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Los mejores relatos de La Ventana de Verano

Te presentamos aquí los mejores relatos semanales de La Ventana de Verano.

Todas las tardes veíamos la casa del acantilado al regreso de nuestro paseo en bicicleta. Sus paredes estaban desconchadas y parecía abandonada. Tenía algo magnético que nos mantenía alejados como planetas que siguen una órbita a su alrededor y están condenados eternamente a girar sin poder abandonarla la para acercarnos.

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En el pueblo decían que no la habitaba nadie y quien osara dormir en ella una sola noche, correría la misma suerte de su último inquilino; que amaneció despeñado en el acantilado. La decisión estaba tomada. A pesar de mi miedo, no me quedó más remedio que pasar una noche en su interior porque tenía que demostrarle a Rosa, que yo era el más valiente del grupo y hacerme así merecedor de su amor. El pueblo estaba en fiestas y era la ocasión perfecta para no levantar sospechas en mis padres.

Tan solo un rayo de luna iluminaba su interior. Vencido por el cansancio me quedé dormido acurrucado en un rincón. De pronto una fuerza sobrehumana me arrojó por la ventana y me vi volando. Me agarré fuertemente con mis manos a la cama para no caer y me desperté sobresaltado. No comprendía nada. Yo no era un niño sino que estaba dentro del cuerpo de un adulto. Me giré y la vi. Dormía placidamente y observé su pelo castaño recogido en una goma rosa y su espalda salpicada de pecas cobrizas. Me preguntaba y deseaba al mismo tiempo que fuera ella.

FRANCISCO CARMONA CARMONA

INICIACIÓN

Conocí el mar cuando tenía diez años. Papa anunció una mañana de julio que en diciembre tendría un hermanito y mamá debía descansar. Pasaría el verano con la tía Leonor.

La tía Leonor se teñía el pelo de rubio y se pintaba de rojo la boca y las uñas de pies y manos. El primer día, dábamos un paseo por la playa cuando me llamó la atención aquella casa de postigos azules y paredes rojas, al borde del acantilado.

- ¿Quién vive ahí, tía Leo?- le pregunté.

- No te acerques a esa casa -, me ordenó. Y no quiso hablar más del asunto.

De día, la casa parecía deshabitada, pero de noche, iban y venían hombres y mujeres por el camino hacia la entrada alumbrado con luces de colores. Yo los espiaba desde la ventana de mi habitación, hasta que el sueño me vencía, con los prismáticos que me regaló papá para mi cumpleaños. Una de esas noches, el deseo de acercarme me desveló. Salté por la ventana y estuve merodeando por los alrededores.

- ¡Qué chico tan guapo!- escuché la voz de una mujer a mi espalda.

. Volví corriendo a casa y cubrí mi cabeza con la sábana. Entonces me llegó el olor de la mano que revolvió mi pelo. El mismo olor que descubrí en el brazo de mi tía aquella misma mañana cuando dejó sobre la mesa el tazón del desayuno.

Lola Sanabria García

Corrí para refugiarme de la fuerte lluvia que me azotaba y así encontré una casa en el acantilado que parecía esperarme con sus puertas abiertas y desvencijadas. Entré. Me recibió con telarañas en las paredes y el suelo sucio y revuelto de papeles. Los muebles abandonados habían sufrido el paso del tiempo y de la ventisca que, afilada, penetraba por los cristales rotos. Subí al piso de arriba por una escalera de madera oscura, asombrada por el esplendor de esa casa que a duras penas se traslucía tras la suciedad reinante. Penetré en las estancias observándolo todo, intentando imaginar como serían las personas que allí habían vivido y cuando. Vi una puerta cerrada al fondo del ancho pasillo. Cuando la abrí, mis ojos se vieron atraídos por una gran fotografía colgada en la pared. Parecía llamarme. Era antigua, en blanco y negro, con una pareja de recién casados. Bajé la vista y encima de la cama yacía, impoluto, un vestido de novia del siglo pasado.

MAR RODRÍGUEZ

"Empezaron las tormentas". Esa es la frase que acuñó mi padre en el verano del 85, él no hablaba de meteorología, sino de las discusiones que tenía con mi hermana. María contaba entonces 16 años y acababa de descubrir que la frase "A las 10 en casa" le privaba de esos momentos interesantes de la vida, que para ella siempre, siempre, sucedían después.

Aquel verano eran habituales sus enfrentamientos, comenzaban a la hora de la cena y terminaban invariablemente con un portazo de María, y la mirada resignada de mamá dirigida al postre sin empezar. Papá ya hacía rato que había salido al porche a tomar el aire. Yo seguía las escenas con la imparcialidad que da el tener 10 años, y no ser capaz de comprender la necesidad de salir hasta las doce, ni adivinar, por otro lado, por qué era crucial impedirlo.

Una tarde de agosto de calor infernal, me encontré a mi padre mirando por la ventana, sus dedos gruesos aferraban la cortina mientras miraba como las nubes se iban hinchando cada vez más grises.

Al verlo mirando el cielo tan interesado, le dije:

- Hoy va a haber tormenta, ¿eh?

- No, hoy no - me contestó- hoy ya le he dado permiso a tu hermana para volver a las doce.

Y así se acabaron las tormentas de verano.

Annie Hall7

Mi familia tenía un Café en Asturias; Café que yo recuerdo, de niña, en decadencia; pero que había tenido lustre en el Concejo. Durante el verano, yo vivía, con mi abuelo materno y dos tías solteras, en el piso encima del Café. La menor de mis tías, cada vez que se iniciaba una tormenta subía rápida y se ponía a mirar por la ventana de la cocina; corría los visillos y permanecía de pie, escuchando y mirando la tormenta, hasta que acababa. Le encantaba ponerse allí y admirar el estruendo, el resplandor y el repiqueteo. Tampoco quitaba ojo a los coches que circulaban, con sus faros encendidos, por la carretera, serpenteando la montaña que tenía enfrente.

Enedina Alonso

EN LA SIESTA

Restallidos de cuero y luz cimbreando el aire. Se despierta con el olor a humedad que baja de sierra Boyera, de Los Sillones. Se ha ennegrecido la raya de la ventana. Apaga el ventilador. Se levanta. Abre la puerta del patio. Vienen globos de cieno desde la loma del repetidor. Se golpean las nubes y una escalera de luz corta el cielo en dos mitades. Al fondo, muy al fondo, un punto se enciende. Árbol que muere. Saca los pies descalzos al agua que baja desde las tapias al sumidero. Chillan las ratas y esconden sus hocicos entre lodos removidos. Brilla el rojo de las tejas. Escurre el agua, entra en la boca del canalón y sale en chorro que barre un trocito de ladrillo del suelo. Cuatro pasos más. Mete un pie en el talón y los dedos que dejó en el cemento tierno cuando era niña. Cuenta: Uno, dos... Y el aire revienta. Cuenta: Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Se aleja. Abre los brazos, sube la cara, saca la lengua. Agua. Luego el cielo se abre en colores que se doblan sobre el horizonte. Vuelve el calor.

Lola Sanabria García

Caminábamos por la superficie dando largos saltos, desprendiendo levemente a cada paso una pequeña cantidad de polvo. Ese polvo que se pega a tu cuerpo y del que cuesta tanto desprenderse, como ocurre con un mal recuerdo. Durante nuestro paseo vimos los restos de varias de las sondas que se enviaron durante la carrera espacial. Yacían como los cascos de barcos hundidos sobre el lecho de un antiguo mar, ahora completamente seco. Le expliqué a la periodista que me acompañaba que nunca las retiraríamos, que serían el recuerdo para futuras generaciones del esfuerzo y capacidad de superación del ser humano. Me preguntó qué es lo que más echaba de menos de Madrid. Le contesté que las cañas, los amigos, la familia. Me preguntó también si volvería. Mirando la Tierra con nostalgia le dije que posiblemente sí, pero que no lo sabía con certeza. Cuando acabó su entrevista le dije adiós agitando mi mano. Poco después giró la cámara hacia su rostro y despidió el programa: "Madrileños en la Luna".

Alejandro Martínez Turégano

LUNA DE HIEL, LUNA DE MIEL

Mi padre siempre le echó la culpa a Neil Armstrong de la perdida de su inocencia. El día 7 de Julio de 1969 mis padres se casaron en la parroquia de mi pueblo. La luna de miel la pasaron en las playas de Cádiz, levantando sobre la arena con sus cuerpos un monumento al amor que sigue y seguirá en pie hasta el fin del fin. El día 20 de Julio regresaron al pueblo después de sus maravillosas vacaciones. Mi padre era entonces y sigue siendo todavía hoy apicultor y por ello siempre había imaginado que la luna era una inmensa esfera de miel, cuyo influjo traía a la tierra la escasa felicidad que en sus valles y praderas encontramos. Cuando el 20 de Julio de 1969 todavía trastornado por la locura de amor que había vivido los días precedentes, observó en la televisión como Neil Armstrong dejaba sus huellas sobre una reseca superficie lunar en la que no había ni rastro del néctar libado de las flores, sino polvo, rocas y oscuridad, su mundo se resquebrajó por completo y el desconcierto le sumió en la estupefacción más absoluta, si la luna era de hiel y no de miel ¿Por qué él era tan feliz?

JUAN JOSE GARDE

LA VIDA AL REVÉS

Cuando llegué a Auckland, capital de Nueva Zelanda, lo primero que me contaron los españoles que allí viven es que para ver la luna hay que mirarla cabeza abajo. Así puedes ver el mismo relieve que desde España. En realidad, pensé yo, al venir aquí ya he puesto toda mi vida cabeza abajo. Después del divorcio acepté el trabajo más lejano que encontré. Las clases en la Auckland University of Technology eran tan aburridas como lo son en Madrid o como lo fueron en Oxford hace años. Los alumnos nunca de escuchan. No es que no la encontrara, es que no sabía si había luz al final del tunel. Solo una alumna me prestaba atención. Hoy, día de nuestra boda, a la luz de esta luna del revés, sé que en realidad nunca tuvo interés en mis lecciones de bioquímica.

MODESTRO REDREJO RODRÍGUEZ

UN DÍA EN LA PLAYA

El niño de la gorra azul no perdía detalle de lo que ocurría. Su madre intentaba alejarle del sitio sin ningún éxito. Qué pasa, mamá, qué le pasa a ese hombre. Por dios, señora llévese al chiquillo de aquí, le decía el hombre de la toalla enrolladla a la cintura. El joven que lo había encontrado estaba sentado a su lado, con la cabeza entre las manos y el rostro ceniciento. Dos muchachas cuchicheaban cerca del grupo. La de la pamela roja le contaba a sus vecinas con todo lujo de detalles lo que había pasado, con algún que otro dato inventado. Se llevaron al ahogado al cabo de un rato. En la arena de la playa quedó impresa la silueta de su cuerpo hasta que una ola atrevida la borró sin contemplaciones. Mientras, la señora del bañador a rayas decía moviendo la cabeza que a quien se le ocurría salir a nadar de noche.

ANA SAGASTI

LA LLAVE SECRETA

Fernando conserva las llaves de la piscina pública desde los tiempos en los que trabajaba allí de guarda de seguridad. Entonces, estaba casado y tenía una hija, Andrea, recién nacida. Ahora, cosas de la vida, ya no está casado, su hija tiene cuatro años y la ve quince días por el verano y un fin de semana de cada dos, pese a que tanto a él como a la niña les gustaría verse mucho más a menudo. Por las noches, cuando cierran las instalaciones, abre con su llave secreta, entra en el vestuario masculino, se quita la ropa y nada en la piscina grande durante, al menos, una hora. De un lado a otro, con el estilo de siempre, bajo el cielo nocturno que se vislumbra a través de la cristalera. Es el único momento de la jornada en el que hace caso de las recomendaciones del médico y en el que piensa que todo puede cambiar.

OVIDIO PARADES

LUNÁTICO

Por fin llegó, jadeaba por la carrera, pero al verla su cara se iluminó aun mas de lo que ella iluminaba, no le importaba los ni los rasguños que le sangraban en los brazos de correr entre la maleza, solo que había conseguido llegar a tiempo a su cita. Todos pensaban que estaba loco, sus amigos le llamaban el lunático y su familia le quería recluir en un centro. Se acerco a la orilla del lago, se desnudo y se metió en sus frías aguas para nadar aquella noche al encuentro de su amada. Era su última oportunidad de estar con ella. Estaba allí tan blanca, tan radiante, nadó hasta quedar en medio del circulo donde ella se reflejaba en todo su esplendor aquella noche. Al llegar susurró -nunca nos separaran amor mió- dejando que la luz de su amada lo bañara. Nunca más lo volvieron a ver.

ANA ROSA TINOCO MUÑOZ

EL HOMBRE DEL CARRITO

Durante la infancia nuestras vacaciones transcurrían en el pueblo, en casa de los abuelos, que vivían en la plaza mayor. En una esquina de ésta situada a la sombra, los meses de verano se instalaba todas las tardes un vendedor de helados. Éste guardaba su preciada mercancía en un carro impulsado por media bicicleta y cubierto con un toldo multicolor. A través de las cristaleras del salón podíamos observar las extensas colas de niños y niñas -solos en su mayoría- que allí se formaban. La abuela, pese a nuestra insistencia, nunca nos permitió bajar a comprar los polos con sabor a menta, a fresa o a limón que tanta fama tenían. Nunca tampoco nos explicó el motivo. A mi hermana y a mí, aquel hombre nos parecía una persona simpática, a quien incluso veíamos con frecuencia, embelesados, obsequiar con golosinas a sus pequeños clientes, al tiempo que les hacía carantoñas. Quizá por ello nos costaba tanto entender por qué razón, cuando pasábamos frente al carrito, la abuela, mientras asía con fuerza nuestras manos, le miraba fijamente con gesto de reprobación, hasta que él agachaba siempre la cabeza.

JOAQUÍN VALLS ARNAU

Sorteaban las dunas con agilidad, subiendo y bajando por ellas sin esfuerzo. Tras varias horas caminando en abrumadora soledad apenas miraban ya hacia donde se dirigían. No encontraban ningún consuelo en la desoladora línea del horizonte, que más que delimitar la tierra y el cielo los fundía en una abrasadora realidad. El sol nunca se ponía en aquel planeta y en poco tiempo formarían parte de él, serían borrados de la superficie como el perecedero rastro de sus huellas. Eran los dos únicos supervivientes de una fallida misión de exploración y habían asumido que no serían rescatados. Un sentimiento de esperanza les hubiera conducido a la desesperación y a la locura. En un vano gesto de dignidad habían decidido caminar hasta agotar sus fuerzas. A veces se detenían un instante para protegerse, alternativamente, uno a la sombra del otro, como si este fuera su último deseo antes de morir y ser devorados por la arena.

ALEJANDRO RODRÏGUEZ TURÉGANO

Jadeando, con el cuerpo empapado y espaldas al sol, llegaba corriendo a la parte más alta del camino junto al acantilado que utilizaba para disfrutar de mi retiro estival. Ese día hacía un calor especialmente agotador. Eran las ocho de la tarde pero aquel tórrido sol hacía que cualquier hora o actividad al aire libre pareciera inapropiada. Llegué al final del camino y alrededor de un gran árbol di la vuelta para volver por donde había venido. Tendría el sol cegador de cara. De repente tropecé o algo se abalanzó sobre mí. Caí al suelo y aquello me atrapaba fuertemente. Alcé la mirada y al taparme el sol, a su sombra, pude darme cuenta de que pasaba. Aquel día tan luminoso me llevó a la oscuridad.

ANA GARCÍA NAVARRO

Al entrar se quedó mirando a su alrededor para comprobar que no se había equivocado de lugar. Todo era ruido, jaleo, confusión. Nada de siesta a las tres de la tarde, nada de sofá y televisor. Esperaba encontrar allí lo que tanto tiempo llevaba buscando... y de repente le vio, allí, en un rincón, él solo, como si no necesitara compañía alguna, como si su mundo fuera suficiente para él. Ella no lo dudó un instante, se acerco como si le conociera de siempre, como quien sabe de alguien que la ha estado esperando. Él se giró hacia ella y se dejó llevar, justo a tiempo, pensó. Mañana era mi último día, y ella me ha salvado. Se lo agradeceré siempre.

Salieron de allí los dos con una sonrisa en la cara, nunca más soledad, nunca más tristeza, a partir de ahora ya soy la chica del perrito.

TIFER

Recojo las bolsas vacías de patatas fritas, los envoltorios de helados, las botellas de plástico. Echo todo en la bolsa de basura. Sin prisas. Paso el rastrillo, dejando caminos en la arena, como tierra arada a la espera de la siembra. Descanso. Apoyo las manos sobre el mango y miro hacia la barandilla: pasean del brazo las parejas, regresan a casa las familias con la nevera y la sombrilla, y los niños devoran bocadillos. Me retraso. Se retrasa ella. Entretengo la espera ensayando: "¿Tomaría un café conmigo, señorita?". Y entonces la veo a lo lejos: una línea curva cerrada con una correa y un punto al lado. Cuando llegue, entonces lo dejaré todo, subiré las escaleras y le cortaré el paso. Saldrán solas las palabras. Se acerca. Ya veo los mechones blancos en su pelo corto y negro, sus labios finos, su frente marcada por el guiño de los ojos cuando el sol la deslumbra. Su cuerpo pequeño. El cocker se para y olisquea la palmera. Ella se detiene un momento y me mira, luego da un tirón a la correa y pasa de largo. El rastrillo resbala con el sudor de mis manos. Tal vez mañana.

LOLA SANABRIA

Lunes, miércoles y viernes me cruzo con ella y su perrito. Ella camina con dificultad, tirando de la pierna derecha y la mirada perdida. Lunes, miércoles y viernes mi perrazo quiere saludar al suyo. Lunes, miércoles y viernes busco su mirada triste, verde, agradecida cuando sujeto con fuerza a mi perro. Yo sonrío y ella me mira, al fin, con lo que yo interpreto como un rayo verde de esperanza y es en ese momento cuando mi memoria sufre una descarga, buscando en mi pasado una ilusión perdida.

Ayer, viernes, al cruzar su mirada surgió de pronto la imagen, la chica alegre de aspecto inalcanzable, que iba en moto y con la que me cruzaba camino de la Universidad quince años atrás.

Recordé el golpe tremendo a mis espaldas y un cuerpo que rodaba por el suelo.

NIEVES DÍAZ

 

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