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Cabo Verde, para huir del frío estas Navidades

Cabo Verde es la morabesa. La belleza interior, la paz espiritual, la alegría de vivir pese a las carencias de un país poco desarrollado. La misma  morabesa a la que cantaba Césaria Évora y la que destilan los paisajes tan variados de un archipiélago de 10 islas volcánicas varadas en el Atlántico,  que ni es verde ni es un cabo. Cabo Verde es una entrada amable a África. Un destino perfecto para estos meses de frío en Europa. Una experiencia muy recomendable para quienes busquen un primer contacto con las gentes y las tradiciones del continente africano.

Cabo Verde está justo frente a las costas de Senegal y lo forman 10 islas mayores y otras cinco pequeñas. Lo primero que sorprende al visitantes es la mezcla de influencias portuguesas (los colonizadores) y africanas (los descendientes de los esclavos que esos colonizadores llevaron desde el continente). Un mestizaje que se aprecia en la lengua criolla, en la gastronomía, en el color de la piel, en los cuerpos esculturales de los mulatos y las mulatas. Y por supuesto, en la música tradicional: la morna, que es pura melancolía; un ritmo hecho para deleitarse y para recordar, no para bailar.

Por su nombre puede parecer un destino exótico y casi caribeño, de playas blancas y palmerales hasta la orilla. Pero nada de eso. Hay playas y mar azul verdoso, pero son islas de Macaronesia, emparentadas con Canarias o Azores, y cada una de las 10 tiene sus peculiaridades y sus encantos. Estas son las principales:

Sal

Es la más turística porque aquí está el aeropuerto internacional y los mejores hoteles. Sal es un pedazo de desierto del Sahara atrapado en medio del Atlántico. Llana como la palma de una mano, reseca como la piel de un lagarto, pero con buenas playas, mucho viento para la práctica de todos los deportes de deslizamiento y una infraestructura hotelera pequeña pero suficiente para acoger a los visitantes. La vida en Sal discurre de forma apacible alrededor de su única ciudad, Santa María, de casas de una sola planta, pintadas de colores chillones (rosas, rojos, verdes, amarillos), para compensar el monocromo color a tierra de la isla.

Por la noche hay ambiente en los bares de los hoteles y en las discotecas donde los turistas se mezclan con las mulatas y los mulatos bailando el zic, el funaná o la coladeira, ritmos más marchosos, para bailar muy apretadinhos.

Hay que ir a bañarse al Olho Azul -una piscina natural que el mar forma entre las rocas-, hay que ir por mar a la parte de fuera del Monte Leão y ver el acantilado con los peces voladores y las garzas. Ver amanecer desde el muelle de Santa María y anochecer en el otro lado de la isla, en la playa de olas enormes donde se celebran los campeonatos del mundo de cite surf. Hay que tomarse un grogue en Espargos y flotar en las salinas de Pedro de Lume después de comprobar que no estás en una película de vaqueros (mejor si vas por todas las pistas de tierra y alquilas un coche, que son baratos). Pero lleva cuidado… ¡Sal enamora!

São Vicente

La ciudad más grande es Mindelo, la capital de la marcha, el ambiente y las discotecas. Es la isla natal de Cesárea Évora, y se la venera como a una heroína. Una de las excursiones clásicas es a la cima del Monte Verde, la mayor elevación de la isla, a la que se llega por estrecha carreterita adoquinada. Desde la cumbre, si el día está claro (que no siempre ocurre), las vistas sobre Mindelo y los acantilados de la isla son soberbias.

Santo Antão

Es una de las islas más escarpadas y con más vegetación. Y también de las más bellas por eso es la más recomendable para practicar el senderismo o el turismo de naturaleza. Visitar a pie estas islas es la mejor manera de integrarse en la vida criolla, en una tipología social y urbana en la que cada familia se construye aún su propia casa, vive de sus pequeñas huertas de maíz y garbanzos y mantiene la estructura jerárquica tradicional encabezada por los abuelos. Los puntos más fotogénicos de Santo Antão son las aldeas de Ribeira das Fontainhas y de Cruzinha da Garça además de todo el valle de Ribeira do Paul.

Isla de Fogo

Es la más impresionante por su forma: un volcán aún activo que condiciona todo, desde el paisaje a la vida de los lugareños. En Fogo se puede disfrutar del ritmo tranquilo y pausado de su pequeñas poblaciones, como São Filipe do Fogo o Mosterios. Y muy en especial de Chã das Caldeiras, una aldea que está dentro de la vieja caldera del volcán. Y por supuesto, hacer senderismo hasta la cumbre, rodeados por impresionantes paisajes volcánicos, y los otros cráteres dormidos que hay en la isla.

CÓMO IR

Las líneas aéreas portuguesas TAP vuelan desde España a la isla de Sal, vía Lisboa: aquí puedes encontrar todos los horarios y precios. Para moverte entre islas lo más aconsejable son los vuelos interiores de TACV, las líneas aéreas caboverdianas. Aunque entre islas cercanas es mucho mejor y más barato usar los ferrys. Por ejemplo, la isla de Santo Antão está enfrente de la isla de São Vicente; hay un servicio continuo de barcos entre ambas (Mindelo - Porto Novo) que tarda apenas una hora en cubrir el trayecto.

Un paquete con avión, traslados, tasas y alojamiento de siete noches en la isla de Sal cuesta desde 609 €, en función del hotel elegido. Existe también un paquete especial para pasar el Fin de Año en Cabo Verde, de ocho noches, con avión, tasas, traslados y alojamiento, desde 1.165 €.

Si te lo quieres montar por tu cuenta, aquí puedes encontrar hoteles en cualquier isla de Cabo Verde.

 

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