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Un día en París

París tiene río y, por tanto, un dilema: ¿dónde comenzar el paseo por la ciudad? Afortunadamente también es una ciudad que alivia a los indecisos. Sobre el Sena se levanta Notre Dame. Es una buena de empezar la mañana. Hasta el ateo más redomado se sentirá impresionado por la belleza de la catedral, uno de esos edificios que convocan a la imaginación. Notre Dame es historia, literatura y armonía. Antes de decidirse por una de las dos orillas, conviene visitar la isla de San Luís, tan elegante como sus casas burguesas y el entramado de sus calles. Hasta hace poco había otro foco de atracción en la isla: el Hiramatsu, uno de los mejores restaurantes japoneses de Europa. Quizá se le quedó pequeña la islita en el Sena y se traslado a las afueras de la ciudad, a Longchamp, junto al hipódromo.

En la orilla derecha, hay tentaciones de toda clase. En la izquierda, también. Sin embargo, las dos orillas están perfectamente diferenciadas. Aunque pueda resultar discutible para los mejores conocedores de la ciudad, parece que a la derecha está el París imperial: los Campos Elíseos, el Gran Palais, el Louvre, las grandes avenidas. También está el Marais y sus tiendas chics, y sus sugerentes calles, alguna de las cuales desemboca en la magnífica plaza de los Vosges. En una ciudad donde predomina la piedra, la plaza de los Vosges remite al ladrillo. El resultado es de una geometría perfecta: cartesiana y humana a la vez.

París es una ciudad de museos. Casi es una ciudad-museo. Uno de ellos se encuentra junto a la plaza de los Vosges. El Museo Picasso tiene algo de maravilla. Dentro aflora la fantástica colección dedicada al genio de la pintura. A diferencia de otros museos monumentales, el Picasso se distingue por una cierta informalidad y algunas estrecheces: un museo que no se impone al visitante. Convive con el visitante. Afuera espera un pequeño jardín. Recorrer un museo es más fatigoso de lo que parece. Y en París esperan el Centro Pompidou y el Louvre, que es un desafío a la cordura.

El Pompidou acaba de cumplir 30 años, difíciles en su comienzo y celebradísimos ahora. Situado en el agitado barrio de Les Halles, el edificio acristalado de Philip Rogers y Renzo Piano recibió críticas implacables. Se dijo que aquel museo pop y futurista no tenía sentido en una ciudad como París. Finalmente, el Centro Pompidou se impuesto a sus críticos. Para celebrarlo acaba de inaugurarse la exposición Aires de París, como homenaje a Marcel Duchamp y a la muestra que abrió el museo en 1977. Del Pompidou al Louvre, si hay tiempo y salud para aguantar de pie. Como es imposible atender al Louvre en una mañana -o en un día y es probable que tampoco en un mes-, lo sensato pasa por elegir: alguna de las salas dedicadas al arte egipcio o griego, la obligada visita a la Monna Lisa y un recorrido por la exposición dedicada a Praxísteles, el escultor griego que se atrevió a desnudar a la mujer.

El Louvre conmociona por muchas razones. Por su inmensidad, también. En una de sus alas, frente a la pirámide diseñada por Pei, se encuentra el Café Marly, una idea genial que habla de la elegancia parisina para sacar partido a la ciudad. Desde sus mesas, situadas en una balconada al aire libre, se observa el trajín de visitantes al Louvre. Después de la fatiga, el placer de la mirada. Si quedan energías y hay dinero, el turista puede enfrentarse inmediatamente al Tourmalet del shopping. Dos manzanas por encima del Louvre discurre la calle Faubourg-Saint Honoré. Desde la plaza de Vendome en dirección La Concordia , Faubourg-Saint Honoré es una sucesión de grandes marcas, con algunos lugares curiosos, como el barroco Hotel Costes, uno de los preferidos de actores y estrellas del pop. Si no se alojan da igual: cerca de la puerta siempre hay jóvenes y paparazzi con la cámara a punto. Uno puede pensar que los ha contratado el hotel para darse el pisto. Muy cerca se encuentra Colette, el pequeño, coqueto y atestado almacén que define los nuevos tiempos. Allí sólo se compra lo más in y lo más cool, así que predominan los jóvenes cachorros de la vieja burguesía. Con el tiempo acudirán a Dior, Lacroix o Chanel, ahora se quedan con lo más rompedor del momento.

Como todo el mundo sabe, a París le sobran restaurantes famosos y chefs célebres: Pierre Gagnaire, Guy Savoy, Joel Robuchon...También abundan bistros estupendos, donde la cocina es menos refinada y más sabrosa. Paralela a Faubourg-Saint Honoré, la pequeña rue Mont Thabor dispone de un bistro especialmente recomendable: L'Ardoise. Diminuto, casi siempre lleno de fieles, se puede comer maravillosamente por un precio razonable. Las ostras y el milhojas de frambuesa son deliciosos. Lo demás, también. Desde allí se puede caminar hasta la plaza de la Concordia y tomar conciencia de lo que es una ciudad imperial. Las dimensiones son gigantescas. Al otro lado de la plaza se levanta la Asamblea Nacional. El otro lado de la plaza es el otro lado del río: la orilla izquierda, la rive gauche. Tiene casi lo mismo que la orilla derecha, pero la atmósfera es diferente. Hay un aire más juvenil, rebelde, bullicioso. Quizá sólo sea el mito del mayo del 68, o la presencia de los estudiantes que acuden a las facultades cercanas a Saint Germain de Pres. Predominan las tiendas de anticuarios, los pequeños hoteles, algunos cafés legendarios -Flore y Deux Magots, fundamentalmente- y la célebre brasserie Lipp, en el boulevard Saint Germain. En la rue Bonaparte no hay que perderse la confitería del gran Pierre Hermé, el mejor pastelero del mundo. Se trata de una pequeña tienda, nada aparatosa, con un mostrador que inmediatamente ofrece una sinfonía de colores: son los inigualables macarons de Pierre Hermé, una delicia que obliga a guardar cola para disfrutar de ellos. En la cola prevalecen los japoneses, que adoran a Hermé, pero nadie es ajeno a la tentación. Se ha visto a Catherine Deneuve guardando cola sin rechistar, cosa difícil en esta señora con fama de altiva.

Por la orilla derecha, por el Quai de Voltaire, uno camina hasta el Museé D'Orsay. Es decir, la celebración del impresionismo francés. El museo se levanta en la vieja estación de Orsay. No le faltan visitantes, aunque el lugar resulta demasiado abigarrado: un museo con algo de mercado de abastos. Entre las numerosas maravillas, una es mi favorita: El Origen de Mundo, de Gustave Coubert. Cuestión de gustos. Si responden las piernas hay que alcanzar la Torre Eiffel. No hay otra solución que asombrarse ante su magnitud, poderío y equilibrio de formas. Es el triunfo de la ingeniería, la victoria de la revolución industrial, el monumento por antonomasia de París. Si no se impone el vértigo -por desgracia no es mi caso-, debe de ser toda una experiencia ascender en los ascensores hasta casi el vértice de la torre.

A esas horas, el cuerpo pide el regreso al hotel. Los de la orilla izquierda suelen ser más pequeños y coquetos. En el lado derecho del Sena, se levantan los ampulosos Crillon, Meurice y Ritz, con sus vestíbulos disuasorios. Cuesta entrar en ellos sin aparcar el Rolls Royce en la puerte. En cambio, los hoteles de la margen izquierda casi reclaman que uno llegue a pie, caminando entre calles, después de entrar en las librerías que proliferan alrededor de Saint Germain de Pres. Uno de estos hoteles tiene un nombre que le va al pelo: L'Hotel. Así, sin más adornos. Allí residieron Oscar Wilde y la Mistinguette. El establecimiento se ha renovado, pero mantiene una clientela fiel. Tras el descanso, la cena. Un lugar poco convencional para cenar es una barra con una cocina detrás, pero este lugar es sensacional. Se trata de L'Atelier de Joel Robuchon, en la rue de la Paix. Por heterodoxa que parezca la propuesta, hay casi unanimidad en el resultado: figura como decimotercer mejor restaurante del mundo según la revista británica Restaurant. Tras la cena, comienza otro París. Antes lo llamaban Paris La Nuit y tenía connotaciones excitantes. Esperemos que todo siga igual.

 

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