Cantabria, un viaje a la ilusión del norte


Hay lugares que enganchan, lugares en los que se vive envuelto en un hechizo eterno culpable de que nunca llegues a marcharte del todo. Algo así me sucede cada vez que voy a Cantabria y se me rompen todos los esquemas en los apenas cuarenta minutos que dura el vuelo desde Madrid. Sin ser de allí me siento de la tierruca como el que más en el primer instante y no evito respirar fuerte al redimirme entre valles, bosques, cuevas y picos desafiantes incluso con el mismo cielo. Y conociendo apenas lo justo, porque para redescubrir sus rincones se requieren muchos viajes, vago por rutas que recomendaría a un buen amigo las cuales me explican por qué se insiste tanto en que Cantabria es infinita.
Se puede empezar por Santander, paseando por El Sardinero o preguntándose cómo el palacio de la Magdalena es por sí solo un reflejo de la campiña inglesa que no hace sino engalanar la capital cántabra. Esta puede ser nuestra primera base para recorrer Cantabria, aunque todo quede después relativamente cerca. Otra opción de hospedaje, aunque más relajada, consiste en irse a Solares, a tan sólo 18 kilómetros, y vivir una experiencia termal muy de la belle epoque en su Hotel Balneario para tomarse las cosas con más calma o incluso recuperarse de las heridas tras un día de senderismo salvaje. El turismo termal siempre ha acompañado a tierras cántabras con modelos diversos en los Puente Viesgo, La Hermida, Liérganes y compañía.
A partir de ese instante comienza el trasiego en el que cada valle es un mundo, y si no que les pregunten a pasiegos o lebaniegos. Todo cambia cuando se trata de avanzar. El valle de Liébana, por ejemplo, es un paseo a la Cantabria de las montañas bien aguerridas y los bosques más tupidos. En un santiamén pasamos de las orillas del Deva en Fuente Dé al corazón de los Picos de Europa, con algunos de los paisajes de altura más asombrosos de nuestro país. La ruta que pasa por el Hotel Refugio del Áliva y desciende hacia Espinama es un regalo del que no sólo pueden disfrutar alpinistas expertos sino todo el que sepa valorar la naturaleza más auténtica. Con razón ha sido declarada Fuente Dé una de las siete maravillas naturales de España por votación popular.
Muy cerca queda Potes, para mí el pueblo más hermoso que he conocido últimamente, o Santo Toribio de Liébana, contenedor no sólo de la mayor reliquia de la cruz de Cristo que hay en el mundo, sino también de una tradición medieval que hoy día aún es tangible.
En belleza, y salimos radicalmente de Liébana, rivaliza la joya de la corona cántabra, Santillana del Mar, una postal toda ella que la convierte en un imprescindible entre imprescindibles. Pasear por su empedrado es un regalo para la vista, e incluso no importan los días en los que llueve porque en el momento en que escampa la fotografía se vuelve arte en uno de esos lugares fotogénicos en rotundidad. Apenas a unos pasos queda ese mito de la prehistoria, Altamira, de la que dicen es la capilla Sixtina del arte rupestre en Europa y que, ahora cerrada parcialmente (se están haciendo pruebas con visitas a sorteo), ofrece la alternativa de su reproducción fiel en la neocueva que hay justo al lado de la original.
Damos otro salto y nos vamos a la costa, a Laredo con su playa infinita, San Vicente de la Barquera con su castillo en lo alto controlando las mareas, a esa Castro Urdiales en que se deja escuchar el euskera y, por supuesto, a Comillas, que me robó el alma en el mismo momento en que la vi por primera vez. Es lógico que Gaudí se fijara en ella y hoy día sea uno de los receptores del modernismo mejor integrado en un paisaje irracional golpeado una y otra vez por las insaciables olas del Cantábrico.
Tampoco lograría comprender Cantabria sin sus cuevas. Y es que está prácticamente hueca por dentro para albergar auténticos laberintos que hacen suspirar a los espeleólogos más expertos. Precisamente el valle del Asón está considerado como la capital de la espeleología en Europa y son muchos interesados en explorar cuevas (o subirse por las paredes en las vías ferratas) los que llegan hasta Ramales de la Victoria para decidirse entre Cayuela, Escalón o Coventosa, esta última con un recorrido que supera los treinta kilómetros de galerías y que muestra estalactitas o estalagmitas en bruto, sin pasarelas o iluminación artificial.
Pero la madre de las cuevas en Cantabria, la que te deja de verdad con la boca abierta, es la cueva de El Soplao en lo alto de Sierra de Arnero. Este es uno de de esos lugares que algún día será declarado Patrimonio de la Humanidad por puro merecimiento. Se caracteriza por poseer una concentración casi inédita de estalactitas excéntricas, que en vez de crecer hacia abajo lo hacen de manera anárquica esculpiendo formas imposibles. Sólo hay abiertos al público 4 kilómetros de los más de 20 que tiene esta cueva que durante mucho tiempo fue una mina.
Dejo para el final otro de esos imprescindibles de Cantabria, a apenas 20 kilómetros de Santander y que resulta ideal para pasar un día en familia. Los más “animaleros” tienen una visita obligada en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno con más de 750 hectáreas que explican un modelo envidiable de conservación, estudio y concienciación sobre medio ambiente. En un paisaje kárstico en el que hubo unas antiguas minas de hierro viven en semilibertad elefantes, hipopótamos, guepardos, leones, gorilas o la mayor concentración de osos pardos de Europa. Sin duda un Arca de Noé en el que no cabe decepción alguna sino la sensación de que se están haciendo muy bien las cosas en Cabárceno y donde lo pasan fenomenal los pequeños (y mayores) sintiendo el vuelo rasante de las rapaces, conociendo los porqués de los rinocerontes y aprendiendo a amar a la naturaleza como se debe. Además existe una manera de ver el parque de forma distinta, la visita salvaje a Cabárceno, en la que uno es guiado por cuidadores a donde no se puede pasar normalmente. El momento más fuerte lo proporciona la entrada al recinto de los osos (hay cerca de setenta) en su hora de la comida. Es algo realmente inenarrable.
Este ha sido un paseo de muchos por Cantabria. Una ruta por los rincones que he tenido la suerte de conocer, saborear y amar. Así es la tierruca…




