáciles de producir. Lo que Molina descubrió fue que también eran muy peligrosos.

Una serie de experimentos demostraron que cuando estos compuestos llegaban a la estratosfera y recibían la radiación solar, liberaban átomos de cloro y que, a su vez, cada uno de esos átomos destruía miles y miles de moléculas de Ozono.

 Una tarde, en el despacho de su casa, Molina realizó los cálculos finales y quedó horrorizado. Cuenta que salió al jardín con el corazón encogido de angustia tras haber visto sobre ese papel lleno de cifras el fin de la humanidad.

Y es que lo que sus previsiones mostraban era la progresiva destrucción de la capa de ozono que nos protege de las radiaciones solares.

Tan aterradores eran sus resultados que los dos investigadores creyeron haber cometido un error y volvieron a repetir todo el proceso. El resultado fue el mismo y sus predicciones se hicieron públicas en 1974.

De inmediato la poderosa industria química se les echó encima, acusándoles de alarmistas, de querer privar al mundo de un producto útil sin evidencias que demostraran sus afirmaciones.

Las evidencias llegaron en el 85, cuando se detectó por primera vez un enorme agujero en la capa de Ozono a la altura de la Antártida.

Durante años los satélites de la NASA habían achacado los datos aparentemente desproporcionados de esa zona a algún error en las mediciones, pero ahora se demostraba que el agujero era real. Estaba allí.

Aún así, de momento los gobiernos prefirieron no hacer nada, esperar.

Sólo la movilización de la opinión pública, incluida Lady Di, consiguió que la ONU decidiera finalmente hacer prevalecer lo que se llamó el "principio de precaución", por el que se establecía la necesidad de tomar medidas incluso antes de que hubiera un consenso científico. No hacerlo podría llevar a una situación más tarde irreparable.

El Protocolo de Montreal de 1987, fue el primer paso, y la prohibición total de su producción por todos los países se acordó con la fecha tope de 1996.

Habían pasado 22 años desde aquella tarde en la que Mario Molina había vislumbrado el desastre total en una hoja de papel.

Mucho tiempo para algunos; para otros un verdadero record, un milagro. Ante una nueva crisis climática anunciada por la ciencia, ¿seremos capaces de repetir el milagro?

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