Los colores del Périgord


Una vez escuché decir que quien no conocía el Périgord se estaba saltando una de las regiones más apasionantes de Francia y que difícilmente se podía encontrar un lugar tan densamente poblado de historias, cultura, paisajes y el verdadero significado de terruño (en francés terroir) sin el cual no se comprendería el sabor que envuelven, por ejemplo, a algunos de los vinos más apreciados del mundo. Este enorme fragmento de la Aquitania es guarida de más de mil castillos, de pueblos pintorescos encaramados a la pared de los acantilados, del Vézére y el Dordoña dibujando el paisaje con sus aguas veloces que gustan verse abrazadas de cortinas brumosas y gabarras de madera dispuestas a salir en cualquier momento. Allá donde nacen las trufas y se elabora el mejor paté, con nombres como Sarlat, Bergerac o Périgueux dominando las estampas perigurdinas que ya conocieran los "Michelangelos" de la Prehistoria, los galos, los romanos y ambicionasen los ingleses durante una guerra que duró más de cien años. Ese es el Périgord...
El Périgord tiene colores. De esa manera se diferencian distintas zonas de la que fuera una vieja provincia en la que aún resuenan tímidos ecos occitanos. Existe el Périgord negro, el púrpura, el blanco e incluso el verde, pero los viajeros que lo recorren (generalmente en coche) se olvidan de límites artificiales para adentrarse en lugares convertidos en auténticas máquinas del tiempo.
El Périgord negro
Hay quien dice que lo de negro viene por la oscuridad de las trufas que ocasionalmente se exhiben a precios astronómicos en los mercados de la zona, pero realmente se debe a la densidad y cerrazón de los bosques que siempre poblaron ese hermoso instante fluvial en que el Dordoña navega solo antes de mezclarse con las aguas del Vézére o el Beune para ser más poderoso en sus últimos kilómetros. Le Périgord noir es el origen de esta tabla cromática que, por razones eminententemente turísticas, existe en la región. Los lugareños aseguran que siempre se llamó así y que lo de púrpura, blanco o verde llegaría con posterioridad. En Sarlat, la ciudad más visitada probablemente de todo el Périgord, las fachadas también permanecen oscurecidas por el tipo de piedra que escala diversas construcciones medievales y renacentistas, pero donde abunda el negro es en unos tejados sobresalientes modelados de forma muy particular. Da gusto pasear por las calles de Sarlat (que si lo decimos completo es Sarlat-la-Canéda) y perderse en los vericuetos de uno de los escenarios más deliciosos que se pueden ver en Francia.
Lo mejor, en realidad, de esta diminuta ciudad es que a dos pasos de ella se puede llegar a pueblos emblemáticos com Beynac-et-Cazenac, La Roque-Gageac o Domme, clasificados dentro de la lista de Les plus beaux villages de France, que escoge a los más hermosos de tierras galas. Beynac, con un castillo mayúsculo dominando el acantilado y casitas medievales arremolinándose en la piedra antes de que lo supere el Dordoña, es probablemente el pueblo más representativo, fotografiado e icónico de la zona. Aunque en La Roque las construcciones se abracen más a la roca aún más si cabe. Domme, en cambio, nos muestra lo que es un bastida de verdad, una localidad rodeada de murallas con una plaza fuerte cuadrangular.
Aquí se esparcen también infinidad de castillos que nos cuentan la Guerra de los cien años y que fueron controlados por manos inglesas o francesas tras los durísimos sitios que se hacían a su alrededor. Uno de los más representativos es el de Castelnaud, que sobre un balcón natural al Dordoña, cuenta a los visitantes cómo era atacado por todo tipo de catapultas o trabucos que buscaron reventar sus gruesos muros. Su gran enemiga Beynac, le observa desafiante en la lejanía teñida de niebla. Pero no son los únicos, ya que tendríamos que irnos también a conocer le Chateau de Commarque, el del propio Beynac y otros más renacentistas (tipo de los que se ven en el Valle del Loira) como por ejemplo Milandes o Puymartin.
Por último, y no por ello menos importante, no conviene olvidar la faceta del Périgord negro como asentamiento de cuevas prehistóricas con algunas como Lascaux rivalizando en maestría pictórica con la admirada Altamira. Al igual que la española, por el momento se puede visitar su réplica con el objetivo de preservar la original. No así en la gruta de Font de Gaume o Combarelles, que en los alrededores de Les Eyzies, considerada la capital de la prehistoria y con un museo de la época mundialmente conocido, se puede conocer su interior real sin réplicas que valgan.
El Périgord púrpura
Quizás el Périgord negro sea el más conocido pero no por ello queda atrás uno de los preferidos de los viajeros, el Périgord púrpura, nombrado así por ser tierra de vinos. Cuando uno toma cualquier carretera, sea autopista de peaje o la más estrecha de las comarcales, surca auténticos mares de viñedos con grandes bodegas denominadas châteaux, aunque poco o nada tengan que ver con algunos de los "de verdad" que nos encontraremos en el camino. La capital de facto en el Périgord púrpura es Bergerac, una adorable villa de maneras medievales que le debe la fama a un hijo que dicen jamás pisó una sola de sus calles. Y es que Cyrano de Bergerac se puso ese sobrenombre por las tierras que poseían unos antepasados suyos cerca de París. Aún así pronunciar Bergerac es venirle a uno a la mente al hombre de larga nariz y pluma más afilada que cualquier espada. De hecho en esta ciudad hay nada menos que dos estatuillas dedicadas al personaje que interpretara en el cine Gerard Depardieu antes de volverse ruso.
Alrededor de Bergerac hay muchas cosas que ver y hacer. Uno puede irse a practicar enoturismo porque opciones nunca faltan, mientras que quienes quieran seguir huellas históricas que tomen nota de castillos de cuento como Monbazillac, Bridoire y Montaigne, prácticamente a la vera del Dordoña.
El Périgord púrpura además es tierra de bastidas y a uno le cuesta escoger entre tantos pueblos medievales donde salir a hacer el camino de ronda o perder la noción del tiempo. Para ello recomendamos Monpazier, Beaumont-du-Périgord o la diminuta Molières. Y sin ser bastida Issigeac satisfará hasta a los menos sentimentalistas de la Historia. Son rincones vestidos de piedra, adobe y madera que encandilan a cualquiera. Sin olvidar, por supuesto, que por estos lugares llevan cientos de años paseándose los peregrinos del Camino de Santiago que pasa por Limoges (la conocida como Via Lemovicensis). De ese modo abadías como Cadouin o Saint-Avit-Senieur, protegidas por la UNESCO, son indiscutibles. Aunque realmente lo mejor que podemos hacer es romper los mapas y salir a perdernos porque el acierto está garantizado.
El Périgord blanco
Para comprender el Périgord blanco lo más recomendable es caminar por las calles de Périgueux. Sus casas de piedra caliza pálida y fría como el hielo son las que dan nombre a esta zona que nos va llevando cada vez más al norte de la Aquitania. Con ruinas galo-romanas y un emplazamiento medieval envidiable a vista de pájaro desde la Torre Mataguerre la gran Périgueux no conquista por su Historia simplemente sino también por su vitalidad, por la sensación de estar en constante movimiento, por hacer de un mercado callejero (miércoles y sábados) una fiesta. El que ponen a los pies de la Catedral de Saint-Front, de formas bizantinas y que recuerda "a lo grande" al Sacre Coeur de París, es probablemente el más fotogénico de todos.
El Museo de Vesunna es otra de las visitas ineludibles de un Périgueux que sorprende, pero no se queda ahí. Basta con observar la grandilocuencia de sus casonas renacentistas de nombres gremiales y dejarse llevar por lo pintoresco de unos escaparates que nos recuerdan que aquella sigue siendo tierra de patés, trufas y buenos vinos que durante siglos han navegado en fortísimas gabarres.
El viaje al Périgord blanco no puede detenerse así sin más sin dejarnos caer por el castillo-palacio de Hautefort (que hay quien lo mete en el verde) o la curiosísima abadía de Chancelade, motivos más que suficientes para seguir descubriendo la comarca.
El Périgord verde
Quizás el más desconocido y el que menos literatura viajera tiene en la antigua provincia del Périgord. Cuentan que se autoproclama verde por sus pastos y las tonalidades que subyacen en las copas de los vastísimos robledales. Aunque si seguimos la ribera del Dronne hasta Riberac también podamos comprender algo sumergiéndonos en sus paisajes y en esa excelente colección de iglesias de estilo románico que nos hablan en vanos, capiteles y tímpanos.
Brantôme es esa población que, apodada curiosamente como "La Venecia verde" para no hacer excesivos cambios cromáticos y continuar con el juego que pinta los mapas del Périgord, por sí sola merece todo el viaje. Allí los monjes benedictinos se aprovecharon también del terreno para convertir una cueva en templo o un templo en una cueva según se quiera ver (puede llegar a recordar a la curiosa iglesia monolítica de Saint Emilion, cerca de Burdeos). La representación del Juicio Final en plena cavidad sigue admirando a propios y extraños.
Pero el Périgord verde también tiene castillos, medievales y "loirianos". Marthonie en Saint-Jean-de-Côle o el encantador Puyghilhem son algunos de los mejores ejemplos de estas fortificaciones de tintes palaciegos.
Viendo todas estas maravillas, dejándose perder por comarcales y guiándose por intuiciones que no entienden de guías, uno vibra recorriendo los colores del Périgord y comprendiendo que esta parte de la gran Aquitania es digna de uno de esos viajes que recordaremos para siempre.
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