Miércoles, 23 de Junio de 2021

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Luis García Berlanga

"Berlanga pensaba que el humor podía con todo"

Manuel Hidalgo es uno de los intelectuales que más sabe de Berlanga, que más le admira y conocía. Acaba de publicar un libro que actualiza otro editado en 1981 con cientos de conversaciones de él con el cineasta

Luis García Berlanga

Luis García Berlanga / Sigfrid Casals/Cover/Getty Images

Este 2021 será el año más berlanguiano de todos. No tanto porque empiecen a ocurrir sucesos caóticos, disparatados, ridículos, excesivos, caricaturescos -que seguro que los hay-; sino porque se celebrará el centenario del nacimiento del director valenciano. Esperemos que el COVID no arruine la fiesta y todo pueda celebrarse como le hubiera gustado a este cineasta de carácter levantino de los pies a la cabeza. 

Berlanga firmó grandes obras maestras del cine español. Algunas junto a Bardem, como Esa pareja feliz o Bienvenido Mister Marshall -historia de nuestro cine-, otras en solitario o con la ayuda de Azcona, como Plácido, El verdugo o La escopeta nacional. Fue el retratista, más que de una época, de una sociedad atemorizada, incapaz de comunicarse, miserable, pero tierna en el fondo. 

Luis García Berlanga nació en Valencia en 1921. Perdió a su padre, republicano, en la Guerra Civil. Estudió, se fue a la División Azul, quizá para salvar el honor de la familia en pleno franquismo. Después estudió cine en Madrid. Ahí empezó su carrera, que puede leerse como una continuación de la tradición literaria española del sainete, la picaresca, el esperpento. Fue un director de grandes repartos y de grandes actores secundarios, que colaba la palabra austrohúngaro siempre que podía y que se aficionó al plano secuencia porque era más barato.

Manuel Hidalgo es uno de los intelectuales que más sabe de Berlanga, que más le admira y conocía. Acaba de publicar un libro que actualiza otro editado en 1981 con cientos de conversaciones de él con el cineasta. Un detallado recorrido de la obra del genial cineasta, que bajo el título de El último austrohúngaro. Conversaciones con Berlanga (Alianza Editorial) demuestra que Berlanga era más intelectual de lo que el valenciano decía.

La primera edición del libro es de 1981, ¿por qué volver a reeditarlo?

Me pareció que era un material, unas 150 páginas de conversaciones película por película, que valía la pena volver a difundir. Había pasado mucho tiempo y era un libro desconocido para nuevas generaciones de críticos, de cinéticos y cineastas, incluso. La celebración del centenario, que empieza ya, me pareció que era un buen pretexto. Además, yo veía que no solo estaban en esas conversaciones las películas acabadas, sino que como hablábamos con él de su concepción del cine, de la vida y de todas las cosas, se trataba de una concepción muy global y vigente.

¿Qué hay nuevo en esta edición?

Lo que he hecho es añadir un estudio crítico de las películas posteriores a nuestra conversación hasta el final de su carrera. Añadir una cronobiografía muy detallada y muy extensa y una filmografía completa.

En este año del centenario de su nacimiento, se abrirá su legado, esa caja que depositó en el Cervantes, ¿Qué habrá metido ahí? ¿Habrá un guion inédito?

La verdad es que no lo sé. Si lo supiera tampoco podría decirlo. Es una pregunta comprometida y de difícil respuesta.

Berlanga huía de toda intelectualidad, la inteligentsia decía él, ¿era pose o realmente no había leído a Valle-Inclán?

Berlanga jugaba un poco. Jugaba a ser como un tonto angélico, como le dijo Pedro Beltrán. Lo cierto es que él siempre quiso hacer una comedia popular.

¿Le alejaba eso de planteamientos más intelectuales del cine? Puede que por un lado sí, pero por otro no. Lo que él reveló y lo que revela su cine es que la comedia es un instrumento tan perfecto como cualquier otro, por ejemplo el drama, para analizar la sociedad y la condición humana.

 

Es tan perfecto como el drama o el cine de autor. Él tenía ese empeño por la comedia popular. Él dice en el libro que cuando empezó no había leído a Valle-Inclán ni el esperpento, pero que sí se ubica en esa tradición cultural española que transita una horquilla, de la picaresca al sainete, al astracán, a los géneros populares del teatro.

Es continuador de una tradición. Lo que se ve en el libro, en estas conversaciones, es que esa pretensión de antiintelectual es relativa.

Al hilo de nuestras preguntas van asomando sus meditaciones sobre la libertad, sobre la religión, sobre la mujer, sobre los perdedores… y sobre ellas sí hay una visión previa e intelectual de la vida.

¿Y fue el género lo que le alejó de Juan Antonio Bardem, con quien hizo Esa pareja feliz o Bienvenido Mister Marshall?

De Bardem le van alejando cosas que ya desde el principio eran distancias. Ellos se conocen, se hacen amigos mientras estudian dirección de cine. Pero desde el inicio tienen diferencias ideológicas. Bardem ya era comunista en la clandestinidad y Berlanga no. Berlanga era una mezcla de conservador, de ácrata y ferozmente liberal en el sentido político del término, para diferenciarlo del económico. Lo que trasciende de este libro es su reiteración por hablar de la libertad del individuo, que está muy presente en su cine. Bardem va a una concepción más intelectual y más izquierdista del cine, como crítica al régimen como confianza en la solidaridad y en la posibilidad de que la solidaridad sea redentora del hombre y la sociedad. Berlanga no cree en eso, cree más en la potencia del individuo y, además, tiene un pesimismo tremendo. Cree que todo va a peor. En sus películas suele contar historias de tipos que quieren algo y es la sociedad la que es un obstáculo para él.

Destaca en el libro la amargura de sus películas. ¿De dónde venía esa amargura, de su vida, del momento en dónde nacen esas películas en pleno franquismo, porque él era un vividor?

Más que amargura, que igual es un concepto algo fuerte, diría pesimismo. Era un pesimista. Tenía muchos miedos, era hipocondríaco, tenía pánico a la muerte y no creía en que las cosas se pudieran arreglar. Ni el individuo las suyas, ni la colectividad las suyas. En su cine, sino amargura, hay pesimismo, desde luego, y unas importantes dosis de patetismo. Eso es lo que matiza su tipo de comedia. Con ellas nos reímos, pero vamos diciendo poco a poco, vaya, qué panorama, qué gente más desafortunada, qué mal les va.

Reímos, pero a la vez se nos queda un poco el alma encogida. Era muy propio de la comedia neorrealismo de la que tanto se inspiraba él.

Hay una sentimentalidad dramática, una congoja final. Otra característica de su comedia, y de su visión del ser humano, es que hay piedad. Pueden parecer muy desabridas, porque se mete con todo el mundo sin excepción, pero comprende eso, comprende el disparate.

En los últimos años hemos oído mucho eso de "con esto que ha pasado Berlanga haría maravillas", en referencia a la política española... ¿qué haría si viviera ahora?

Con lo que hay ahora… hacia lo que siempre hizo. Encontraría argumentos, tramas, asuntos para seguir haciendo sus películas.

¿Por qué es tan actual? ¿Cuál es la fórmula?

Dio con algo, con una fibra o un nervio de dos cosas. Por un lado, de la sociedad española. Por otra de la miserabilidad humana. Eso es lo permanente. El espejo que pone sobre el individuo y la sociedad que nos da una imagen que reconocemos como actual. Por eso y por sus habilidades estrictamente cinematográficas. Sus repartos, sus actores secundarios, sus largos planos secuencia con tanto movimiento y agitación. Vemos que aquello puede ocurrir hoy y que lo que hoy ocurre lo vemos anticipado en sus películas.

Berlanga sorteó la censura en sus películas, Plácido, El verdugo... ¿Sobreviviría a Twitter?

Ya se vería con qué podría lidiar o no. En sus películas hay muchos matices de lo que hoy llamamos políticamente incorrecto. Veríamos si esos contenidos despertarían hoy, o bien el recelo de los productores, que le dijeran que es imposible contar esas historias. Su visión de la mujer… No era machista, pero era misógino. Él decía “No, yo machista no soy, creo que la mujer es un ser superior y a mí me dan miedo las mujeres”. Habría en eso una serie de derivas que quién sabe cómo serían aceptadas por la óptica de los productores o por la propia sociedad. Berlanga se ríe de muchas cosas que se nos dicen que hoy no debemos de reírnos. Él decía que no entendía por qué no se podía reír de los pobres o de los tullidos. Él pensaba que eso era tratares como los demás. Eso hoy es una idea compleja o difícil de llevar a cabo o reflejar en una película cuando tenemos estos daremos censores cuando se refieren al humor. Berlanga pensaba que el humor podía con todo, pero hoy no pensamos así.

La RAE acaba de añadir Berlanguiano en el diccionario.

Eso es un homenaje largamente solicitado por muchos y responde a que en su día surgió ese adjetivo. Una situación caótica, disparatada, ridícula, excesiva, caricaturesca, de incomunicación entre las personas. Eso se llamó una situación berlanguiana y al final, la Academia, con una definición, en mi opinión, muy pobre, lo ha hecho. Hay otros adjetivos, como almodovariano, o situaciones buñelescas, y al final ha entrado Berlanga, no sé si los otros dos lo conseguirán.

¿Hay un continuador de Berlanga en nuestro cine?

Creo que sí y no. Durante unos años hubo un continuador claro, en algunas de sus mejores películas, que fue José Luis García Sánchez, que además escribió varios de sus guiones con Azcona, como Pasodoble o El vuelo de la palomo, que son muy berlanguianas. Luego lo que hay es una derrama o una dispersión de características berlanguianas que han tenido otros matices propios. Como Cuerda, Álex de la Iglesia o el primer Almodóvar o algunos rasgos del cine de Santiago Segura. Pero una continuidad estricta o total, no la veo.

 

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