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Sociedad

"Todavía no he tocado el cielo, pero de venir de las cloacas ahora estoy besando las flores"

Juana se quedó sola en la calle con su hijo de tres meses y ocupó, sin saberlo, un piso que era de Cáritas. La organización le ayudó y le facilitó un alojamiento temporal en uno de sus centros residenciales en Madrid

"Hola, que sepas que a mi me han salvado la vida": Juana agradece a Cáritas su ayuda cuando estaba en riesgo de exclusión social

"Hola, que sepas que a mi me han salvado la vida": Juana agradece a Cáritas su ayuda cuando estaba en riesgo de exclusión social

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Madrid

Dentro de un bloque de edificios, un pequeño patio recoge cuatro bloques de viviendas pegadas en forma de cuadrado. Es uno de los centros residenciales que la organización Cáritas tiene en Madrid. Alojamientos temporales para personas en situación de exclusión social.

De una de las viviendas baja una mujer. "Hola, Juana", saluda la psicóloga del centro. "Hola, que sepas que a mi me han salvado la vida", responde nerviosa. Vivía con sus padres, el negocio familiar quebró, se marcharon de la ciudad y le dejaron sola en Madrid con su hijo de tres meses. En diez días cambió 4 veces de casa. En 6 meses, ocho. La pandemia ha aumentado la brecha de género y la exclusión social ha crecido más del doble en hogares cuya sustentadora principal es una mujer, según el informe de Cáritas publicado esta semana.

Tras varios meses de casa en casa, y sufriendo los malos tratos del padre de su hijo, Cáritas encontró a Juana. "Entré de ocupa en un piso y, sin saberlo, la dueña, que había fallecido, le había dejado la mitad de su herencia a Cruz Roja y la otra mitad a Cáritas", explica. Fue entonces cuando entraron en la vivienda, vieron su situación y le ofrecieron ir al centro residencial. Allí le han dado ayuda psicológica y le han enseñado, incluso, "lo que es el Tiger". "Todavía me tengo que curar, pero gracias a Cáritas soy otra persona", expresa emocionada.

Desde que se vio en la calle han pasado cerca de cinco años. Pese a ello, durante este tiempo ha tenido que ver como "un segurata" le perseguía al entrar en un supermercado "por si iba a robar", o ha tenido que "aguantar los comentarios de las madres de otros niños" cuando ha ido a buscar a su hijo al colegio. Un hijo que para ella es lo más importante: "Yo no quiero que tenga la vida que he tenido yo".

Durante la pandemia, momento en el que se ha sentido "muy sola", un grupo de cinco religiosas que también viven en los pisos de Cáritas le han estado ayudando. "El día de Nochebuena me invitaron a cenar a su casa. Para mí fue algo nuevo porque yo había estado con otro tipo de gente. Fueron unas navidades tranquilas, bonitas y en armonía. Son muy buenas porque saben escuchar".

Pese a lo bien que se encuentra allí, Juana sueña con tener una casa que sea suya, pero con los 800 euros que tiene de ingresos al mes es imposible. Por eso, desde Cáritas, le ayudan con las gestiones para conseguir un piso de vivienda pública, aunque como explica Sonia Chicote, psicóloga del centro, la idea no es "te pongo un piso y ya está": "No hay un determinante que haga que una persona salga una situación de exclusión. Son un conjunto de factores. Fácil no es. El sistema que tenemos tampoco lo hace sencillo. Los centros residenciales como este te permiten un tiempo para dejar de ocuparte de necesidades básicas, como tener una casa, y empezar a pensar en otras que están en niveles superiores”.

Pero el informe de Cáritas muestra más realidades. En España, 2,7 millones de jóvenes entre los 16 y los 34 años sufren exclusión social severa. Un problema que se multiplica por tres en migrantes.

Abdul llegó a Ceuta desde Marruecos con 15 años. Tras seis meses viviendo en la calle, consiguió cruzar el estrecho debajo de una caravana. Ya en Algeciras, pidió dinero, se metió en un bus, y llegó a Madrid. Pasó tres años en un centro de menores, donde aprendió a convivir con otros 80 jóvenes y a hablar español.

Ahora, a sus 18 recién cumplidos, ha entrado a formar parte del Proyecto de Acompañamiento a la Emancipación de la Fundación Amigó, a través del cual le han dado una habitación en un piso de acogida en el que vive con otros seis jóvenes en su misma situación. “Nuestro objetivo es que durante el tiempo que los jóvenes estén en el proyecto, lo aprovechen de la mejor manera posible, para que ellos mismos puedan tener un proceso de vida independiente, óptimo y normalizado. La intervención socioeducativa es el pilar fundamental de nuestro proyecto. Preparamos a nuestros jóvenes a enfrentarse a las dificultades que puedan derivar de la emancipación a una temprana edad, de manera autónoma, como son los 18 años. En los acompañamientos e intervenciones siempre están presentes tareas de autocuidado como pueden ser: la preparación de una alimentación equilibrada, la higiene personal y del hogar, el establecimiento de rutinas, el cuidado del sueño, entre otros. Les apoyamos y guiamos en el desarrollo de competencias formativas, laborales y de una buena gestión de la economía. También intentamos prevenir diferentes situaciones de riesgo que puedan presentar la juventud vulnerable”, explica Yanina Arcidiacono, Directora del proyecto.

Yanina, junto con Irene e Ismael, educadores sociales, pasa la mayor parte de la semana con Abdul.  “A veces, se percibe el rechazo de terceras personas hacia nuestros jóvenes por su corta edad y su procedencia, en su mayoría extranjeros, como si se tratarán de delincuentes. Nos toca romper estereotipos hacia la sociedad, por ello promovemos diferentes actividades que faciliten la inclusión con el vecindario y el barrio. Actividades socioculturales, deportivas y de voluntariado, las cuales permiten que nuestros jóvenes salgan fortalecidos y se llevan algún tipo de aprendizaje positivo”, comenta Ismael López.

Durante estos tres años, Abdul cuenta que ha vivido algunos episodios de discriminación: “Recuerdo estar de fiesta una noche. Estoy seguro de que todos los que había allí eran menores, pero la policía solo nos llevó a los que éramos moros”. Una exclusión que también ha sentido en el bar donde trabaja: “Llevaba trabajando allí un tiempo cuando vinieron dos nuevos camareros. Les tuve que enseñar a hacer todo y les contrataron”. Y él, con uno temporal: “El problema es que nos hacen ese contrato porque se creen que nos están haciendo un gran un favor”.

Tras su experiencia, todo lo que ha vivido lo quiere poner en práctica y le gustaría ser integrador social. Como indica Irene: “Se puede conseguir la inclusión social y ellos mismos lo van demostrando. La inmensa mayoría de los chicos que pasan por este proyecto se emancipan con trabajo y de forma saludable”.

Tanto Juana como Abdul son el ejemplo de que se puede combatir la exclusión social. “Lo importante para una persona que esté en esa situación es que confíe y se deje ayudar”, aconseja Juana. Y es que, siguiendo ese consejo, ella ya está remontando: “Todavía no he tocado el cielo, pero de venir de las cloacas ahora estoy besando las flores”.

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