Lunes, 27 de Septiembre de 2021

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Vidas que no salen en la factura de la luz

Visitamos aquellos pantanos y embalses que han ido vaciando algunas compañías eléctricas hasta niveles mínimos para producir energía y los problemas que eso ha ocasionado a los pueblos ribereños

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La noticia, por repetida, se está convirtiendo en un desagradable sonsonete que nos acompaña desde hace semanas. El precio de la luz vuelve a marcar record histórico este lunes, 13 de septiembre de 2021 : El megavatio hora se paga a 154,16 con un pico de 170 euros a las ocho de la tarde en el mercado mayorista.

¿Recuerdan los pantanos y embalses que han ido vaciando algunas compañías eléctricas hasta niveles mínimos para producir energía? ¿Y los problemas que eso ha ocasionado a los pueblos ribereños?

Recorremos las márgenes del embalse de Ricobayo, en la provincia de Zamora. Estas son las vidas que no aparecen en la factura de la luz.

Felipe Carlos Fernández conduce por el cauce seco de una de las colas del embalse, en Tierras del Pan. El mal estado y la estrechez de los puentes que construyó la Sociedad Hispano Portuguesa Saltos del Duero, obliga a los vecinos de la zona, agricultores y ganaderos a dar rodeos por carretera de más de media hora. El vaciado del embalse realizado por Iberdrola, ha secado kilómetros de tierra y se han improvisado atajos por el lecho del cauce. “Ya ves que han hecho hasta un camino coches y tractores para desplazarse”.

Llegamos al lugar donde estuvo el pueblo antiguo de Palacios del Pan, anegado por el embalse en la década de los 30 del siglo pasado. "Estamos en una de las calles que en 1935 empezaron a inundarse. Y aquí tenemos restos de lo que fueron algunas de las casas”.

La retirada del agua ha dejado al descubierto cimientos, algunos cantos y pizarras... y los surcos de las rodaduras que los antiguos carros con ruedas de hierro que fueron labrando en la piedra. Por este camino debieron partir Eduarda Prieto y su hermana cuando ya el agua inundaba el pueblo. "Pese a varios requerimientos del alcalde, del gobernador civil, de la guardia civil que bajó hasta aquí, no las pudieron sacar de casa. Y hasta que no entró el agua en su propia casa - cuentan que una noche se despertaron porque empezaron a mojarse las camas – no se fueron”.

El azafrán silvestre ha brotado más alrededor de los restos del cementerio viejo. Fue lo único que quedó por encima del nivel del agua. Hoy solo quedan unas tapias bajas medio derruidas y una cruz de granito rodeada de maleza. Caminamos por el lecho seco del embalse en dirección al río Esla. “ Seguiríamos y seco, seco, un kilómetro más seco, pasaríamos un puente seco, pasaríamos el segundo puente seco, pasaríamos unas vegas secas y llegaríamos al cauce del río Esla aproximadamente como a cinco o seis kilómetros”.

 Estanislao Refoyo nació en el pueblo viejo de Palacios del Pan en el año 1927. Reinaba Alfonso XIII y el país estaba sometido a la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Tiene 94 años. Vive con su hija Lali en las tierras altas donde se levantó el nuevo Palacios del Pan. Cuando las aguas del embalse inundaron pueblo, huertas y prados. "Tendría yo como siete u ocho años. La era la teníamos allí. Bajaba el arroyo y de un lao teníamos la casa y al otro lado estaba la era. Y también teníamos un huertico detrás de la casa”.

Han pasado más de 80 años y Estanislao mantiene vivos en la memoria las plazuela donde estaba la iglesia, “que llamaban la Moral”; el lugar donde se jugaba a la pelota con el cura, “jugaban a la pelota y entonces se hacía el rosario, ¡ala!, tan, tan, las campanas y todos al rosario” ; la calle que daba a la casa de su abuelo, “un abuelo m´´io que se llamaba Juanillo”; recuerda cada una de las casas y los nombres de quienes las habitaron.

El padre de Estanislao se llamaba Leandro. Leandro y el tío Alonso, fueron los últimos en abandonar el pueblo. "Hasta que no les echó el agua , ellos no marcharon. Por la tarde , el agua ya estaba sobre la casa y por la mañana estaba la casa caída. Na más estaban allí los gatos y unas palomas que había. El terreno bueno quedó debajo del agua, la mejor tierra que había”.

"En aquellos tiempos, muñecas no se veían"

 Caridad Román Giraldo tiene 91 años. Vive en una de las casas que construyó la “Compañía” en el nuevo Palacios del Pan. “Esta y toda la manzana está hecha por la Compañía. Así se conocía a la empresa constructora que pertenecía a Saltos del Duero y que hacía el negocio redondo, cobrando por levantar el pueblo nuevo, las indemnizaciones que había pagado por inundar el viejo.

Del pueblo desaparecido bajo las aguas, - Caridad subió al pueblo nuevo con cuatro años- , apenas recuerda un callejón donde jugaba con las muñecas que habían traído las sobrinas del maestro, - “el callejón tenía piedras y allí jugábamos, que en aquellos tiempos muñecas, no se veían” - y lo que habías detrás de las cortinas de la casa del abuelo, “ Tenía una horona. En aquellos tiempos era donde metían el pan, porque entonces se hacía pan para una o dos semana. Es de mimbre, tiene una panza y arriba una boca pequeña. Y de ahí sacaba mi abuelo una caja larga de bizcochos”.

El mes de octubre de 1942, el viejo pueblo de Palacios ya llevaba inundado siete años, y el maestro de escuela condujo a sus alumnos a pie hasta el Viaducto Martín Gil, también llamado el puente de los Cabriles, en ese momento el mayor del mundo de arco hormigonado, construido para pasar sobre las aguas de la presa de Ricobayo. “ Vino Franco y había de la parte de allá, unas señoras gordotas...¡Franco, Franco, Franco!, así estaban”.

Por aquellos años, dos hermanas de Caridad empezaron a trabajar en las vías del tren de la nueva línea ferroviaria que iba a conectar con Galicia. Caridad y sus hermanos pequeños recogían piedra para vender a la empresa constructora. “Apañábamos los cantos en las tierras cuando salíamos del colegio y los apañábamos en montones. Mira qué gente éramos. Y después mi padre los cargaba en el carro y lo llevaban. No sé lo que le darían por cada carro. Para ganar. Entonces no había nada, lo que decir, nada”.

 El viento sacude las drizas, que golpean contra los mástiles y los obenques de las embarcaciones varadas en seco, bajo los árboles del Club Deportivo de Vela Zamora. Miguel López González es socio y presidente de la Asociación Marina de Palacios , que gestiona el embarcadero del pueblo. El pantalán queda cuarenta metros abajo en vertical , desencajado de la pasarela principal, que cuelga en el vacío debido a la bajada de nivel del pantano. “Fíjate donde está la tierra. Lo que hay en la orilla es lodo. Tú entras y te hundes en el fango. A finales de mayo, principios de junio, esto se acabó. Norrmalmente puede haber ocenta y tantos coches aparcados y como ves, ahora no hay nadie, no hay ninguno. Entonces esto es un desierto.

2021 ha sido un buen año hídrico para la cuenca del Duero. La presa de Ricobayo nunca había tenido tanta agua en los meses de abril y mayo. “Y llegas y en julio te dejan sin agua”. Lidia Pechero, alcaldesa de Palacios del Pan, 250 habitantes censados, no pueden utilizar, como muchos otros pueblos ribereños, la captación principal que daba agua a sus vecinos. “No, no, no. Ahí hay menos de un metro de profundidad. Lo que absorbería la bomba, sería lodo. Suena como tercermundista. Y ahora con el tema de la sanidad, lo mismo. Tenemos un consultorio que venían lunes, miércoles y viernes. Ahora sólo vienen una vez a la semana y con cita previa, tienes que llamar. Queremos fijar población y queremos que se llene la España vaciada y el poco atractivo que tenemos, el embalse, que puede ser un motor de desarrollo rural sostenible, nos lo vacían. Al final la gente se echará para atrás, porque si lo van a vaciar cuando les dé la gana o cuando esté el megavatio por las nubes, no nos ayuda”.

Caridad Román Giraldo, Estanislao Refoyo, Javier Hernández, Laureano Andrés Antón y Miguel López González / Foto SER

 Tres chopos al lado de la carretera marcan el acceso a un camino de tierra que se bifurca. A la derecha, el camino portugués hacia Santiago, a la izquierda, un cordón para el ganado. Estamos a las afueras de Ricobayo, en Tierra de Alba. Laureano Andrés Antón, ganadero y agricultor, tiene el tractor en la puerta y las ovejas que están criando dentro de la nave. Las ovejas de Laureano son de raza castellana negra. Con el vaciado del embalse, los desniveles hacen imposible bajar el ganado a abrevar. “El ganado tiene que estar no llano del todo, pero bastante llano. Es que como está ahora, ni una persona puede bajar a lavarse las manos, de lo inclinado que está”.

“Iberdrola seca la provincia”

Subimos al coche de Laureano, que nos lleva por viejos caminos de mulas rodeados de encinas, escobas, tollos y zarzas. Tomamos la pista de tierra abierta por Iberdrola, nos acercamos hasta el salto de la presa y caminamos hasta las orillas por donde deberían bajar los rebaños.” ¿Ves cómo está de incliao? Eso es imposible bajar el ganado a beber agua. Hay ciento y pico metros o más al nivel del agua. Te quedas sin dientes a la mínima, no me jodas. A mí lo que me hace gracia es que, ¿no dijo este gobierno cuando entró que no iban a dejarles a las eléctricas que hicieran lo que les diera la gana? En vez de pararles los pies, nos joden a los ciudadanos y las empresas hacen lo que les da la gana. ¿Entiendes? Con el dinero ese que marcha debajo de las mesas que no se ve, todo se soluciona. Con el beneficio que deja Iberdrola en la zona, yo creo que se merece mandarlos a tomar por el sitio ese donde la espalda perdió el nombre. Hostia, es que están arruinando toda la provincia.

Al pasar por cualquiera de los pueblos que hay en las riberas del embalse, se ve cartelones y pancartas en las que se repite la misma frase: “Iberdrola seca la provincia”.

Luis Alberto Miguel Alonso es alcalde de Muelas del Pan, pueblo de 450 habitantes asentado al lado de la presa de Ricobayo y donde se encuentra el poblado de San José, construido para los empleados de la presa. “ Yo soy hijo de una trabajadora de Iberdrola que ha estado aquí trabajando cuarenta y cinco años. Se ha jubilado este año. Yo he vivido en el poblado, sé lo que es el Salto, lo que fue y lo que ha sido. En el Salto llegaron a vivir casi cuatrocientas personas. Ahora mismo hay diez. Van quitando puestos, van quitando puestos... La cuna de que Iberdrola sea lo que es a nivel internacional, es gracias atoda la electricidad que se ha producido por la provincia de Zamora. Todos os puestos que había o que se podían haber creado en Zamora, se los ha llevado al País Vasco. Lo último, el Centro Coordinador de la Cuenca que estaba aquí, en la central, se lo ha llevado para Salamanca. Eran 13 puestos de trabajo que han desaparecido. Entonces, la reivindicación de la pancarta, va en que Zamora podía estar mejor e Iberdrola lo único que ha hecho es sacarte la materia prima y llevarse los beneficios fuera de la provincia. Esa es la lectura y la realidad”. 

"Si no luchamos por lo poco que nos queda..."

Antonio Orozco Malillos vive en Andavías, pueblo de poco más de 400 habitantes a orillas del embalse. Antonio y su mujer tienen una casa rural y la única tienda que hay en varios pueblos alrededor. Han proyectado ampliar la tienda, pero les han entrado dudas, porque el vaciado del embalse ha expulsado a los pescadores y a los turistas. “Si está el embalse, la gente tiene una opción y eso lleva a que todo funcione. Y esto es lo poco que ya nos queda, porque poco a poco se ha perdido la farmacia, se ha perdido otra tienda que había, se ha perdido un día de médico, la Caja Rural ya solo viene un día... Entonces, si no luchamos por lo poco que nos queda, es el fin, es el fin”.

Javier Hernández montó Ricobayo Pishing, una empresa de guía de pesca y paseos por el embalse. ”Aquí hay lucio, lucioperca, barbos, carpas, black bass...Pero es todo lo que le rodea. La gente viene a pescar, pero viene al entorno. Es ver unas paredes, unos cortaos, unos buitres, un nido de un águila, ver los corzos que bajan a beber uno...Ahora no ves uno porque se despeñan, no saben a dónde ir. Las perdices, cada vez que tiene que bajar a beber, es un suplicio para ellas porque están expuestas a todas las alimañas, porque tienen que atravesar un montón de metros para llegar al agua”.

Javier , sin vinculación familiar con la zona, visitó la ribera del Esla por primera vez, siendo un niño. A los 21 años dejó Madrid y la casa familiar para venirse a vivir a orillas del embalse. Pasa 300 días al año en el agua, su vida está vinculada al embalse. “Yo voy a seguir con el negocio, voy a seguir viviendo en este pueblo... Yo dejo los huesos aquí y las cenizas con mi padre, en un puente que hay ahí. Ahí quedarán. Lo sabe mi mujer y mis hijos. A seguir pescando. Lo tengo claro. Cuando se seque, pues correrá el río. Por ahí andaré yo”.

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