Entre Liverpool y Baracaldo
Algunos días merecerían tener himnos, como las naciones. Algunas canciones merecerían ser cantadas en los estadios antes de los partidos, para festejar algo tan simple como la Navidad. Cuando escuchas Fairytale of New York, inmediatamente aprecias que trasciende el hecho de ser una gran canción. Es un himno.
Hace dos meses viajé a Nueva York para asistir a la inauguración de la muestra de cuatro siglos de arte español en el Guggenheim: Del Greco a Picasso. A primera hora de la mañana acudí al Soho para caminar y ver tiendas. Entré en una de ellas, de cuyo nombre prefiero no olvidarme, pero no merece la pena mencionar, y me encontré a solas con unas dependientas que parecían sacadas de una vieja colección de pin ups. Llevaban una bata de tela rosa, muy ceñida, con zapatos negros de charol y tacones de vértigo. En la tienda no había ningún cliente, excepto un hombre acodado en el mostrador, mientras una de las dependientas empaquetaba con lentitud y detalle sus compras. El hombre llevaba un abrigo de cuero negro y unas gafas de concha.
Había algo irreal en el lugar. En el escaparate, una fotografía de Kate Moss. Dentro, las chicas con sus batas rosas y sus magníficos escotes. En el mostrador, el tipo parecía cansado y distraído, en silencio. Le miré con un poco de atención y me resultó familiar. "Eh, ¿no serás Elvis Costello?". Se giró y me observó con extrañeza, quizá con aprensión. De Lennon a esta parte, los reyes del pop tienen miedo a los extraños.
"Soy español", le dije para ganar un centímetro de confianza. No lo conseguí. Pero cuando le dije que me había encantado su último álbum, Costello bajó la guardia. No creo que se encuentre con muchos seguidores que le valoren su colaboración con el gran Allen Toussaint. Peor para ellos, porque es el mejor de Costello en dos décadas. Hablamos de Liverpool y Bilbao. Me dijo que había estado en Bilbao el año anterior y que le gustó la ciudad. Le comenté que antes habían sido dos ciudades parecidas: dos orgullosos equipos de fútbol, muchas factorías, puertos importantes, astilleros y épocas de depresión. Costello es hincha del Liverpool, como casi todos los ingleses de origen irlandés. Se llama Angus McManus y no se le escapan sus raíces irlandesas.
Hablamos un par de minutos, nos estrechamos la mano y se fue. Dos semanas después leí que Diana Krall, su mujer, había alumbrado gemelos. El día del encuentro no reparé en que estaban casados. Pensé que la Krall disfrutaría de los regalos de Elvis, aunque tendría que esperar algunos meses para apreciarlos mejor. Si es que eran para ella. Nunca se sabe.
¿Cuáles son las posibilidades de que alguien nacido en Baracaldo se encuentre en una tienda de Nueva York con alguien nacido en un duro barrio de Liverpool? ¿Y que uno de ellos conozca bastante de la vida del otro? ¿Y que procedan, de alguna manera, de mundos parecidos? Orígenes obreros, pasión por el fútbol, geografías urbanas similares Son las cosas del azar. O no, es difícil saberlo.
Una de las canciones que más me gustan de Costello, seguramente la que más, es Shipbuilding (El astillero). Clive Landner compuso la música en 1983 y Elvis Costello se hizo cargo de la letra. También es un himno. Es una de las más hermosas canciones políticas que se hayan escrito jamás, un poético ataque al thatcherismo con motivo de la Guerra de las Malvinas y también es un reflejo de las ambigüedades y contradicciones de la vida. La guerra daba alguna posibilidad de recuperarse a Liverpool y a sus quebrados astilleros. Thatcher había prometido que se aumentaría la construcción de barcos en Liverpool y que la ciudad recuperaría su impulso. La promesa contenía una trampa mortal, una lección de la peculiar ética de los neoliberales: construimos barcos para que vivan mejor, pero a cambio tienen que enviar a sus hijos a la guerra.
La canción es hermosísima, de una elegancia que estremece cuando surge la inesperada trompeta de Chet Baker. Creo que es su última aparición en un disco. Murió poco después. Demasiada heroína. Bien, poco después de crear Shipbuilding, Elvis Costello le propuso a Shane McGowan, el genio loco de los Pogues, que escribiera una canción de navidad para cantarla en un dueto, quizá con Cait O'Riordan, entonces mujer de Costello. McGowan es algo más que un borrachuzo. Es un alcohólico que canta con la botella de whisky agarrada por el gollete. Así lo recuerdo en una actuación de los Pogues en Bilbao, hace 20 años. De aquel concierto recuerdo otra cosa. Me encontré con Ernesto Valverde, actual entrenador del Espanyol y ex del Athletic, gran fotógrafo, amigo de Bernardo Atxaga y de Ruper Ordorika. Un tipo magnífico.
Shane McGowan tiene el aspecto de un homeless, y seguramente habrás pasado sus noches entre cartones en la calle. Tiene la peor dentadura del mundo. En realidad no tiene dentadura. Le asoman tres dientes, si merecen ese nombre. No es el yerno que toda madre querría tener. Pero es un genio. McGowan comenzó a pensar en la idea de Costello. Aquel desafío de Navidad le rondó por la cabeza durante casi dos años. Se llegó a obsesionar, hasta que poco a poco comenzó a gestar Fairytale in New York. El título procece de otro título, el de un libro escrito pro JP Donleavy: A Fairytale in New York. El resto es historia: una canción grandiosa que arranca con la voz quebrada de McGowan y que inmediatamente resulta desbordante. Comienza como una melancólica balada pero pronto se derrama por todos los costados. Hay ecos de John Ford, de John Wayne, Victor McLaglen y Maureen O'Hara en "El hombre tranquilo". Hay la certeza de lo predestinados que están los irlandeses para la música. Hay un desgarro que sólo podía proceder del punk y de las explosivas neuronas de McGowan. Y está el arrebato de la Kirstin MacColl, la otra vez del dueto, vibrante en medio de lo que parece la banda sonora de una película clásica. Todo eso para narrar un cuento de Navidad en Nueva York, un cuento triste y festivo a la vez, amable y feroz a la vez, la historia de un hombre y una mujer destrozados por el juego, las apuestas, el alcohol y las drogas. La historia de dos inmigrantes irlandeses en Nueva York con todos sus sueños cuestionados por la realidad de la vida, y sin embargo todavía capaces de amarse y pelearse en medio de los desechos. Es todo eso y mucho más, porque, sin saber por qué, algunas canciones trascienden de su propio destino y se convierten en himnos. Si el día de Navidad tiene uno se llama Fairytale in New York. Para mí, además es el recordatorio de que la mejor música se instala en la memoria y funciona como las estaciones de tren: sirve para marcar los trayectos de la vida, casi siempre circulares y menos azarosos de lo que uno piensa. Quizá por ello un tipo de Baracaldo se encontró con uno de Liverpool una mañana en Nueva York.




