Gorgona, la reina del Pacífico


Refugio de corsarios y caciques indígenas, esta isla colombiana con forma de ballena, perdida en las aguas del recóndito Pacífico, fue descubierta en 1524 por Diego de Almagro quien la bautizó como San Felipe; años después desembarcó en ella Pizarro en su viaje a Perú y decidió llamarla Gorgona en alusión al despiadado y mitológico monstruo femenino y después de que las serpientes que todavía allí viven acabaran con más de la mitad de su comitiva.
Bolívar se la regaló a su edecán Eliseo Payán por sus aportes a la Campaña Libertadora de Nueva Granada; centro de buceo para la extracción de conchas y perlas naturales allá por los años cuarenta hasta que llegó la competencia japonesa y con ella, las de cautivo, en 1965, y después de expropiar a la familia Payán la isla, el presidente Alberto Lleras ordenó levantar una prisión de máxima seguridad con los planos de un campo de exterminio que albergó hasta 1984 a algunos de los presos más temidos. Entre arrecifes de coral y la selva tropical húmeda Gorgona es hoy parque nacional, laboratorio científico y educativo y un buen lugar para perderse del mundo entre ballenas, osos, tortugas y micos.
Al salir al mar por la inmensa bocana del río Guapi, Gorgona se vislumbra grandiosa. Parece cerca pero no llegaremos tras más de hora y media de travesía de unos 60 kilómetros –poco más de 30 millas náuticas- entre olas y pelícanos. La isla tiene hoy el mismo verde esmeralda del mar así que no alcanzo a distinguirla hasta que la tengo encima. Desembarcamos en la playa de El Poblado, en el lado occidental de esta isla de origen volcánico considerada por algunos parte de una cordillera hundida que desde el Ecuador venía; el antiguo embarcadero fue derribado hace años accidentalmente por un buque de la Armada, nunca se volvió a levantar y ahora es arrecife coralino
.¿Deben estar hambrientos después de esta brincadera marina? nos pregunta William Silgado, gerente aquí de Aviatur, grupo hotelero encargado de la explotación turística de la isla. Sí, y además no ha sido nada fácil llegar hasta estos 24 kilómetros cuadrados en medio del Pacífico, pero ya estoy aquí feliz, perdida en esta espesa y húmeda selva rodeada de sus aguas profundas.
Para disfrutar de Gorgona existe un buen puñado de reglas estrictas por eso que desde 1984 es Parque Nacional Natural y Patrimonio de la Humanidad según la Unesco: no se permite la música a alto volumen, ni el alcohol. También está prohibido sacar especies, recoger conchas, piedras o material vegetal. No hay señal de celular ni de internet móvil y tan sólo funciona un teléfono satelital. Además es obligatorio andar por los senderos con botas de caucho y si es de noche no olvidar la linterna para evitar las mortales picaduras de las serpientes que aquí campan a sus anchas como la Talla X o Cuatro Narices, esas temibles señoritas de hábitos nocturnos.
Gorgona está repleta de monos cariblancos que, por cierto, no se sabe cómo llegaron a la isla; por la mañana y por la noche bajan a El Poblado, donde duermo, en busca de la semilla de la palma africana que tanto les gusta. Son bien ágiles, astutos e inofensivos pero también muy territoriales así que cuando se cansan de que les haga fotos sacan sus dientes y me golpean suavecito. Yo me quedo embobada mirándolos cómo comen, juegan y con qué amor cuidan a sus crías.
Quiero saber más cosas de la fauna de la isla así que me reúno con Lucho Jiménez, técnico administrativo del Parque y reconocido especialista en tortugas. Y mientras observamos sentados frente al mar el atardecer juntos me recuerda que Gorgona reúne dos de los ecosistemas más biodiversos del mundo: los arrecifes de coral y la selva tropical húmeda. Hablamos de las más de 800 ballenas yubarta que todos los años a partir de junio llegan hasta aquí en un largo viaje de 8.000 kilómetros desde la Antártida para aparearse y tener a sus crías y a las que se ve desde la orilla saltar con sus ballenatos; y me cuenta de delfines, falsas orcas y del tiburón ballena, el pez más grande que existe y que llega en el mes de marzo. Aquí también habitan osos perezosos, el lagarto azul y el cangrejo de agua dulce –especies endémicas de la isla-, murciélagos, el mico cariblanco, el perico ligero, la rata semiespinosa, el pájaro hormiguero, el vistoso mielero azul y muchas tortugas. Y cuando me habla de ellas a Lucho se le iluminan los ojos y me dice: “Cuidarlas es un mandato divino”. De las ocho especie que existen de estos reptiles en el mundo, cinco llegan todos los años hasta Gorgona desde diversas partes del mundo; cuando nacen, las tortugas graban las características de la playa en su vientre, de tal manera que al ser adultas y coincidiendo con su periodo reproductivo, regresarán una y otra vez al lugar donde nacieron para depositar sus huevos; a este fenómeno se le conoce como filopatría.
Al día siguiente camino acompañada de Moisés, mi guía, hasta la solitaria y paradisiaca Playa Palmeras –unida por el Paso de la Tasca a Gorgonilla-, la más extensa y de mayor importancia para la anidación de las tortugas marinas donde Parques Nacionales trabaja a conciencia con programas de conteo, pesaje, medición de huevos y relocalización de nidos. En nuestro recorrido de varios kilómetros vemos centenares de diminutas ranitas alistadas, basilicos, cangrejos ermitaños y gigantescos panales de termitas mientras los pájaros hormigueros silban en el camino. Gorgona es después del Chocó el sitio donde más llueve en el mundo y tanta agua cae que en invierno 75 quebradas de agua pura y cristalina riegan la isla.
A nuestro paso, helechos, yarumos y pácoras nos advierten que el bosque ha sido intervenido. ¿Y qué ha pasado? El 8 de octubre de 1960 se inauguró en Gorgona una prisión de máxima seguridad con los planos de un campo de exterminio que albergó hasta 1984 a algunos de los presos más temidos. Tal fue la tala indiscriminada de madera para hacer frente a la demanda del penal y a sus más de 2.300 reclusos que acabó con gran parte del bosque y casi todo el arrecife coralino.
¡Oh vosotros los que entráis, dejad toda esperanza! reza un cartel a la entrada de lo que queda de este infierno carcelario que visito sobrecogida y al que la selva con toda su violencia carcome y pudre.
Un oxidado portalón conduce al callejón de la muerte, la entrada al infierno antes electrificada y hoy presidida por una abandonada Virgen María. El recorrido continúa en la clínica donde el doctor Bernardo Ocejo “practicó cirugías de cabeceras y amputaciones con un serrucho y un cuchillo”. Tan tremendas eran las condiciones de reclusión del penal que muchos enfermos solían inventar cualquier clase de dolencia para pasar tiempo en la enfermería donde se trataban heridas de arma blanca, tuberculosis y enfermedades venéreas producto de atroces violaciones y del tráfico de prostitutas. La verdad quiero salir corriendo de aquí y olvidar esta pesadilla que pasa por terroríficas celdas de castigo, minúsculas literas de madera separadas por una alambrada de púas, letrinas comunes o el botellón, el más cruel de los castigos, un embudo de cemento donde apenas cabía un hombre de pie y al que arrojaban como si de un animal se tratara la comida que terminaba mezclada con sus propios excrementos.
Digo adiós al penal con este poema escrito por uno de sus reclusos: “Maldito este lugar... maldito sea. Aquí solo se respira la tristeza. Aquí se bebe el cáliz más amargo que nos brinda el dolor y la pobreza. Aquí la vida no tiene primavera. Aquí el alma no tiene sensaciones. Aquí el amor no tiene compañera y pierde el corazón sus ilusiones".
La prisión fue clausurada el 25 de junio de 1984 por las presiones de grupos defensores de derechos humanos y otros del medio ambiente que buscaban evitar el deterioro del ecosistema de la isla. En 2005, la firma Aviatur obtuvo la concesión para la explotación turística en la isla. Para ello, las casas y oficinas de los policías y el personal administrativo del penal fueron transformadas en restaurante, ecotienda, centro de buceo y cómodas habitaciones, en todo un ejemplo de hotelería consciente y sostenible.
Gorgona es uno de los mejores lugares del Pacífico colombiano para la práctica del submarinismo con cerca de una veintena de puntos de inmersión. Fabio Dávila es el encargado del club de buceo y mi guía e instructor en las dos inmersiones que hago en el norte de la isla: La Tiburonera y El Laberinto donde contabilizamos nada más y nada menos que 21 tortugas. Qué maravilla nadar entre pargos, jureles, chivitos, peces flauta, bravos, anguilas, estrellas de mar y toda clase de peces coralinos. Tiburones no hay en esta época porque el agua está fría, pero se les espera de mayo a octubre junto a cientos de mantas raya y las ballenas jorobadas. Los que prefieran hacer snorkel pueden ir caminando, siempre acompañados de un guía, hasta el Acuario, la única playa coralina abierta al público.
Llegó la hora de irse; muy temprano por la mañana me despido de la isla con la promesa de regresar pronto y de latir de nuevo con su equilibrio y ritmo. Buen viento y buena mar me desean los que tanto me han cuidado y se quedan en esta paradisiaca isla, cura para el alma y el espíritu.
-Desde Cali Satena vuela a Guapi los lunes y viernes. Desde allí en lancha rápida hasta Gorgona en una travesía de una hora y media. Otra opción es llegar a Buenaventura (12 horas en bus desde Bogotá) y allí abordar una embarcación de mercancías y 12 horas de navegación.
Vacuna contra fiebre amarilla y tétano, en la isla hay enfermería. No se permite la entrada de materiales no biodegradables, así como tampoco bebidas alcohólicas. Ropa fresca de algodón, equipo básico de buceo, protector solar y linterna, imprescindible. El Parque dispone de botas de caucho, obligatorias para caminar por los senderos.
Texto y fotografías: Toya Viudes




